Por Álvaro Rivera Larios*
Considera, asimismo, necesario valorar al Dalton político para comprender su concepción del lenguaje.
No hay que ser demasiado listo para descubrir textos fallidos en los Poemas Clandestinos de Roque Dalton.
Pero esas piezas defectuosas no invalidan necesariamente la concepción del lenguaje que las alumbró. El poemario podrá ser fallido (lo constituyen borradores editados posiblemente sin la mano final del poeta) pero tal hecho no demuestra que por norma la orientación política de un literato acabe malogrando su obra.
Nuestro problema es que salimos de unos tópicos para entrar en otros. Ahora se ha vuelto un lugar común la consigna de olvidar al político Dalton para quedarnos sólo con el escritor. Hay razones de peso para hacerlo, lástima que el planteamiento sea simplista y esté mal formulado. El problema es definir en qué momento de la valoración del poeta debemos deshacernos del político. La necesidad de especificar su valor literario, no debe hacernos olvidar que la concepción del lenguaje que tenía el escritor podría estar relacionada con su otro rostro.
II
Para adquirir una visión completa de Roque Dalton no se debe soslayar la presencia de lo político en su creación literaria. Pero dicha presencia debe acotarse, si no queremos valorar su obra de forma mecanicista. La política estuvo afuera como una condición existencial, como un problema que asume y condiciona las elecciones temáticas de Dalton, pero también estuvo adentro: al convertirse en una intención, tuvo efectos sobre la subjetividad del escritor y sobre su forma de concebir el lenguaje.
Si la política no es sólo una condición externa, sino que a veces influye sobre el estilo ¿Debemos ignorarla? ¿Debemos ignorar que el poeta sostenía un debate interno sobre los límites de lo literario y las necesidades de la comunicación política? ¿Debemos ignorar que este debate tuvo consecuencias sobre su manera de concebir el lenguaje? ¿Es imposible imaginar la posibilidad de una estética politizada?
Estamos de acuerdo en que un texto literario se debe justificar literariamente. Pero dicha justificación es un terreno minado a partir del Romanticismo: Herder nos dice que así como cada ola es individual e irrepetible, el sentido de la belleza tiene un espacio concreto y particular que no puede subsumirse sin más bajo las reglas de una norma de valoración absoluta. Las que existen, según él, son bellezas plurales y distintas que han de juzgarse desde su propia lógica.
Después de la Vanguardia, no hay unanimidad en torno a lo que puedan considerarse criterios esenciales y universales de la valoración artística o literaria. Sentimos que hacen falta, pero tenemos problemas para darles un fundamento indiscutible. Duchamp, con su célebre urinario, puso sobre la mesa de discusión filosófica una pregunta que sacude a todo criterio “formal” y “estricto” de valoración: ¿Qué es la obra de arte?
No afirmo ni defiendo que todo valga, sólo planteo que los criterios “estrictamente literarios” que suelen recomendarse para juzgar a Roque Dalton no son un supuesto valorativo que carezca de problemas. Dalton mismo no se sentía filosóficamente cómodo dentro de los límites de lo estrictamente literario y Dalton conocía las implicaciones filosóficas del arte Vanguardista. Si el botellero de Duchamp y los collages dadaístas eran “trabajos” que cuestionaban el estatus y los límites de la obra de arte ¿qué era lo estéticamente admisible en el terreno del poema?
La literatura de filiación dadaísta (meta veinte palabras en un bote y agítelas y luego dispóngalas al azar sobre un espacio en blanco y obtendrá un milagroso poema) plantea la misma pregunta sobre cuáles son los límites de lo literario. Sin responderla, no estamos facultados para negarle su condición de artefactos estéticos a los versos que articulan los Poemas Clandestinos.
Si es problemático determinar el límite y el peso que tiene lo “extraliterario” en la poesía de Dalton, también lo es definir los límites y prerrogativas que confiere a lo estrictamente literario.
Un formalismo dogmático que se justifica a sí mismo por los excesos cometidos por una sociología literaria mecanicista, prohíbe que se relacionen las ideas políticas de un autor con sus dilemas estilísticos. Tales ideas, desde el punto de vista de la valoración estética, serían contingencias que atañen al complejo proceso de gestación del texto, pero que nada informan sobre su estructura ni nada dicen sobre su valor formal. Este razonamiento puede ser válido en ciertos casos, pero no explica otros.
Hay un conocimiento antiguo sobre el lenguaje, la retórica, que lo enfoca desde la perspectiva de la comunicación judicial y política. La retórica desarrolló una teoría flexible, para situar la estructura racional y formal de los textos, de acuerdo al objetivo que se proponían y en función del público al que iban dirigidos.
La circunstancia comunicativa y los fines del orador son elementos que la retórica asimila teóricamente como criterios imprescindibles de su técnica. Los argumentos y la elocuencia no se analizan en abstracto, sino que en el contexto de una comunicación precisa. Se estudia y se reconoce la belleza verbal, pero no se analiza como un fenómeno libre de la intención del mensaje y del público al cual va dirigido. El grado de complejidad del estilo del discurso (simple, medio o complejo) se adaptaba al tema, al género oratorio, al tipo de público y al fin perseguido.
El estilo, desde el punto de vista retórico, es una dimensión que posee sus propias reglas, pero esas reglas se reescriben y se modulan en un diálogo teorizado con las contingencias externas.
Se aprecia la belleza, pero se estudia desde el punto de vista de su eficacia comunicativa. Un texto podía ser un arma política eficaz por dos razones: por la calidad de sus argumentos y por la calidad del lenguaje con que se expresaban. Una buena razón dicha por medio de palabras y frases sin el menor atractivo, por muy cierta que fuera, carecía de impacto emocional.
Un retórico no se planteaba en abstracto qué era la belleza o cuál debía ser su estilo personal; se preguntaba, más bien, cuál era el estilo más eficaz y conveniente para tratar un tema especifico, dentro de ciertas convenciones genéricas, en un momento definido y ante un público determinado.
La retórica podría ser el puente que nos ayudase a comprender cómo Roque Dalton, en 1974, interiorizó unas circunstancias políticas a la hora de elegir una estrategia discursiva para los Poemas clandestinos. La ideología no está únicamente en los temas que ahí elige o en las nociones que utiliza, la ideología se haya presente en “la claridad” de su lenguaje, en su sintaxis, en el empleo de pocas figuras retóricas. La ideología, en este caso, y lo restrinjo así para no generalizar, incide sobre el significante.
Un crítico como Luis Melgar Brizuela le atribuye al ideologismo el tono panfletario y estilísticamente despojado de los Poemas clandestinos. Ideologismo había en Taberna y otros lugares, pero ahí el estilo era más complejo. No hay una relación simple entre el estilo y la ideología. La simpleza de los Poemas clandestinos pudo deberse, además, a un cálculo comunicativo hecho desde unas circunstancias muy concretas y con unos fines muy concretos: los de la agitación y la propaganda. Dalton deliberadamente acerca el poema al panfleto. Sus poemas son textos que desean convertirse en la poesía en el muro.
Supongan que valoramos estéticamente una frase dicha en un intercambio verbal y para hacerlo la sustraemos de su contexto comunicativo. Sus propiedades formales pueden abstraerse, pero comprenderlas será difícil, sin analizar el tipo de diálogo en que aparecen. Algo semejante puede suceder si sacamos a los Poemas Clandestinos de la circunstancia y del plano comunicativo en que fueron escritos. Su estilo llano era parte de la estrategia discursiva que adoptó Dalton en una situación determinada.
Las propiedades formales del texto pueden comprenderse como una elección hecha en una coyuntura precisa. Es poesía de ocasión y la ocasión está presente en los temas y el estilo con que los trata. Aquí la palabra pertenece a dos órdenes: al literario y al del discurso de orientación política. La naturaleza de su intencionalidad también se haya presente en el estilo.
Si Dalton renuncia al “gran estilo” o a cualquier atisbo de “originalidad” es porque no sitúa sus textos en el terreno de la historia literaria; no eran un aporte a la literatura, eran un aporte literario a la lucha política: su meta principal era dotar de un impacto estético directo a la palabra didáctica e ideologizada.
En la retórica, el mensaje político o ideológico tiene importancia estética. La palabra eficaz debe poseer argumento y belleza, pero su belleza será la que convenga al contexto. La retórica ofrece un concepto pragmático del estilo. Dalton elige, para la ocasión, un estilo llano que garantice al mismo tiempo la inteligibilidad de sus poemas y su impacto emocional. La inteligibilidad es una virtud que debe poseer la palabra impulsada por un deseo de comunicación. Esa inteligibilidad no tiene por qué estar reñida con la belleza, aunque no sea la belleza hermética que algunos críticos modernos reclaman normativamente a la obra literaria.
Al poeta que busca deliberadamente la sencillez no podemos reprocharle la falta de complejidad estilística. Podemos criticarlo si lo hacemos desde los parámetros formales que ha elegido. Hay poemas sencillos que son buenos y otros que no lo son.
Para modular el “estilo” de acuerdo con los criterios del cálculo retórico hay que tener una visión flexible y no esencialista del lenguaje literario. Por diversas vías, por su militancia política y por su conocimiento de las implicaciones filosóficas de la Vanguardia (el urinario de Duchamp, etcétera), Dalton llegó percibir el lenguaje como una herramienta viva, en el mundo, y no como una sustancia fija, institucional y solemne.
Habría que preguntarnos, y responder con cuidado, si Poemas clandestinos era el “ejemplo” de un programa estético que Dalton recomendase para todo tiempo y espacio y para todos los poetas o si solo era el producto de una adecuación retórica a unas circunstancias temporales determinadas.
Las urgencias y las ideas políticas trasladan, de forma implícita, la palabra y el pensamiento estético de Dalton al terreno retórico. Una estética lanzada a las aventuras políticas y comunicativas del lenguaje, abre sus categorías a la realidad. Posee un centro, pero sus fronteras son difusas, impuras y flexibles.
El proyecto “literario” de Dalton en 1974, podemos comprenderlo si lo despojamos de su ejemplaridad dogmática y lo vemos como una adecuación estilística a una circunstancia comunicativa especial. Cuando dije, al principio, que defendía la concepción general del lenguaje que hizo posible los Poemas clandestinos, no me refería a una defensa puntual de la obra en sí misma. Una misma concepción del lenguaje puede dar pie a buenos y a malos textos. Al defender la posibilidad de una literatura pragmática y de un análisis pragmático de la literatura, tampoco defiendo una poética o una hermenéutica de carácter normativo.
Explicar el origen de un libro de poemas, no supone justificarlo literariamente. Vuelvo a decir que debemos darle un fundamento filosófico a nuestros criterios de justificación y vuelvo a decir que eso, actualmente, no es fácil. De forma intuitiva y a partir de una base argumental nada concluyente, podemos afirmar que algunos poemas del último Dalton son fallidos desde el punto de vista literario, por mucho que uno comprenda qué circunstancias y qué concepciones del lenguaje lo llevaron a elegir, en cierto momento, una y no otra forma de escribir.
Y algunos poemas son fallidos no por su estructura formal simplificada ni porque la simplicación sea siempre un indicador de fanatismo ideológico y falta de originalidad, son fallidos porque en la lógica que asumen no logran ni la eficacia conceptual ni la estética. Ignoro si el poeta los dio por terminados. Se quedaron ahí, literalmente pegados a su circunstancia, sin que Dalton les diese quizás una última revisión.
Hay que poner a dialogar nuestros criterios de valoración con los criterios que el poeta adoptó, a la hora de escribir, en una determinada circunstancia. No se trata de correr hacia la obra literaria con una taxonomía de criterios estilísticos y valorativos que sea incapaz de graduar su lente. A veces, el contexto y la intencionalidad iluminan al texto por dentro y sirven para rastrear la naturaleza de su estilo, pero no valen para justificar su falta de chispa ideológica y literaria. Hay poemas que resuelven muy bien su orientación didáctica y que, sin perdida de eficacia comunicativa, cierran con acierto y genio su estructura formal.
Al darle un contexto al estilo no se renuncia a valorarlo, pero se hace desde criterios a su vez contextualizados. Aunque los antiguos griegos poseían criterios generales de valoración “literaria”, los afinaban introduciendo matices referidos a la finalidad del texto, su género y su tipo de destinatario.
Hay buena y mala poesía política. La buena poesía política cuando desaparece la circunstancia en que nació puede leerse como simple literatura.
Nada habré dicho, si el adjetivo “política” que coloco a un tipo de poesía se considera como algo accesorio y externo al texto. En mi opinión, la finalidad política puede reflejarse problemáticamente en el plano formal de la obra literaria. Es lo que nos dice la visión pragmática del estilo que yace al interior de la retórica.
La poesía política, como género, es posible. Un libro como Los poemas clandestinos debería de ser valorado teniendo en cuenta las convenciones del género en que fue escrito. No hablo de justificar “literariamente” el libro a partir de razones políticas, solo planteo que al valorarlo no olvidemos las reglas de juego retóricas que el mismo escritor se impuso.
Somos libres de evaluar el estilo del último Dalton desde una preceptiva que ignore la historia de Los poemas clandestinos. Pero al vaciarlo de historia talvez perdamos de vista su concepción implícita y particular de la belleza literaria. Detrás de cada palabra suya existe una dialéctica entre lo externo y lo interno. Esa pugna es la pugna que sostienen, al interior de Roque Dalton, el poeta y el militante, el grupo y el individuo, la belleza que reclama su territorio y la comunicación que le plantea un problema. El texto surge de ahí, con sus logros y sus defectos ¿Lo medimos desde los valores y conflictos (internos/ externos) que lo alumbraron y que posiblemente no sean los nuestros o juzgamos la obra de Dalton desde una cómoda pureza que él no buscaba?
Quienes pretenden enterrar al político que fue Dalton, para rescatar al poeta, quizá corran el peligro de no comprender su dramática e incomoda concepción del lenguaje.
* Publicado en ContraPunto Prensa Digital, el 8 de mayo de 2009