Creado en 16 Agosto 2010
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«Yo empezaba a escribir y le enseñaba mis versos. "Seguí escribiendo", me decía. Entonces escribía sin ton ni son y ni siquiera me imaginaba que llegaría a ser el Castrorrivas que soy. Y lo soy, gracias a ese loco. Todo era libros con él. Cuando íbamos a la ciudad, todo era de ir a bibliotecas, museos, conferencias, ballet, ciclos de cine. Yo, que no sabía nada, siempre le hacía pre­guntas sobre cine, sobre arte y él siempre me explicaba las cosas.

 

«Roque siempre estaba tomando apuntes. Una vez, estába­mos en un campamento en Pinar del Río. A mí me tocaba hacer guardia en la madrugada. En aquel tiempo había gente armada en esa zona: los contras, sobre todo, en Escambray y en la Sierra de los Órganos. Había amenaza de que esa gente, los bandidos, nos pudiera matar. Por fuerza, teníamos que quedarnos a cuidar el campamento.

«Yo me acuerdo que estaba con el fusil haciendo posta. De repente, oí un ruido.

«— ¡Alto! ¿Quién vive? -grité.

«Nada. Siguió el ruidito. Volví a preguntar:

«— ¡Alto! ¿Quién va?

«Como no decían nada, pensé: "Antes que me mate este hijueputa, lo mato yo". ¡Pau!, disparé. Fue un desvergue. Tras la detonación, comenzó el combate. Todos se fueron a sus puestos. No siguió más el ruido, pero ya no durmió nadie, esperando el ataque. Cuando llegó la madrugada, fuimos a ver qué pasó. Lo que había era un cadáver: el de un marrano de esos de raza, gigantesco, el gran cuchón de esos cheles, rosados. Como ni él me dio la clave, ni yo sé hablar en porcino, lo maté. Era un semental, nada menos. El Roque eso lo dice en un libro. Cómo no andaría tan metido en su obra, que lo menciona en algún momento: alguien mató un cerdo.

 

«Había otro muchacho que era de Ahuachapán, que era tan flaco, el pobre, que le decíamos: «Vos pareces zancudo», y así le pusieron de apodo, porque se encabronó mucho. Cada vez que le decían "Zancudo", él se venía dispuesto a darse verga. Era peligroso decirle el apodo. Mejor le decíamos "¡Zinn!" Eso sale en la novela: "¿A quién le decíamos Zinn de apodo?»" La literatura de Roque era pura vida, era vida propia. Cuando yo leí eso, me acordé del muchacho. Son las cosas que él apuntaba constantemente. Agarraba su papelito, apuntaba babosaditas y después las integraba en su obra. Era literatura en estado puro.

 

«Cuando terminó El turno del ofendido, me dijo: "Vamos a enseñárselo a un poeta que es embajador de Chile". Vivíamos en La Habana. El señor se llamaba Antonio de Undurraga, quizás es dueño de los famosos vinos, porque era un embajador de carrera: burguesón, él. Roque le llevó el libro. El viejo, escritor de la generación de Neruda, empezó a hojearlo. Al leer los versos atrevidos de El turno, desaprobó el libro. Entonces, Roque lo recibió y se limitó a darle las gracias y a decirle a Undurraga que era uno de los poetas latinoamericanos de mayor valía y que él confiaba en su juicio. "Vámonos", me dijo.

 

«Cuando estábamos afuera, porque estaba enojado. "Que coma mierda este viejo cerote, no es poeta", dijo. Si le hace caso a Antonio de Undurraga, no hubiera publicado el libro. Mejor se lo llevó a otros que estaban en la jugada: Retamar y Rene Depestre, que eran grandes aleros.

 

«El mejor amigo de Roque era Eraclio -Laco- Zepeda. Con él compartían una amante: una bailarina del Tropicana, una diosa de fuego. O mejor: ella los tenía de amantes a ellos. Se llamaba Ásela y era una pantera morena. Era tremenda esa mujer. Ella les enseñó todas las maravillas del sexo.

 

«Pero antes de eso, habíamos estado en México. Yo conocí a Roque cuando trabajaba en El Independiente, Cuando el periódi­co fracasa, todos se van, en el año 60. A la caída de Lemus, hubo una apertura democrática -tres meses duró el gusto, con una junta en la que estuvo Chema Méndez-. Esa apertura fue sufi­ciente para que fuera una delegación de salvadoreños a Cuba, se restablecieron relaciones diplomáticas con la isla, había una embajada cubana y vuelos directos de San Salvador a La Habana.

 

«Cuando cayó el gobierno democrático, todos los que habí­amos ido a Cuba figurábamos como los más buscados de la poli­cía. En el año 61, empezó el clandestinaje y los viajes al exterior.

 

Roque ya había salido exiliado. A mí me tocó viajar y me pusie­ron un contacto en México, a una hora y en un lugar determinado. Yo no sabía que el que iba a ser mi contacto era este loco de Roque. Él andaba vendiendo La ventana en el rostro, y yo me entusiasmé en ayudarle. Nunca me imaginé la significación que iba a tener este libro.

 

«Yo le comenté a Roque que me habían capturado en Nueva York y que sabía que me iban a esperar en San Salvador. Él me recomendó que lo cambiara: "No llegues a Ilopango, sino que te vas a Toncontín (Honduras) y ahí te vas por tierra", me dijo. "La cosa es que no te agarren en el aeropuerto".

 

«Al sólo llegar a San Salvador, sin ver a nadie siquiera, me dijeron que me tenía que regresar a Cuba. Cuando llego a México, después de tener líos en Guatemala, me dediqué a estu­diar mucho, sin saber que, una noche, en la montaña, iba a lle­gar un pequeño jeep del cual se bajó alguien que yo sí conocía: Era Roque. Ahí lo volví a ver. Siempre andaba con sus libros.

 

«Yo empezaba a escribir y le enseñaba mis versos. "Seguí escribiendo", me decía. Entonces escribía sin ton ni son y ni siquiera me imaginaba que llegaría a ser el Castrorrivas que soy. Y lo soy, gracias a ese loco. Todo era libros con él. Cuando íbamos a la ciudad, todo era de ir a bibliotecas, museos, conferencias, ballet, ciclos de cine. Yo, que no sabía nada, siempre le hacía pre­guntas sobre cine, sobre arte y él siempre me explicaba las cosas.

 

«Roque decía que su familia le había dejado unas fincas en herencia. Sin embargo, con las bullas de la persecución, le hicieron la marufa a él, y lo desheredaron. Eso me lo decía él. Aunque yo no sé si es cierto, porque él inventaba bastantes cosas. Por ejemplo, lo de un hijueputa llamado Oolge, que quién sabe qué putas será.

 

«Contrario a lo que muchos chismosos andan diciendo, Roque no era ningún alcohólico consuetudinario. Roque se ponía bien a verga, pero al día siguiente ya no seguía. No era zumbero, pero sí se ponía sus grandes vergas, como todo ciudadano.

 

«Los contactos de Roque en Cuba no eran otros que Retamar y muchachas como la Tatira -a la que le dedica El mar- y la Ásela y no sé quiénes más. El muchacho era práctico. Trabajaba, aunque también andaba en otras cosas. Nosotros éramos como boy scouts armados, pero en serio, porque estábamos en peligro de morir.

 

«Yo le ayudé a pasar a máquina sus poemas, porque yo era el que podía hacerlo. Era el único que podía reparar la maquinita de escri­bir. No fue por ninguna cosa especial que lo hice. Cuando vine de  regreso a El Salvador, escribí un gran cachimbo de poemas sobre mis viajes, los metí en una valija y en una época de represión, fui a dejarle la valija con mis papeles a una tía mía. Cuando pasó el peli­gro y fui a reclamarle mis cosas, mi tía me dijo que abrió la valija, vio todo lo que había, le dio miedo y quemó todo... ¡menos la valija!

 

«Escribir para mí era una necesidad. Llegó un momento en que "tuve escritos cincuenta y cinco poemas. Roque los leyó y seleccionó sólo cinco. "Estos así déjalos". Esos fueron los pri­meros poemas que publiqué en mi vida, en El Independiente.

 

El que era nuestro contacto partidario en México fue el que i era esposo de Mercedes Durand, Mauricio de la Selva. Roque le i llamaba "Gorgo".

 

«—Que coma mierda Gorgo -se quejaba Roque-. Quiere  que sólo pase encerrado y que no salga ni a tomarme una cerveza. Que coma mierda. Venite, vamos a buscar una cerveza ; —me decía.

 

«El Gorgo lo regañaba por esas salidas. En 1961, Roque escri­bió un poema que se llama Muerto en la calle. Un camarada murió i atropellado, en un accidente. El Gorgo me dijo que no había sido, así, que lo habían tirado de un carro. Y cuando no hay escuadro­nes de la muerte, un carro te mata, y en ese tráfico de México, ¿quién dice nada, pues? Por eso Gorgo nos cuidaba bastante.

 

«A Roque lo echaron muchas veces del Partido. La primera vez fue por defender a un burgués que era amigo suyo. Era desho­nor para un comunista defender a un oligarca, pero Roque lo hizo por amistad. El caso era que el muchacho mató a otro hijo de millonarios. Eso no le gustó a los ortodoxos del partido y lo san­cionaron. Otra vez fue por sus amoríos con la hija de uno de los altos dirigentes del Partido. En el poema "Cine", que se lo dedica a Mauricio de la Selva, habla de "mi amada perdida bañándose des­nuda en los Chorros de Colón afilando las uñas de mis deseos", esa: sílfide, esa divina, es esa muchacha. Lo echaron a la mierda o lo suspendieron por eso, no sé. La cosa es que tuvo muchos problemas de disciplina. Eso no tiene nada que ver con su literatura. Si vamos a valorar a Roque, digamos cómo era, como puro guanaco, con sus defectos y sus cualidades de salvadoreño: gustador de las conchas negras, de la cerveza, de las pupusas, un guanaco de veras.

 

«Yo iba a estudiar a Cuba, porque había que ir a preparar los cuadros del Partido. Se puso grave la situación en Cuba y se vio la necesidad de adiestrar a la gente para la lucha armada. Ésa era una tesis, creo que del Che, que ante la posibilidad de una inva­sión a Cuba, la única forma de defenderla era creando frentes armados de liberación alrededor del mundo y así dispersar los esfuerzos de aniquilación de la revolución cubana.

 

«Roque ya estaba en La Habana cuando yo llego. Nos jun­tamos en la montaña y me di cuenta que andábamos en lo mismo. Estábamos en la misma columna. Era todo tatarata, nunca había agarrado un fusil. No podía ni cargar una mochila, ni caminar, ni nada. Jamás había visto un arma. Era chistoso verlo caminar en la montaña en la noche.

 

«Una vez hicimos un simulacro de emboscada y él tenía que hacer el contacto y avisar, y todo. Pero se oía como desde cien metros aquel gran ruidazo cuando él avanzaba, quebrando ramas, crac, crac, crac. ¿Cómo iba a haber emboscada, con esa gran regazón? Nos reíamos, de él. Luego, todos tuvieron su especialización. Para regresar al país, tuvimos que dispersarnos por el mundo. Cubana de Aviación te dejaba en Europa y de ahí cada uno tenía que ver cómo le hacía para ir a su país de vuelta.

 

«Para la Crisis de Octubre estábamos preparados para cual­quier cosa. Estábamos infiltrados para pasar por cercos milita­res. En plena crisis, el pueblo cubano vivía como si nada. Los únicos preocupados eran los que estaban militarmente armados. Los demás, andaban jodiendo, bailando, en el cine. Y estábamos tan entrenados que yo me le lograba meter a la posta. Me les zampaba y me escapaba a ver cine. Había cine húngaro, checos­lovaco, soviético, de todo el mundo. Había tres tandas de cine y yo me las tiraba todas. Sabía que al regreso tenía que pasarme a rastras, media hora, una hora, la zona de seguridad, para volver al campamento, pero lo hacía.

 

«Cuando regresamos a El Salvador, nos enteramos que nos  habían traicionado. El contacto de nosotros en La Habana se había robado las fotos, los pasaportes y, creo, que hasta las fichas dentales. Los llevó a Miami. Salimos en una revista a doble pági­na. La revista la vio Rafael Mendoza cuando estaba en una barbería, quitándose el pelo. Y le dijo al barbero: "No, ya no me siga cortando", y corrió a avisarme. La revista tenía un encabezado que decía: "Conjura internacional castrista". Ahí estaba todo el grupo de nosotros, con sus seudónimos y su curriculum. El Mendoza estaba afligido. A mí me habían mandado cartas con amenazas, a la casa de mi mamá.

 

«En esos momentos, en el 64, me contacto con Roque y él me cita a la casa de su mamá, a La Royal. La onda del Partido era que las cosas no estaban maduras para la lucha armada y que "había que ganarse la calle". Roque fue a sacar unas Regias del refrigerador de su mamá.

«—A mí me han amenazado a muerte —le dije—. ¿Cómo vamos a ganarnos la calle?

«En eso de "ganarse la calle", Roque se fue a chupar a La Praviana y ahí fue donde lo capturaron.

«Cuentan que cuando estuvo preso en Cojutepeque y lo estaban interrogando, llamaron al tipo que fue nuestro contacto en La Habana. Éste entró en la sala donde tenían a Roque y al verlo, le dijo:

«—Hola, Antonio. ¿Qué tal, compañero Antonio?

«Ese era el pseudónimo de Roque: Antonio García, que era su verdadero nombre.

 

«Después, ocurrió lo de su fuga espectacular de la cárcel de Cojutepeque. Alguien me dijo que Roque se inventó todo eso y que lo cierto fue que Geoffroy Rivas intervino para liberarlo y sacarlo a escondidas por Guatemala. Es necesario esclarecer eso.

 

«A partir de ahí, le perdí la pista. A veces me escribía. En uno de los cateos que hacía la policía aquí en Cuscatancingo, perdí una carta que me mandó desde Praga, donde me cuenta que está escribiendo un libro sobre "un personaje revolucionario salvadoreño", que era Miguel Mármol. Eran los años en que el viejito andaba en Praga. De ahí, no volví a saber de Roque, hasta que en el 75, en La Crónica, donde el ERP salía diciendo que lo habían matado por ser agente de la CÍA. "No" -le decía yo a Mendoza- "Esto no puede ser. ¡No y no! Roque no puede ser de la CÍA. Esto es una mentira. Yo no lo creo hasta que lo diga Radio Habana, Cuba", Así, les mandé una carta a los cubanos. Como ellos lo dijeron después, lo creí.

 

«Era inconcebible para mí que lo mataran. ¿Cómo era posi­ble que no se dieran cuenta del talento que había ahí? Hoy, con los años, sé que esa era la misión: matar ese talento»

 

(*) Tomado de “El ciervo perseguido”, biografía del poeta salvadoreño Roque Dalton (1935-1975), escrita por su paisano, el poeta y ensayista Luis Alvarenga

 

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