Posición contra la impunidad histórica

“¿Para dónde va un país que ha asesinado a su pastor, a su profeta y a su poeta?”, lo preguntó Francisco Andrés Escobar un día…

Por Juan José Dalton

Nuestro querido Paquito murió y nadie le respondió. He estado publicando algunas ideas contra la impunidad histórica en el caso salvadoreño, las cuales han generado cierta polémica que prefiero dejar por sentado y lo más ampliamente posible.

A continuación una visión ampliada (a lo que he publicado en las redes sociales) de lo que es mi posición respecto a la impunidad de antes, durante y después de la guerra civil.

1). Exigir justicia por los casos emblemáticos de asesinatos antes y durante la guerra civil no deja a un lado a las decenas de miles de personas contra quienes se violaron los derechos humanos; es todo lo contrario. Los reclamos nacionales e internacionales que las víctimas hemos hecho implican la lucha por la verdad y la justicia en forma integral. Cada vez que un organismo nacional e internacional que conoce de los casos emblemáticos y que se pronuncia sobre la justicia en El Salvador, se pide el fin de la oprobiosa amnistía y el cese de la impunidad. Estos son objetivos por los que hay que luchar más intensamente como sociedad civil. La familia de Roque Dalton ha reclamado verdad, justicia y reparación para todos los que sufrieron ese oprobio, ya sea por la FFAA como por la ex guerrilla.

2). Las violaciones que se cometieron del lado de la guerrilla (crímenes de lesa humanidad), como es el caso de Roberto Poma (secuestro, asesinato, intento de desaparición del cadáver y negociación -incluido cobro millonario de rescate- cuando Poma ya estaba muerto, no puede obviarse ni olvidarse. Fue un crimen moral y éticamente monstruoso. La guerrilla luchaba precisamente contra esos crímenes y desde entonces esa marca antiética y amoral perjudicó la credibilidad en una lucha plenamente liberadora y justa contra la dictadura y la injusticia. Con el caso Roque Dalton, Armando Arteaga y Rafael Aguiñada, pasa lo mismo. Estas son heridas que aún están frescas y no se aprecia el bálsamo y la cura para una cicatrización. Por otra parte, es inadmisible sostener que torturar a un rico es justificable cuando por otra parte no toleramos la tortura contra un obrero o un maestro… Si no lo vemos así, entonces ¿en qué nos diferenciábamos de los militares asesinos?

3). Una cosa es el deseo noble de las familias de las víctimas de no acudir a la venganza, así como tampoco –en algunos casos- exigir verdad; así como el deseo de perdonar a los que pidan perdón y digan la verdad. Pero otra cosa muy diferente es la responsabilidad del Estado en la impartición de justicia y llevar a cabo reparación de los daños. El deseo de perdonar de los familiares de las víctimas, que casi todos como humanos tienen, no le quita la responsabilidad al Estado de someter a juicio a los que violaron los derechos humanos y a los que cometieron crímenes de lesa humanidad. La justicia no es venganza y las leyes deben cumplirse por parejo. Eso es y será democracia.

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