
Acerca de la Poesía de Roque Dalton, por Álvaro Rivas Larios
Por: Álvaro Rivas Larios (*)
Roque Dalton: la poesía en el muro
Cuando Aristóteles escribió su poética, ya existía en Grecia toda una tradición reflexiva en torno a la palabra. Su pensar, más que un comienzo, ya era un balance de lo que habían dicho retóricos y sofistas sobre el arte verbal. Pero el filósofo no se presentó como un frío analista, tenía la voluntad de intervenir en aquello sobre lo cual reflexionaba y por eso, además de definir qué es la poesía y cuáles sus especies, promete clarificar el asunto de cómo deben componerse las buenas obras dramáticas. Ciencia y crítica literarias, descripción y norma, ya están ahí y desde entonces no han dejado de viajar juntas.
Quienes buscan definir la poesía rara vez se limitan a una labor taxonómica, a menudo dan otro paso y se atreven a juzgar cómo se debe escribir, leer y vivir el poema.
El maestro de Aristóteles situó al poeta y el poema en dos ámbitos relacionados: la filosofía y la polis ideal. El poema (como forma, opinión y copia) era examinado bajo la luz de una razón crítica, luego sus consecuencias eran observadas dentro del ámbito de la cultura ciudadana. ¿Cuál es la naturaleza del poema? ¿Qué consecuencias sociales tiene? De las respuestas que da Platón se deducen una poética y una política. Platón observa el poema desde varios ángulos (ontológico, epistemológico, moral) y, aunque no desconoce las propiedades formales de lo bello, reclama el equilibrio entre el bien, la belleza y la verdad dentro de la obra literaria. Al alejarse del control racional, la palabra emotiva puede ser un peligro para la conciencia ciudadana; de ahí que Platón sugiera un gobierno sobre los poetas (si aceptan la tutela del filósofo y el político no serán expulsados de la Republica Ideal).
Aristóteles y Platón nos sirven para recordar dos cosas: no hay poética sin presupuestos filosóficos ni carente de tentación prescriptiva. En algún punto se da una respuesta a la relación entre la obra literaria y los demás valores; en algún punto se propone un modelo de poema y de poeta.
Roque Dalton se asumió como un poeta en la ciudad y como un poeta cuyas creaciones mantenían un diálogo tenso con un sistema de creencias.
Cuando se habla de las creencias de un poeta ¿a qué nos referimos? Ningún ser humano está desprovisto de ideas respecto a la sociedad en la cual vive y sobre el lugar que ocupa en ella, pero cuando hablamos de un conjunto organizado de creencias nos referimos a una filosofía, a una interrogación sistemática que desarrolla respuestas fundamentadas, unificadas y coherentes. Un creador con ideas filosóficas se interroga sobre el papel que desempeña en el teatro social y también medita sobre la naturaleza del poema y su relación con los demás valores. Las respuestas que dé tendrán consecuencias para su palabra y para la forma en que entienda su rol.
La poesía de Dalton se fabricó dentro de un universo asumido, el de la ciudad, y dentro de las tensiones de un sistema de pensamiento: el marxista. Su poesía y su poética llevan la huella profunda de esas adscripciones. Y esa huella profunda no es la simple obsesión de transmitir unos conceptos y unos valores, es algo más: esos valores y esos conceptos forman parte de sus problemas creativos, de su modo de entender la poesía en el mundo. Lo que afirma T.S. Eliot a propósito de Wordsworth también vale para Roque Dalton: “Son sus intereses sociales quienes inspiran sus innovaciones en el verso y respaldan su teoría de la lengua poética”.
Sin embargo, los intereses sociales de Dalton no lo condujeron a abrazar la preceptiva del realismo socialista.
La poética marxista de Roque se abre a la subjetividad y al lenguaje autoconsciente de la literatura de vanguardia. Ahí se gesta la tensión dialéctica entre su visión compleja de la poesía y la necesidad de comunicación. Cuando alcanza su madurez literaria, esa pugna entre el significado y el significante ya no lo abandona. Podríamos hablar de una tensión irresuelta donde pueden convivir la coloquialidad y el hermetismo tal como sucede en un poemario como “Taberna y otros lugares”.
Roque tuvo más de un estilo y vivió, como ciudadano poeta, más de una circunstancia. El estilo, para un creador marxista, no deja de ser un estilo en la circunstancia política y comunicativa. Si la estética radical vendría a ser una especie de pensamiento estratégico, la retórica oficiaría de táctica lingüística. La circunstancia no es algo completamente ajeno a las decisiones literarias. La sintaxis clara y las imágenes limpias de sus últimos versos revelan una voluntad de comunicación directa, didáctica, libertaria. Para el poeta que conspiraba contra la dictadura, la llaneza formal era una decisión retórica, una adaptación de su palabra a lo que era el caso para convencer. Así une sus dos pasiones y escribe poemas que son al mismo tiempo panfletos, resplandores insurgentes. Esa poesía impura, fijada en la situación y proyectada hacia un fin extraliterario, mantiene un diálogo crítico con otros valores (el bien y la verdad) y se concibe a sí misma como signo estético y al mismo tiempo ideológico. Entre las reglas de juego que el poeta elije no se ignora la entidad de la poesía ni los logros de la vanguardia literaria, pero no existe una sacralización de la autonomía del arte.
Se puede abordar a Dalton de muchas formas (verlo, por ejemplo, solo como un poeta), pero quienes sustraen el texto del contexto y no captan la interrelación entre pensamiento y literatura, tendrán serias dificultades para comprender a un poeta que asumía su voz dentro de una circunstancia a la vez que intervenía sobre ella. Ese fanático brillante que fue Dalton confiaba en el poder de la poesía para incidir sobre la vida y, al menos en su caso, hay que darle la razón: sus textos marcaron la sensibilidad y la visión del mundo de toda una generación de salvadoreños, esa que fue a la guerra.
Últimamente se pretende restituir la palabra de Dalton a su exclusiva condición de literatura. Es legítimo y justificado ese intento, pero desemboca en una definición excluyente que afirma lo estético a fuerza de ignorar lo ideológico y lo moral. Si la poesía comprometida con mucha frecuencia despreciaba la forma, la poética formalista reivindica la entidad del significante pero a costa de olvidar sus vínculos con el “mundo externo”. Una visión mecanicista de lo externo impide ver cómo ciertas estructuras sociales e ideológicas inciden sobre la forma en que se produce e interpreta una obra literaria. Las distinciones analíticas que con razón aíslan el texto literario a menudo se convierten en categorías ontológicas y criterios prescriptivos. Se confunde el “modelo” con su referente impuro y se pasa de una imagen abstracta del ente literario a una visión que sanciona sus múltiples lazos con la realidad. La poética comprometida y la formalista ofrecen una imagen parcial de lo que podría ser un equilibrio entre el bien, la belleza y la verdad dentro de la obra literaria. No se puede olvidar la estética en nombre de la moral, ni olvidar la moral en nombre de la belleza. Si algo demuestra la lectura cívica de la palabra de Dalton es que la poesía, en su existencia fáctica y social, no deja de ser un objeto fluido, capaz de asumir otras funciones, además de la estética. Todas las poéticas son un intento de explicar ese objeto impuro y, a larga, son un intento de normar su producción y de regular la forma en que se contemplan sus creaciones.
Platón, en teoría, y Stalin, en la práctica, propusieron una labor de ingeniería política en el mundo de la producción y el consumo de literatura. Para el marxista dogmático era importante poner la superestructura literaria bajo el gobierno del partido y el Estado. El escritor que no aceptase la poética oficial y la tutela de la vanguardia política del proletariado sería expulsado de la Republica “Ideal” Socialista. Sin embargo, esos trágicos “fallos” de la planificación sin límites no vuelven inútil la necesidad de establecer un diálogo abierto entre los valores éticos, estéticos y epistemológicos.
No creo que el poeta deba ser un dócil subalterno del político y el filósofo. Aunque se sienta cómodo en su ventana solitaria, a veces conviene que se asuma como una voz en la ciudad. La biblioteca es un recinto necesario, pero no es el único lugar en el cual se mueve la poesía. En algunos casos será necesario que una sombra atraviese las calles de la noche y vuelva a escribir la poesía en el muro.
*Tomado de la revista Tres Mil, del Diario Co-Latino