La trágica y perversa historia del piolet y del picahielo

Por Roberto Herrera (*)

Todavía está grabado en algún rincón de mi hipocampo el rostro del asesino de Trotsky que miré un día en una revista “Bohemia” de los años sesenta del siglo pasado, que mi padre guardaba celosamente en un baúl de madera. Desde entonces el nombre del ciudadano catalán, Jaime Ramón Mercader del Río Hernández me es familiar.

Ahora bien, el crimen de la calle Viena 19 en Coyoacán/ México el martes 20 de agosto de 1940 por ser un hecho que ocurrió veinte años antes que yo naciera, no tuvo ninguna importancia en las diferentes etapas de mi vida adulta. Tampoco tuve el interés académico ni político de estudiar la vida de Trotsky y su papel histórico en las diferentes etapas de la revolución rusa desde 1905 hasta el triunfo definitivo en octubre de 1917.

Crecí, “filosóficamente” hablando, como algunos jóvenes de mi generación, creyendo que el mundo político e ideológico era una dicotomía: Buenos y malos, blandos y duros, apologetas y apostatas, fieles y traidores, fuertes y débiles, en fin, la vie en blanc et noir. Además, la Weltanschauung político-ideológica dominante que se impuso en los círculos universitarios a nivel mundial era la del Partido Comunista de Rusia (estalinista) y la “utopía” (sin comillas en aquellos años del siglo XX) de la sociedad comunista. Es decir, que la teoría y la práctica del marxismo-leninismo que se propagó en las aulas estudiantiles y universitarias, en los sindicatos, gremios y movimientos sociales en el mundo entero estuvo impregnada de la doctrina estalinista y en ella, León Trotsky era simplemente un traidor a la patria socialista.

En definitiva, una vez diezmados por completo la vieja guardia bolchevique y el “Trotskismo” (concepto utilizado por Stalin para definir todo aquello que se opusiera a la doctrina del partido), solamente quedaba León Trotsky, considerado por Stalin a nivel propagandístico, tanto a nivel nacional como internacional, como el “enemigo principal de la revolución socialista”. No obstante, tanto Stalin como Trotsky sabían que el verdadero enemigo de la Unión Soviética, en esos momentos históricos, era Adolfo Hitler, puesto que la alternativa era en ese entonces: Fascismo o socialismo. Tertium non datur.

Acerca de la muerte del revolucionario Lew Dawidowitsch Bronstein, Trotsky, y sobre Ramón Mercader, su verdugo, hay tanto material escrito que bien podría hacerse una montaña rusa de fantasía con ellos, a tal punto, que una vez arriba de ella, uno tiene la sensación de encontrarse en un gigantesco tobogán interminable de mitos, leyendas, fantasías y verdades históricas inobjetables.  Hay que tener mucho tiempo, interés y vocación de investigador histórico a fin de construir el pasado de la manera más objetiva y exacta posible. Esa tarea la asumió el joven historiador catalán Eduard Puigventós López en el marco de una tesis doctoral, la cual posteriormente fue transformada en un libro biográfico:  Ramón Mercader, “El hombre del piolet”.

Ramón Mercader pagó su crimen con un castigo que le constó 20 años de prisión en Lecumberri/México. Sin embargo, Ramón Mercader, guardó silencio sepulcral hasta el día de su muerte. No denunció a nadie. Ni siquiera reconoció en 1950, habiéndose probado por las huellas dactilares, su verdadera identidad. Ramón Mercader siguió siendo Jackes Mornard hasta su muerte. Sin embargo, en su tumba ubicada en el cementerio de Kuntzevo (Moscú) se lee el nombre de Ramón Ivánovich López.  Se llevó a la sepultura un silencio militante, que al final de cuentas era un secreto a voces, pues en la punta del témpano de hielo se supone que estuvo la figura macabra del oscuro georgiano Josef Dschughaschwili, alias Stalin. ¿Pero quién sabe hoy en día en Moscú quien fue Ramón I. López?

En la obra maestra del escritor ruso Fiódor Dostoyevski “Crimen y castigo” se tematiza la relación dialéctica entre el “fin y los medios”, además se plantean preguntas claves de carácter filosófico y moral: ¿Hay crimen sin castigo? ¿Hasta qué punto el joven asesino Raskolnikov se siente culpable del crimen cometido? ¿Justifica el fin el medio?

Ahora bien, el objetivo principal en este ensayo no es el de discernir acerca de los diferentes conceptos políticos e ideológicos  entre León Trotsky y Josef Stalin a lo largo de los años ni mucho menos tomar partido a estas alturas del partido, sino más bien, el de recalcar y condenar la absurdidad, la perversidad y la miopía política de aquellos líderes políticos, tanto de izquierdas como de derechas, que han hecho  y siguen haciendo del crimen, del asesinato político y del terrorismo su arma política predilecta para resolver las contradicciones político-ideológicas, socio-económicas y geopolíticas a nivel nacional y mundial.

El homo políticus ha cometido, ya sea debido a “razones de estado”, a las bajas pasiones humanas o a la ambición de poder o por racismo, los crímenes más sádicos y horrendos con tal de alcanzar un determinado fin, utilizando para ello a lo largo de la historia antigua y moderna pócimas venenosas, armas blancas y de fuego y el envenenamiento por radiación.   

Es un hecho irrefutable que las ideologías y las sectas religiosas pueden convertirse en caldo de cultivo para la proliferación del dogmatismo, del fanatismo y del radicalismo político-religioso.  La fe ciega en líderes políticos y/o religiosos conduce irremediablemente a la obediencia ciega absoluta. De ahí al asesinato solo dista un salto.

Las páginas de la historia de la humanidad están llenas de cientos de miles de crímenes políticos.  Detrás de todos estos hechos luctuosos ha estado siempre la cuestión del poder, tanto político-militar como económico y geopolítico.  A modo de ejemplo  se nombra aquí selectivamente algunos de los  personajes históricos asesinados por sus “amigos “ o por sus enemigos: Julio César (44 a. de C. Roma), la edad media y sus múltiples asesinatos y atentados políticos entre 500 d. de C. hasta 1500),  Jean Paul Marat (1793,Paris), Abraham Lincoln(1865, Washington, D.C ), Emiliano Zapata (1919, México), Rosa Luxemburg (1919, Berlín), Karl  Liebknecht (1919, Berlín), Sergei Mironowitsch Kirow (1934, Moscú), los años del terror estalinista (1936-1938, Unión Soviética ),  Andreu Nin(Alcalá de Henares,1937), Patricio Lumumba (1961, Kongo), John F. Kennedy (1962, Dallas Texas), Dr. Ernesto Guevara de la Serna (1967, Bolivia), Robert F. Kennedy ( 1968, Los Ángeles/California),  Dr. Martin Luther King(1968, Memphis/Tennessee), Amílcar Cabral (1973,Guinea-Bisau), Roque Dalton(1975, San Salvador/El Salvador), Orlando Letelier (1976, Washington, D.C),  Martin Schleyer(1977, Müllhausen/Francia), Aldo Moro(1978, Roma), Monseñor  Oscar Arnulfo Romero ( 1980, San Salvador/El Salvador), Anwar el Sadat (1981, Cairo/Egipto),  Roberto Calvi (1982, Londres),  Mélida Anaya Montes  (1983, Managua/Nicaragua), Jonás Savimbi (2002, Angola), sin olvidar los campos de la muerte de Pol Pot (1976-1978, Cambocha), la revolución cultural de Mao Zedong (1966-1976) y last but not least  General Kassem Soleimani(2020, Teherán).

En la medida en que se afirma que el curso de la historia esencialmente no cambia con la muerte de algún líder político o religioso, por muy celebre y carismático que éste sea, también hay que decir y afirmar que un mundo nuevo, mejor y más justo, es decir, la “utopía socialista” no se construye con piolets ni con picahielos ni con venenos radiactivos.

Nunca sabremos a ciencia cierta lo que pasó por la mente de los asesinos del poeta y revolucionario salvadoreño Roque Dalton, así como nunca se supo en realidad lo que pensó Jacson/Jackes Mornard /Ramón Mercader antes, durante y después del crimen en Coyoacán.

Sin embargo, después de leer “El hombre que amaba los perros” del cubano Leonardo Padura, novela que trata del asesinato de Trotsky, me pregunté: ¿Qué pensarán hoy en día los implicados en el asesinato de Roque Dalton?

Fuente: Por un mundo nuevo, mejor y más justo

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