Colombia: el turno del ofendido

He seguido asistiendo a las marchas en Colombia con versos de Roque. A un mes de iniciado el Paro, en Pereira, mi ciudad, se están realizando las novenas navideñas, en diferentes sectores, con arengas en contra del gobierno

Por Albeiro Montoya Guiral

Colombia tenía cita para entrar a paro nacional el 21 de noviembre de 2019. En las vísperas había en el aire cierto escepticismo para quienes no veíamos la hora de irnos de lanza en ristre contra los molinos de un gobierno que, sin ser mejor que sus antecesores, pero sí el peor de los peores, capaz de llegar con la violencia hasta el fondo de los fondos, y de reinventar la ruindad día tras día, ha estado en el poder desde 2002. El 29 de agosto del presente año, el ejército colombiano había bombardeado un supuesto campamento de disidencias de las FARC en San Vicente del Caguán, en el noroeste de la región de la Amazonia colombiana, donde asesinó, entre otras personas, a ocho niños (probablemente dieciocho), persiguiéndoles con perros y cazándoles como en una novela siniestra. Niños y niñas vecinos de la masacre, testigos de la sed de estadísticas de la muerte, decidieron no volver a la escuela por miedo de ser también asesinados. El mismo ejército que, de un modo similar, convirtió el territorio nacional en la más grande fosa común del mundo, donde desapareció a las aproximadamente diez mil víctimas civiles de sus ejecuciones extrajudiciales, asesinadas a sangre fría, mal llamadas falsos positivos, de las cuales tan solo unas cuatro mil habrían sido identificadas. Esto último entre 2002 y 2010, tal vez el periodo de más violencia de Estado de la historia colombiana, ocho años de democracia impune que superan inimaginablemente en cifras a la dictadura de Pinochet en Chile donde fueron asesinadas y desaparecidas alrededor de 3.200 personas, en diecisiete años.

Y aun así el Comité de Paro nos pedía esperar, nos ponía una fecha para poder volcarnos a las calles. Le pedía paciencia a nuestra indignación. La ultraderecha, léase el gobierno, militarizaba las grandes ciudades y desinformaba día tras día, creando pánico entre las personas más incautas, como lo haría también apenas horas de iniciado el Paro, cuando dijo que miles de personas, en su mayoría venezolanas, iban a saquear, entre el 21 y 22 de noviembre, todos los conjuntos cerrados de Cali y Bogotá, ciudades con más de dos y siete millones de habitantes, respectivamente… Y lo más absurdo, políticos de centro y sus simpatizantes —léase la derecha o, mejor, quienes quieren un mejor país pero solo para las clases media y alta— nos pedían marchar, sí, pero sin bloquear las vías y, en la medida de lo posible, abrazándonos con la policía antidisturbios, regalándole girasoles y haciéndole chocolate que le sirviéramos con pan, porque reprimir al pueblo da mucha hambre.

Albeiro Montoya Guiral en una manifestación en Bogotá

Con todo y la incertidumbre, las marchas del primer día de Paro Nacional fueron multitudinarias en todo el país y se siguen hoy, a punto de cumplir el primer mes de que la gente esté en las calles tañendo sus cacerolas como instrumentos de su descontento, en asambleas permanentes y departiendo en eventos culturales y académicos creados al calor de la huelga, a pesar de que el Esmad, o la policía antidisturbios, se haya resistido a los abrazos y al chocolate con pan de los ingenuos y haya asesinado, a las 4 de la tarde del sábado 23 de noviembre, en Bogotá, a Dilan Cruz, joven manifestante, ante los ojos de los demás y de los millones que lo vieron por internet, de un disparo en la cabeza, y a pesar de que del mismo modo haya herido a cientos de participantes de las marchas pacíficas en toda Colombia, y les haya secuestrado e intentado secuestrar en vehículos  particulares, y les haya herido los ojos, como el caso reciente de Cristian Rodolfo Rodríguez, estudiante de Trabajo Social a quien le lanzaron una aturdidora en el rostro.

A pesar del cinismo y la violencia, digo, personas de todas las edades y de todos los sectores han inundado las calles colombianas desde el 21 de noviembre. En mi caso, aquel día salí a la calle, con ropa propicia para el sol andino e inclemente de Bogotá, y en la mochila con abrigo para el frío tradicional de esta ciudad nerviosa y paranoica, un termo con café de mi pueblo; el corazón apretujado y un cartel con los dos primeros versos del poema No te pongas bravo, poeta, de Roque Dalton:

La vida paga sus cuentas con tu sangre/ y tú sigues creyendo que eres un ruiseñor.

Cógele el cuello de una vez, desnúdala,/ túmbala y haz en ella tu pelea de fuego,/ rellénale la tripa majestuosa, préñala,/ ponla a parir cien años por el corazón.

Pero con lindo modo, hermano,/ con un gesto/ propicio para la melancolía.

Desde la primera vez que oí hablar de Roque Dalton supe que este no era un poeta salvadoreño sino también latinoamericano, universal, hermano de todas las personas que resistimos en el mundo. Colombiano, colombianísimo. Tan cercano a Julio Daniel Chaparro y a Orlando Sierra, asesinados en las calles de Segovia y Manizales por oponerse al infortunio nacional. Poetas que viven en nuestras palabras y en nuestras memorias. Hermanos de Roque, roqueros, como yo, candidato a viejo melindroso. Fue Juan Manuel Roca quien, en 2013, me habló de El turno del ofendido en la Universidad Nacional y me puso en las manos algunos de sus poemas. Entonces supe de qué se trataba lo libertario,  en qué consistía la entrega del poeta y la real beligerancia y todo eso lo encontraba, armónico e inimitable, en la vida y obra de Roque Dalton.

Ya a mediados de este año, fue Josué Andrés Moz quien me puso de frente y de súbito ante el Playón del Volcán de San Salvador y me dijo: Maje, aquí fue donde se rumora que los asesinos de Roque desaparecieron su cuerpo.  Para mí se trataba de una revelación. Mi ignorancia no me había dejado ver que Roque Dalton, el gran poeta de la resistencia, nunca había sido sepultado, sus asesinos, entonces sus compañeros de ultraizquierda, hoy lamezuelas de la derecha de su país e, incluso, de la derecha colombiana, nunca han esclarecido los hechos ni pagado por ellos ni, aunque fuese, ayudado para que Roque tenga una tumba. Y ese dato, obvio, pero que no sé por qué yo no lo tenía, me hizo sentir al poeta aún más cercano. En su Poema de amor, nos dice: «los eternos indocumentados,/ los hacelotodo, los vendelotodo, los comelotodo,/ los primeros en sacar el cuchillo,/ los tristes más tristes del mundo,/ mis compatriotas,/ mis hermanos», declarándose a todas aquellas personas que como él han sido exiliadas a lo largo del tiempo, a todas aquellas personas centroamericanas que, como él, perdieron su país y su destino es la errancia.

El Playón, lava del Volcán San Salvador, donde están sepultados los restos de Roque Dalton

Y yo te siento mi hermano, Roque Dalton, porque bajo la tierra de mi país hay miles de personas que como tú fueron asesinadas injustamente, cuyos cuerpos jamás serán encontrados. Mi país es una gran tumba, una fosa más grande que el aire de los poemas de Paul Celan. Una tumba donde sin lugar a dudas el Estado podría enterrar, riéndose a carcajadas, a quienes sobramos, a quienes les somos apenas un estorbo, una casi imperceptible mancha en sus botas paramilitares. Una pequeña gota de sangre que hay que limpiar para asistir a la fiesta de la repartición de los páramos y de la tierra que les robaron a los nadies. Te siento mi hermano, poeta del verdor inconmensurable de Centroamérica, nido de los más felices pájaros del mundo, y me parecieron tus versos los más propicios para salir a las calles colombianas, y me parece tu figura las más idónea para representar la lucha diaria que es la vida.

En los tiempos que corren en nuestros países, considero que, en lo que atañe específicamente a la poesía, debe haber al menos un pronunciamiento por parte del poeta a propósito de las circunstancias de los suyos. Creo que hay un puñado de mercaderes de la palabra que ve a Latinoamérica arder desde las pantallas de sus celulares, desde la comodidad de sus escritorios burocráticos y que cuando salen a conocer la realidad de sus países lo hacen solo al cambiar dicho escritorio por una toalla en la arena de playas privadas. No concibo al poeta sin compromiso, otra cosa es la poesía comprometida. Hoy más que nunca ser poeta debe ser una actitud moral, un estar despierto siempre, como quería Gonzalo Rojas en La libertad: «No beberé. No comeré otra carne/ que la luz del peligro./ No morderé otra boca que la boca del fuego./ No saldré de mi cuerpo sino para morirme. Ya no respiraré para otra cosa/ que para estar despierto noche y día». O como el mismo Roque lo afirmó en su discurso en La Habana, en 1969, al referirse a su creencia de que «un buen escritor en una guerrilla está más cerca de todo lo que significa la lucha por el futuro», y que esa necesidad de compromiso es la que impone

…al intelectual la obligación (y no lo digo en el sentido moral) de sumirse en la más intensa práctica social que le sea posible, incluida la guerra de guerrillas, la cátedra universitaria, el trabajo agrícola, etc. Porque la obra de creación (el poema, el ensayo, la novela) no es anterior a la sociedad ni la trasciende antidialécticamente: es una resultante de la labor de un creador socialmente condicionado (1969).

He seguido asistiendo a las marchas en Colombia con versos de Roque. A un mes de iniciado el Paro, en Pereira, mi ciudad, se están realizando las novenas navideñas, en diferentes sectores, con arengas en contra del gobierno. En todo el país se realizan conciertos, marchas, plantones, cacerolazos que exceden las expectativas de la misma gente y que nos han unido más que nunca. García Márquez ya decía que los colombianos somos ingobernables y es este un pueblo que hoy, justo hoy, no cree en sus dirigentes. El Paro Nacional podrá terminar mañana o pasado mañana, pero ya nos enseñó que sí tenemos algo en lo que podemos unirnos en Colombia y es el desprecio por la violencia y la necesidad de que esta democratura termine ya, más allá de los 114 puntos del pliego de peticiones del Comité… El levantamiento de la gente en nuestro país, por último, me demostró que Roque Dalton está vivo, más vivo que nunca. Lo he visto en las calles, en las muchachas de la pañoleta verde, en las que cantan sin parar y se paran sin miedo en frente al Esmad, en las muchachas en quien verdaderamente uno pudiera esperar una transformación social. He visto a Roque en este país que ha empezado a perder el miedo porque entendió que es lo último que le queda por perder. Y he entendido lo que  lo decía Ernesto Cardenal en 1980, citado por Xabier F. Coronado:

…él está encarnado en muchas vidas, está resucitado en la insurrección de El Salvador. Está siempre riendo, a pesar de las masacres, a pesar del llanto. Está riendo porque está triunfante. Es como si hubiera triunfado ya. Roque Dalton será sus poemas escritos antes y muchos otros poemas por venir.

Tenías razón, viejo bello de Nicaragua: «Roque Dalton será un pueblo reidor y feliz de roque daltons».

(*) El autor es escritor y periodista colombiano, director de: Revista Literariedad

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *