Las demostraciones de un semáforo y Roque

Por Manuel Sorto (*)

Dalton es el más grande y más hermoso poema logrado por los salvadoreños

BAYONA – Hace varios meses leí maravillado la anécdota de Juan José Dalton contando lo que venía de pasarle camino a la oficina; sucedió en la parada obligada frente a un semáforo en rojo. Cuenta Juanjo como le cayó un vendedor callejero y lo que intentó venderle en el tiempo de un semáforo. ¿Para librar el día? O el almuerzo. Y quizás sin haber hecho el nombre de Dios.

Primero le ofreció una agenda. Juanjo le explica que ya tiene una, regalo de una Agencia de Prensa con la que trabaja (dpa); el vendedor desconfía de que sea cierto, pero comprende que JJ está manejando y no puede mostrársela. Entonces busca en la caja que tiene en la otra mano y saca unas plumas fuente, de las buenas, según afirma, baratas y de marca. Juanjo le sale con que su esposa viene de regalarle una Mont Blanc. ¡Nada menos! Quizás el hombre sepa que las Mont Blanc es el top en materia de plumas fuente y que no cualquier pellejo la tiene. Quizás no. El vendedor ya viéndolo con cuidado, y conciente que el tiempo pasa y el semáforo se va a poner en verde (piensa que Juanjo ya se le zafó con lo de una agenda que ni ha visto y con una pluma con nombre de productora de cine o de sorbete, y que tampoco ha visto: Juancho se ha limitado a señalar su estuche de lentes y plumas. (Lo voy a topar, quizás piensa el vendedor). El vendedor vuelve a rebuscar en su caja de mago y saca unos libros de… Roque Dalton… Ahora bien, lo que el vendedor no se espera, nunca pero nunca, es que ese carroteniente de anteojos y bigotudo, que por lo que dice, parece que tiene de todo (y de regalado), no es que le salga con que tiene todos los libros de Roque Dalton (que también pueden ser regalados y que nunca haya comprado uno), no, lo que le encachimba, no es que le salga con que ya tiene « todos » sus libros, sino que los tiene porque es hijo de Roque Dalton. Eso ya es vacile. Le estaba viendo la cara. Tumblimbli. ¡Comé mierda cerote! era lo menos que podía decirle (y que agradezca: otro lo hubiera bajado a pijazos antes que el puto semáforo se pusiera en  verde, por burlarse de manera tan descarada).

Pero aparte de lo caliente y chistoso que pueda tener la anécdota, ¿cuántos escritores o poetas nuestros, vivos o muertos, tienen la gloria de que sus libros los ofrezcan vendedores ambulantes en las paradas de los semáforos? Eso es la gloria, no publicidades. Eso es una simbiósis única y maravillosa en la historia de los pueblos, y de sus lenguas.

En Dalton el pueblo salvadoreño se reconoce. Roque tiene palabras para todos, para los pobres, para los ricos, para los religiosos, para los políticos y apolíticos, para los militares, para los intelectuales, para ilusos y revolucionarios, para los artistas, para la derecha y para la izquierda, para los de adentro y para los de afuera, para los locos y los que dicen que no, para los enamorados y los jodarria, para los hechos mierda… Roque tiene poemas, « chistes », y profundidades y más profundidades a reflexionar, con todos y para todos, hasta para los no salvadoreños. En su vida y obra se concentra lo universal de todos los salvadoreños. Incluso, de los que no lo han leído. Y si Roque Dalton es el más universal de los autores salvadoreños es porque encarna al salvadoreño universal. Dalton es el poeta de la identidad salvadoreña. Ergo: el más internacional.

Y eso, el hombre, el vendedor lo sabe, lo comprende (aunque no lo haya leído). Y en esto reside lo maravilloso de la anécdota: Roque incluso sirve para ganarse el conqué de cada día o para hacer el nombre de Dios. Roque ha llegado a ser tan simple como   el ganapan de cada día, una gloria que muy pocos autores logran y en muy pocos  países. Vivo, Roque Dalton se pasea  entre la gente, entre las manos y los cerebros de la gente. Dalton no solo forma parte de nuestra conciencia colectiva: es nuestra conciencia colectiva.

Dalton es el poema más grande y más hermoso logrado por el pueblo salvadoreño. Y el más sincero. La idiosincrasia salvadoreña, aunque nos duela, está presente hasta en la hora de su muerte. Semos malos, ya lo dijo Salarrué, el único a quien Dalton llamó santo. Y hablando de santos, dos son los íconos de la guerra revolucionaria salvadoreña: Monseñor Oscar Arnulfo Romero y el poeta Roque Dalton. Incuestionable, imbatible e imbateable.  

De tan popular Dalton ya es leyenda, mito. Y el misterio es el primer compañero del mito.

De ese poeta, por ejemplo, es un misterio dónde están sus restos. Otro misterio es cómo se dio, cómo pudo suceder, cómo fue, cómo se planeó, cómo se decidió y consumó su asesinato. Misterioso también cómo los implicados, habiendo reconocido y asumido la responsabilidad, se nieguen de todas las maneras posibles (¡desde 1975!) a hacer las aclaraciones necesarias. Se aducen paranoias propias de la lucha armada o problemas de juventud. O que están muy ocupados. ¿No es más inmaduro, a estas alturas del partido y cuando nadie exige juicios ni cárcel, negarse a aclarar los hechos?  Y sanear nuestra conciencia.

De acuerdo si se quiere con que en 1975 la guerra apenas estaba en su adolescencia, pero es necesario esclarecer, al menos (y sobre todo) para la salud y memoria (no solo) de la izquierda, aclarar, extirpando, digo, los diviesos malignos y para nada « heróicos » de esa adolescencia revolucionaria.

Que todos los dioses guarden con vida a los protagonistas de ese asesinato mientras no aclaren ese delicado gran fragmento, grueso « detalle » de la historia de nuestra izquierda. Se trata de nuestra Historia, política, y poética. La obra de Roque Dalton, para mayor dolor y vergüenza de los que siguen siendo sus enemigos, corre el riesgo de ser contemporánea siempre, mientras no se solucione lo que su voz defiende o ataca.

Y ganarle al tiempo es lo difícil.

(*) Intelectual salvadoreño residente en Francia

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