Creado en 14 Diciembre 2009
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Por Rafael Lara-Martínez*

Desde Comala siempre…

“Como los eventos de 1932 que Mistral y sus anfitriones salvadoreños contemplan en silencio, la celebración actual del seudónimo literario del país [el Pulgarcito de América] deriva de una conciencia tardía que recrea hechos desde la lejanía.  Queda de lección que la historia disfraza archivos olvidados y suplanta clásicos que lectores modernos consideran verdaderos y auténticos”.

0.  Obertura

I.  Pregunta

II.  Búsqueda

III.  Hallazgo

IV.  Paráfrasis final del manuscrito transferido de Cuzcatlán a Aztlán

V.  Notas

VI.  Lista de ilustraciones

VII.  Anexos

VII.  1.  “El Salvador” de Gabriela Mistral

VII.  2.  “El Salvador, el Pulgarcito de América” de Julio Enrique Ávila

VII.  3.  “El Pulgarcito de América”, juicio crítico de Alfonso María            Landarech

VII.  4.  “hôtel fraternité” de Hans Magnus Enzensberger

A Carlos Cañas Dinarte, en aprecio por su saber historiográfico y generosidad.

0.  Obertura

«Los escritores de la burguesía que han acuñado para El Salvador el ridículo término de “Pulgarcito de América” rehúsan hablar de problemas [sociales, por lo cual hay que “modificar” su imagen de marca, atribuírsela a una poeta “apócrifa” famosa, para desconcierto de mis críticos]».  El Salvador (monografía) (1965: 15 (segundo párrafo), no aparece en la primera edición de 1963).  Roque Dalton

Palabras claves: Julio Enrique Ávila, Roque Dalton, Gabriela Mistral, historiografía literaria de El Salvador, historia como conciencia y olvido.

Resumen/Preámbulo: Centenares de citas repiten que “…El Salvador, Pulgarcito de América…”, nombre literario del país, lo forja la primera latinoamericana en recibir el premio Nóbel de literatura, la chilena Gabriela Mistral (1889-1957).  No obstante, ni siquiera los trabajos académicos restituyen el escrito completo que bautiza la nación centroamericana, la cual la poeta visita en septiembre/octubre de 1931.  La fuente histórica privilegiada la constituye un libro en collage del salvadoreño Roque Dalton (1935-1975): Historias prohibidas del Pulgarcito (1974).  Sin ensayo mistraliano original, a manera de crónica, el artículo reseña búsqueda y hallazgo del documento poético original que justifica tal sobrenombre: “El Salvador, Pulgarcito de América (1938/9-1946)” de Julio Enrique Ávila (1892-1968).  Como los eventos de 1932 que Mistral y sus anfitriones salvadoreños contemplan en silencio, la celebración actual del seudónimo literario del país deriva de una conciencia tardía que recrea hechos desde la lejanía.  Queda de lección que la historia disfraza archivos olvidados y suplanta clásicos que lectores modernos consideran verdaderos y auténticos.  La propuesta exhuma originales soterrados por años que jamás afloran a falta de historiografía literaria salvadoreña.  Entre los documentos primarios la pesquisa recolecta la visita de Mistral a El Salvador, el papel central de Ávila durante la estadía de la chilena y anteriormente del mexicano José Vasconcelos (18/noviembre/1930), el giro hacia la derecha de posiciones juzgadas de izquierda (sandinismo, anti-imperialismo e indigenismo) que no apoyan la revuelta de 1932, al igual que la confusión autorial que Dalton les hereda a críticos actuales.

Keywords: Julio Enrique Ávila, Gabriela Mistral, Roque Dalton, Salvadoran literary historiography, history as consciousness and oblivion.

Abstract/Prologue: Hundreds of quotes repeat that “…El Salvador, Tom Thumb of America…”, literary name of the Central American country,  is coined by the first Latin American writer to receive the Nobel Prize of Literature, the Chilean Gabriela Mistral (1889-1957).  Nonetheless, even academic and research publications obliterate to mention the original document in which she baptizes the country that she visits in September/Octuber 1931.  The historical source that justifies her authorship is found in a belated collage book written by the Salvadoran poet Roque Dalton (1935-1975): Historias prohibidas del Pulgarcito (Forbidden Stories of Tom Thumb, 1974).  Lacking an original Mistralian essay,  in the style of a chronicle, the article narrates the search and discovery of the original poetic document, which validates the epithet: “El Salvador, Pulgarcito de América (El Salvador, Tom Thumb of America, 1938/9-1946)” by Julio Enrique Ávila (1892-1968).  As the 1932 events that Mistral and her Salvadoran hosts observe in silence, the current celebration of the literary name of the country derives from a belated consciousness, which recreates facts from a distance.  It remains as a lesson that history falsifies forgotten archives and replaces classic authors that the modern naïf reader considers real and authentic.  The proposal exhumes original documents buried for years due to a lack of Salvadoran literary historiography.  Among the primary sources the research collects the visit of Mistral to El Salvador, the central role of Ávila during the stay of he Chilean poet and, before her arrival, of the Mexican José Vasconcelos (18 November 1930), the conservative turn of positions judged as radical politics (anti-imperialism, Sandinismo, and indigenismo) which do not support the 1932 revolt, as well as the authorial confusion that Dalton inherits to his current critics. 

 I.  Pregunta

La historia a narrar se inició con un correo electrónico inocente pero inquisidor.  “¿Sabes cuál es el texto completo en el que aparece la frase de Gabriela Mistral “…El Salvador, Pulgarcito de América…”?”  La pregunta me la dirigió la escritora salvadoreña Carmen González Huguet con quien solía intercambiar ideas con mediana frecuencia.

Confesaría que debí admitir mi ignorancia.  Desconocía el texto de la poeta chilena, aun si había leído el artículo titulado “El Salvador” que publicó en el Repertorio Americano (véase: Ilustración I). (1)  De este ensayo me sorprendía el silencio que guardaba Mistral sobre los eventos de 1932, al tiempo que se preocupaba por catar el café salvadoreño y compararlo al puertorriqueño.  Presuponía que su visita al país del 19 de septiembre al 9 de octubre de 1931 en absoluto había marcado la conciencia social de la chilena.  “Con lo cual no sé qué me place más entre mis tazas de cafés bebidas en tres meses de viaje por el reino del néctar negro”, concluían sus reflexiones salvadoreñas. 

     

Ilustración I

                                                                   

Me parecía que existía una extraña laguna de mutismo entre sus artículos de defensa a Sandino y la falta de referencia al genocidio que ocurrió al occidente de El Salvador en enero de 1932. (2)   Sin embargo, esta reserva no se la atribuía a una decisión personal.  Su discreción definía un espíritu de la época que la explicación en boga, la represión política, no cernía a cabalidad.  Entre las “actividades literarias en el año de 1932” destacaban exaltación “de Sandino de [Gustavo] Alemán Bolaños” y la obra de “Roberto Suárez Fiallos Los indios tienen corazón” de tema indigenista. (3) 

Para mi asombro, apoyo al héroe de Las Segovias y al indigenismo significaban oposición a la revuelta de enero de 1932.  Esta coincidencia temporal exaltaba la “gran ofensiva [antiimperialista] mediante la cual [Sandino] espera alcanzar el triunfo de sus ideales patrióticos” a la vez que condenaba o, al menos, no apoyaba el levantamiento. (4)  En suelo salvadoreño, el sandinismo se deslindaba de toda filiación política con 1932. 

Mistral escribió sobre El Salvador desde Italia —confinada por el gobierno de Mussolini— pero publicaba con cierta libertad en Chile y Costa Rica.  Su silencio lo compartía la mayoría de intelectuales centroamericanos de los treinta quienes tampoco denunciaron, ni siquiera anunciaron los eventos de 1932.  Me cuestionaba si de algo valía reconstruir hechos verdaderos cuando los autores intelectuales que los vivieron los habían percibido desde una óptica ajena a la nuestra: defensa de Sandino - silencio de 1932.  Había que proseguir la búsqueda, aun si «los del Sur [jamás] se acordarían de “los dos mil de Sandino”» que se levantaban en armas al occidente de El Salvador. (5)

El artículo del Repertorio Americano con temática salvadoreño me enseñaba que la historia no sólo consistía de hechos.  Se formaba también de vacíos que una conciencia tardía intentaba colmar horrorizada desde la lejanía.  En verdad, me repetía, si Mistral imaginó El Salvador como “Pulgarcito” esa referencia no aparecía escrita en su ensayo, como si una demora fuese característica de nuestra identidad.  Había testimonios que perseguían mundos abolidos y difuntos desde la distancia. 

II.  Búsqueda

Mi primer recurso bibliográfico lo juzgaba doble.  Acudí a la biblioteca de la Universidad de Nuevo México (UNM) a revisar los estantes enteros que contenían los libros de Roque Dalton, por una parte, y los de Gabriela Mistral, por la otra.  Ordenados por países,  los anaqueles de ambos autores se hallaban tan remotos como Centroamérica del Cono Sur. 

Para mi sorpresa, descubrí que Historias prohibidas del Pulgarcito —libro que se iniciaba con la “cita” de la chilena— representaba uno de los libros más estudiados del autor salvadoreño. (6)  Sin embargo, ninguna de las múltiples respuestas críticas de la obra roqueana se tomaba la molestia de rastrear la procedencia documental de la famosa frase.  Les bastaba repetir la máxima en cuestión para asegurarle al lector instruido, pero ingenuo, que la chilena era su autora original.  Acaso, llegué a la conclusión semanas después, más que críticos serían censores del dato primario que reseñaría hechos pretéritos.  Este nuevo silencio alimentó aún más mi curiosidad.  El título mismo de la obra más difundida de Dalton carecía de referente historiográfico objetivo.

Con mayor ahínco hurgué los estantes que contenían la obra mistraliana.  A falta de una recopilación completa en UNM, llevé a casa la Antología mayor de cuatro volúmenes. (7)  Pero antes, hojeé minuciosamente la mayoría de biografías sobre la autora.  Me percaté que casi ninguna reseña incluía referencias directas de su viaje a El Salvador, ni mucho menos de la famosa frase con la cual bautizó al país según Dalton. 

Salvo un libro chileno de Virgilio Figueroa y otro puertorriqueño de Luis de Irrigoitia todos los demás ignoraban la presencia de la poeta laureada en el país. (8)  Para la conciencia histórica y literaria chilena, El Salvador era hecho insignificante y eludible.  Su famoso bautismo que había calado tan hondo en el sentir nacional, en el Cono Sur quedaba en el silencio. 

Al tiempo que ojeaba una de las bibliografías más exhaustiva de la autora, Vida y obra de la Antología mayor (1992), enviaba correos electrónicos a colegas que habían escrito sobre Historias prohibidas aseverando que su pesquisa crítica los conducía a la maestra y poeta, aun si no citaban el documento original.  Se me aseguró que pronto resolverían la duda al enviarme la fuente primaria, la cual todavía estoy a la espera de recibir luego de varios meses.  Acaso se trataría de un nuevo silencio.  Igualmente me sucedió con las fuentes de datos y fundaciones mistralianas que encontré en la red.  Ninguna accedió a mi solicitud de información. 

La revisión de la bibliografía de la poeta me produjo una nueva sorpresa.  No había mención alguna del testimonio de Pulgarcito en sus ensayos sobre Centroamérica, ni en sus poemas que leía a vuelo de pájaro en busca del oro filosofal.  Me percaté, sin embargo, que pese a la amistad que Mistral profesaba por Claudia Lars nunca había escrito nada sobre su obra, mientras honraba la de Salarrué en el mismo Repertorio Americano luego de su visita al país, y existía inédito en su archivo personal otro elogio crítico del cuentista salvadoreño. (9) 

**

Por fortuna, me disponía a visitar El Salvador por un par de semanas, tiempo suficiente para consultar los periódicos que de 1931 se conservaran en la Biblioteca Nacional y en la del Museo de Antropología.  En la primera encontré el Diario Del Salvador (véase: Ilustración II), El Tiempo, La Prensa y Diario Latino, mientras en la segunda se hallaba El Día. (10)  Aun si la presencia de Mistral aparecía en primera plana cada día de sus dos semanas de visita, no descubría rastro de la famosa frase.               

Ilustración II

Al conversar con Manlio Argueta, Director de la Biblioteca Nacional, me sugirió que tal vez el flamante título del país expusiera un puro invento, semejante a la frase que el historiador Jorge Arias Gómez le atribuyó al legendario Farabundo Martí —“si la historia no puede escribirse con la pluma, se escribe con el rifle”— pero que nadie localizaba discurso ni documento original que la enmarcaran.  De nuevo, intuía que una conciencia tardía sustituía hechos y decires pretéritos. 

La interminable búsqueda se prestaba a una incitante digresión que del flamante título “Pulgarcito” me conducía al silencio sobre la revuelta y matanza de 1932.  Ambas temáticas surgían simultáneamente y se entrecruzaban en las fuentes.  Transcribía cómo hacían eclosión las más variadas posiciones políticas de izquierda —anti-imperialismo, indigenismo y sandinismo— para conjugarse con su contrapartida de derecha. 

Con dedos ennegrecidos y sucios, en los periódicos de 1931 encontré la vindicación que Mistral hacía de lo indígena.  En los albores de 1932, su defensa indigenista la secundaban Francisco Gavidia, la Universidad Nacional, la Asociación de Estudiantes Universitarios y otros intelectuales que la recibían con honores (María de Baratta, Miguel Ángel Espino, Pedro Geoffroy Rivas, Gilberto González y Contreras, etc.), sin advertir que al mismo tiempo había alzamientos en comunidades al occidente del país y la Virgen del Adelantado incitaba a la revuelta. (11)

En la Universidad Nacional (27/septiembre/1931), el discurso “Origen indoamericano y sus derivados étnicos y sociales” lo aplaudieron autoridades gubernamentales, estudiantes y los mismos escritores que luego se convirtieron en portavoces de 1932.  A los asistentes los convenció el proyecto mistraliano de revelar la mitad ignorada de nuestra “curiosa raza” que yacía oculta desde la conquista: la “indígena”. (12) “Velada[s] a la Mistral” —como “la ofrecida en la Escuela Froebel” que clausuraba con «“Sentimiento pipil” cantado por la señorita Josefina Interiano»— exponían el hondo compromiso del indigenismo salvadoreño cuyo “esencialismo” se prolongaría hacia octubre de 1932: “los indios son los dueños naturales de estas tierras” aún sin apelativo pulgar. (13)

Gobierno y Universidad mantenían políticas de rescate y promoción de la cultura de la región de los Izalco que se prolongarían por años en agendas intelectuales —“una patria donde el pobre indio irredento hasta hoy, (ob)tenga” un Minimum vital (Radiodifusora Nacional, 24/octubre/1933)— y en revistas oficiales. (14)  Si la revuelta de 1932 no se reducía a su dimensión “étnica”, en crasa paradoja, el silencio estatal y el de los escritores vindicaba ese arraigo local en el occidente de un país sin topónimo poético. (15)  Durante las dos semanas de la estadía de Mistral, el indigenismo en pleno lo explayaban poesía, prosa, baile, música y arte en su honor.  La presencia activa de ese ideario se convertiría en política cultural de “lo nuestro” frente a toda ideología social extraña. (16)

Hacía menos de un año (18/noviembre/1930), al exaltar al mexicano José Vasconcelos, el poeta y funcionario Julio Enrique Ávila había predicho que sólo un “espíritu eminentemente popular y democrático” podría “redimir al indio” e “impulsar el arte autóctono” por un saber pos-racionalista en el cual “conocer es más que inteligir” (véase: Ilustración III). (17)  Esta redención cultural la pondría en marcha la labor conjunta de estudiantes, docentes y gobierno.  Desde la “Radiodifusora Nacional” y ”Universidad” (1933-1935), la agenda de “liberación de la mujer proletaria”, del “indio” y conversión del Alma Mater en “casa del pueblo, casa democrática” —abierta a “clases trabajadoras”— cobraría forma ideológica durante el martinato. (18)                       

Ilustración III

Una suerte semejante, giro hacia la derecha, correrían las enseñanzas anti-imperialistas de la Alianza Popular Revolucionaria (APRA), tras la breve presencia de Víctor Haya de la Torre (julio-septiembre/1928) y Esteban Pavletich en el país (julio/1928). (19)  Tal cual lo declaraba el apoyo del costarricense Octavio Jiménez Alpízar al golpe de estado del General Maximiliano Hernández Martínez, este gesto enérgico pondría fin al “tutelaje del amo yanqui” en el futuro “Pulgarcito”. (20)  

En aulas y círculos poéticos, se había colmado todo abismo de silencio mohoso que distanciaba indigenismo universitario —conferencias sobre “folklore indígena de la región de Izalco”— de regiones afectadas por eventos a venir (1932). (21)  No se percibía que hubiese lagunas de separación entre intelectual y sociedad en un país sin mote literario que respaldara su nombradía.  El estudio de “las costumbres de nuestros aborígenes” demostraba que “la Universidad no debe ser aristocrática divorciada completamente del pueblo” motivando a que “los estudiantes se pregunten que han hecho por este sufrido pueblo salvadoreño”. (22)

Por este estrecho enlace oficial con el pueblo salvadoreño, para la conciencia literaria latinoamericana, “el mar” omnipresente de Sandino ardía en “sal como un grano pegado a la comisura”, mientras 1932 se ocultaba “tirado fuera del almud de la patria” grande. (23)  El vendaval huracanado de esa fecha clave —“como “el Norte”, viento que sopla por ciudades, pueblos y cantones en diciembre, el movimiento se dispersó por la región en 1930 y 1931”— no conmovió la conciencia intelectual que presenciaba ese auge desmedido. (24)  Las cadencias que visualizaban hechos no los calificarían de igual manera al situarse adyacentes a su vivencia, que al observarlos distantes en la extrañeza.  Con desafecto objetivo, casi sólo la lejanía refería la hecatombe olvidando la manera en que sandinismo, anti-imperialismo e indigenismo latinoamericanos revertían su orientación política en suelo salvadoreño. 

La cita más cercana al canónico “Pulgarcito” rezaba “en El Salvador se ha hecho en un mínimo de territorio un maximum de trabajo”, aun si no figuraba “entre los países pequeños, pero musculados”. (25)  No obstante, la mayoría de personas que consultaba me aseguraba la autoría de la chilena remitiéndome a fuentes dispares que rebuscaba con mayor ahínco y leía infructuosamente.  De nuevo, ya sonaba a estribillo sin sentido, se me imponía el silencio o, acaso, la conciencia tardía de la experiencia que la poeta laureada y sus anfitriones habían vivido en el país.  Hacía constar una distancia entre vivencia y palabra. 

***

También en San Salvador, conseguí el artículo que Claudia Lars escribió sobre su amistad con Mistral. (26)  Su elogio de la poeta sureña reiteraba el silencio de la tan citada frase.  La contextura plástica que a Lars le impresionaba de la chilena cayó en olvido de la conciencia histórica nacional.  “Estampas de piedra y fuego, llamó a estas breves páginas que tienen pequeños rincones húmedos y aromados: los cafetales.  Nadie hasta hoy, entre nosotros, ha ofrecido en el campo de las letras algo más vivo y hermosamente terrible sobre nuestro reino de Plutón”, concluía la reseña larsiana. 

De nuevo, vislumbraba desfases entre la percepción de quienes conocieron a Mistral —historia como vivencia— y nuestra conciencia tardía, historia como reconstrucción.  La sublime “sensibilidad del paisaje” no establecía vínculo alguno entre “el derecho [indígena] a un suelo que es suyo por ley natural” y los eventos de 1932 acaecidos en “el pequeño país […] labrado como una joya por sus volcanes [en] Génesis continuado y que no se cierra [por el permanente] reino del fuego”. (27)  En la chilena y su generación, el adagio pulgar también se revestía de ausencia.

Su ideal de democracia con libertad, es decir, su ideal anti-comunista” modulaba todo juicio mistraliano y el del círculo salvadoreño que la recibió con gala. (28)  A diferencia de la propuesta para “el pueblo araucano” nadie entreveía el enlace entre “este año de 1932, cuando mis discos me lo [= acento araucano] han traído a Europa a conmoverme […] de remordimiento” y “el despojo [izalqueño] de su tierra”. (29)  Entre quienes acogieron a Mistral con honores tampoco aparecía la máxima canónica.  La desconocían o les resultaba irrelevante. 

Anteriormente, por una antología chilena, un escrito de Trigueros de León me había advertido que los poetas que presenciaron la llegada de Mistral al país ignoraban el sobrenombre literario de El Salvador, a la vez que se conmovían ante “la plasticidad” de su prosa como una de “las más originales de América”. (30)  Al igual que en Lars, posiciones que al presente calificaríamos de silencio —eventos acallados de 1932 en Mistral— nuestros antecesores las elogiaban como verdadera revelación y hallazgo.  “El Salvador debe agradecerle a quien supo descubrir sus más apretados secretos”. (31)

El sufrimiento martirial de la poeta —“Cristo de carnes desgajadas y hendidas”— superaba toda tragedia local que jamás emergía en la elipsis poética de una generación. (32)  Esta misma vena sacrificial —de exclusivo corte individual y lírico— la exponía Alicia Lardé de Venturino en su poema “A Gabriela Mistral” sin referencia alguna a lo político: “mujer divina del corazón sangrante”. (33)  Todos ellos plasmaban exigencias de una época que aún no cernimos a cabalidad: una cristología poética. 

El lapso entre juicio pretérito y presente no podría ser más vasto ni flagrante, ya que pasado y actualidad se definirían por sensibilidades en riña.  Si nuestros antecesores exigían fundar una geografía poética como cimiento de literatura nacional, al presente sólo nos interesaría la política.  Quizás obtendríamos mayor conciencia social, pero se extraviaría toda relación ecológica, mito-poética con el mundo.  Según actitudes clásicas, la conciencia social contemporánea carecería de subjetividad lírica, ya que imaginaba una historia sin espacio-tiempo.  El siglo XXI “pasa inadvertido ante la majestuosidad de nuestros volcanes, ante la belleza de nuestros lagos y ante la diafanidad de nuestro suelo”, me enseñó un libro que posteriormente confirmaría mi sospecha sobre la falta de autoría mistraliana. (34)

En su “apatía por lo nuestro”, sólo un orgullo posmoderno argumentaría entender hechos que antecesores ignoraron.  Quizás…

 III.  Hallazgo

Al cabo, la persona que me condujo al hallazgo definitivo fue Carlos Cañas Dinarte, a quien tuve la oportunidad de visitar la noche anterior de mi regreso a Aztlán.  Hablamos de temas diversos —él se interesaba en mapas antiguos; yo, en otro silencio, literatura náhuat— mientras compartíamos un café espeso y aromático, no muy distinto del que saboreaba Mistral al concluir su escrito sobre El Salvador. 

Si este deleite había fascinado al primer premio nobel latinoamericano de literatura, simple escribano en pena de Comala, yo podía permitirme también momentos similares de júbilo ante el “néctar negro”.  Su “intensidad viril” y “excitación femenina” infundían experiencias de “las finas oscuridades de lo bajo, donde ramilletes” de historia olvidada “rojea[ba]n” sin que nadie se percatara de “su ardentía confesada en el verde austero”. (35)

Cañas Dinarte me aseguró tener copia del documento original con la frase canónica, repetida hasta el cansancio “bajo la desinteligencia de Centro América”. (36)  La letanía no le correspondía a Mistral sino a un poeta e intelectual salvadoreño olvidado de la primera mitad del siglo veinte: Julio Enrique Ávila (1892-1968), la misma persona que había recibido a Mistral y Vasconcelos en la Universidad Nacional en su exaltación conjunta del indigenismo. 

De ser así, Dalton demostraba su amplio conocimiento de la historiografía literaria nacional, a la vez que confesaba que un libre arbitrio antojadizo guiaba su reescritura de la historia oficial.  Había que tergiversar clásicos, ante todo, los de “la América casi doméstica, que es la Central”. (37)  O, quedaría abierta otra hipótesis, Dalton recibió la máxima de rumores públicos, anteriores a él, sin mayor rigor historiográfico. 

No lo sabía a ciencia cierta, pero un juicio roqueano indirecto levantaba toda sospecha. (38)  El poeta comprometido percibía a su antecesor como “burgués”, como aquel “burgués” cuya agenda poética había introducido el vanguardismo (1913), a la chilena Mistral en la Universidad Nacional (1931), y cuyo ideario político había presentado a Vasconcelos y el indigenismo mexicano (1930), todo ello en pleno suelo salvadoreño.  A lo mejor, Dalton intuyó la manera en que por magia de transmutaciones antes referida, su antecesor y allegados habían convertido posiciones radicales de izquierda —sandinismo, anti-imperialismo e indigenismo— en defensa nacionalista contra 1932.  Este sentimiento de seguro lo corroía sin cese. 

Al día siguiente, lo primero que hice al llegar a casa fue consultar las historiografías canónicas de la literatura salvadoreña que tenía a mano.  Todas anotaban la existencia de un corto escrito intitulado “El Pulgarcito de América” —más correctamente, “El Salvador, Pulgarcito de América”— pero no asentaban fecha exacta de edición ni mencionaban la fuente en la cual aparecía publicado.  He aquí lo que referían sobre el autor y su obra del “trópico” como “medida cabal de la riqueza terrestre” siempre soterrada. (39)

“Hubo un Adelantado.  Ya en Francia había tomado alientos el cubismo […] en avance de vanguardia […] Julio Enrique Ávila lo hacía aquí […] destrozó métricas y matrices […] así empieza en El Salvador la Vanguardia en el año de 1913”. (40)

“Si no pudo liberarse Julio Enrique Ávila (N 1892) de la consonancia, fue uno de los primeros que en América elaboraron poesía amétrica, haciendo de lado la estructura modernista […] El Pulgarcito de América, su patria, condensación de afecto y realidad”. (41)

“Julio Enrique Ávila […] El Pulgarcito de América”. (42)

“Julio Enrique Ávila (1892-1968) […] “El Pulgarcito de América” (opúsculo patriótico)”. (43)

Las cuatro fuentes verificaban la sospecha que Cañas Dinarte me había insinuado, la misma que intuía Argueta sin conocimiento de causa, pero con instinto de escritor.  Resultaba imposible demostrar la autoría de Mistral con documentos primarios.  O de encontrar una obra de la chilena, la vanguardia de Ávila ofrecería una intermediación nacional olvidada, pero ineludible. 

Por casualidad, días después encontré una referencia más cercana al círculo poético en el cual se movía Dalton.  En Hoja, publicación de la propia generación comprometida, Italo López Vallecillos remataba el indicio de una autoría irreconocida.  La persona que inventó el apelativo de su generación le rendía “homenaje a Julio Enrique Ávila”, con quien “una larga amistad espiritual me une” por su precoz vanguardismo poético (véase: Ilustración IV). (44)

                      

Ilustración IV

                                  

En su Suplemento, esta misma revista transcribía una carta personal de Otto René Castillo a Roque Dalton (24 y 21) y una vindicación de Aquino escrita por Jorge Arias Gómez (1-11). Si “con el versolibrismo de Julio Enrique Ávila se inicia[ba]n en El Salvador las distintas modalidades de las escuelas de vanguardia”, acaso este reconocimiento generalizado causaba un hondo escozor —¿angustia de influencia?— en quienes tardíamente se reclamarían de tal tendencia. (45)  Paulatinamente, se levantaba la sospecha que Dalton desconociera la obra de Ávila (véase: Ilustración V).

                        

Ilustración V

 

**

La crítica actual, esfera académica que en EEUU se llamaba estudios culturales, operaba como historia sin historiografía.  Los antropólogos rematarían arguyendo que los estudios culturales se definirían como antropología sin trabajo de campo.  No había búsqueda del dato pretérito directo ni vivencia de los hechos. 

En cambio, la investigación crítica censuraba toda pesquisa del documento primario para sustituir el pasado por la ilusión política del presente.  Tal cual lo prescribía Salarrué,  “el inmenso número de errores [históricos] existentes bastan para comprender la necesidad de una rectificación seria que [no la modificarían sólo teorías en boga sino] la formación” de una historia fundada en el campo y archivos nacionales. (46)

Por años, todos repetíamos —debía incluirme en el error—  una autoría única equivocada y confundíamos canjes arbitrarios, ficciones deliberadas, con hechos reales.  Esta ausencia murmuraba un “tropicalismo literario” como “palabra que hemos manchado” a falta de rigor historiográfico. (47)  En su embrollo se mezclaba el panegírico —“el cielo tropical [que] es absoluto, de un absoluto teológico”— con la crítica cultural. (48)

***

Posteriormente, en uno de esos ratos de ocio en que solía aburrirme en la oficina, revisé un tomo de Cypactly.  Revista de Variedades que dirigía Carlos Martínez Molina con una asiduidad bastante extraña para la historia cultural del país (1931-1952).  En el número ciento cuarenta (140), correspondiente al noveno año (IX) de su publicación, se me volvió a deparar la sorpresa del hallazgo (“Agosto 25 de 1939”).  El escrito de Ávila databa de siete años antes de la versión que aparecía en la revista Centro América Ilustrada, a la vez que el ensayo demostraba su presencia reiterada en publicaciones nacionales.  En esta revista, en su “Loa a Gabriela Mistral”, el mismo Ávila en absoluto aludía a la frase canónica de su propia factura.  “Tú [quien] no rehúyes los maderos para tu crucifixión, por luminosos, por dulces” siempre desconocerás lo que, en su compromiso, el futuro inventará de “ti”. (49)

La historia literaria salvadoreña ofrecía al menos dos referencias explícitas a la frase canónica cuyo verdadero autor yacía en el máximo olvido.  En un país “mestizo”, anticipando “voz de los sin voz”, la publicación del opúsculo en Cypactly se acompañaba de una ilustración que retrataba a una mujer con rasgos africanos bastante definidos, como si la invención del seudónimo poético nacional se presupusiera exaltar etnias acalladas desde entonces (véase: ilustración VI y VII).  Los primeros números de esta revista me confirmaban que, durante su visita al país, Mistral ignoraba el término consagrado que el futuro le atribuiría.  La reseña de su breve estadía en absoluto refería el famoso epígrafe de Historias prohibidas. (50)                         

Ilustración VI

                                                             

Ilustración VII

                                    

Me bastó seguir desempolvando libros en mi desordenada biblioteca para advertir que el escrito de Ávila se había reproducido por años hasta el cansancio.  Hojeaba la novena (IX) edición de Lecturas nacionales de El Salvador de Saúl Flores, la cual se iniciaba con el texto olvidado. (51)  Como cuentista y “poeta lírico” influyente, Ávila aparecía también en Antología del cuento centroamericano de Hugo Lindo (Ed.) y Cuzcatlán.  Libro de lecturas nacionales de Francisco Espinosa (Ed.), quien lo consideraba uno de “los poetas de mayor nombradía”. (52) 

Al ignorar las reiteradas ediciones de la antología de Flores, se repudiaba el saber elemental que cualquier estudiante salvadoreño de secundaria poseía de la literatura nacional hacia mediados del siglo XX.  Por desgracia, mucho más hemos olvidado y ansiamos olvidar en nombre de una memoria que siempre lleva a cuestas y oculto a su antónimo complementario, el olvido.  Sea que lo acuñara Ávila o Mistral, ya no me quedaba duda que el primero había popularizado el término en la conciencia literaria nacional de la primera mitad del siglo pasado.  En aquel “sentimiento nacional” regionalista que la vanguardia comprometida extirparía para acceder a la (pos)modernidad revolucionaria, la difusión escolar de la frase canónica inculcaba “un panorama de nuestro suelo” que jamás agotaría una historia abstraída de su entorno geográfico.  La historia se alzaba entre olvido y tachadura.

Semanas después llegó a mis manos una lectura fulminante que me causó escalofrío.  Uno de los primeros críticos de la literatura del istmo, Alfonso María Landarech, lo desdeñaba la práctica reciente de los estudios culturales centroamericanos. (53)  A quien Dalton mismo honraba como profesor insigne en sus años mozos, incluía un extenso capítulo dedicado a Ávila. (54)  A veinte años que Landarech declarase “¿y quién no conoce aquí a Julio Enrique?  Figura prócer […] poeta de verso amplio, muy alegórico y original”, en sentido católico-marxiano, Dalton confesaba “acepto que mi poesía no es ya la de antes, la que gustaba tanto al Padre Landarech.  El bueno de Tapón insistía en convencer a todo el mundo de que su querida oveja negra era el poeta lírico más importante de la literatura nacional.  Esto le ganó el odio de Hugo Lindo y de otros poetas católicos”. (55) 

Por siempre dudaría que Dalton desconociera el sentir estético de su propio profesor, quien apuntaba como “próximo a publicarse: El Pulgarcito de América” de Ávila e incluía una larga página que transcribí en los anexos como juicio de la obra en cuestión. (56)  Sin embargo, esta ignorancia de los predecesores directos de Dalton caracterizaba la crítica de su obra a casi treinta y cinco años de su trágica muerte.  Habríamos de olvidar lo que en el pasado “ha hecho época” para afirmarnos en un presente original y posmoderno. 

El verdadero sentido de este olvido me llegó directamente de Santa Ana.  Desde esos cafetales inverosímiles en páramos templados, fieles a la causa, antiguos alumnos me aconsejaban consultar Estudios históricos. (57)  En epígrafe, el prólogo de Manuel Castro Ramírez anunciaba que “todos nacimos medio muertos” no sólo “en 1932.  (58)  Este fallecimiento nacional se repetía décadas después por el desdén de toda historiografía.  “Los pueblos se enlazan con la muerte el día en que se divorcian de su historia” e ignoran a sus  antecesores literarios primarios. (59) 

Luego de reseñar “origen de la Universidad”, al igual que valorar independencia patria y sus próceres, la recopilación concluía con “El Salvador, Pulgarcito de América” de Julio Enrique Ávila. (60)  Su omisión actual la anticipaba el mismo Castro Ramírez al afirmar que “El Salvador […] ha carecido de una verdadera obra histórica […] inspirada en el sentido de la crítica [ya que] sin documentos y sin tradición no puede surgir la historia” (61)  No sería exceso de rigor reclamar “que hagamos historia con documentos” más que con “arte imaginativo”, aun si la actualidad se negara a esa labor historiográfica de recolección del pasado. (62)  Se juzgaba pretérito por presente y la bibliografía nacional de la primera mitad del siglo veinte quedaría oculta para que la fantasía reemplazara el análisis.  Seguiríamos por años “enlazados con la muerte”…

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Los libros, aun los reportes políticos son la ficción [para] tender[le] trampas verbales al interlocutor [, lector y crítico].  RD (63)

Argumentaría que existía en Dalton una clara conciencia que hacía de la historia ficción.  Por juego borgeano de espejos, los antónimos se intercambiarían volcando hechos en invenciones y viceversa.  Los opuestos se diluían en una totalidad narrativa cuyo encanto y seducción sobrepasaban cualquier exigencia de adecuación a la realidad.  He aquí citada la obligación roqueana de alterar documentos originales por espurios en aras de su objetivo último.  El diseño político y poético del autor dictaba la concordancia entre archivo y hecho. 

“Los textos reproducidos a lo largo del libro han sido extraídos de las siguientes fuentes […] fuera de los textos y poemas originales tres han sido modificados para lograr los efectos perseguidos por el autor y dos textos aparentemente extraídos de otras publicaciones son apócrifos, escritos también originalmente por el autor.  Corresponde al lector descubrirlos”. (64)

Hasta el momento, no existían hipótesis válidas que identificaran los cinco textos falsificados que el autor mismo señalaba como tarea inmediata de un lector con mirada aguda, ni tampoco abundaban estudios que revelasen cada una de las fuentes historiográficas reales que componían el collage de Historias prohibidas en su conjunto.  Ante nuevos silencios se me imponía “descubrir” originales sin alteraciones arbitrarias para reclamar autorías que el mismo Dalton sugería rastrear al final de su “Pulgarcito”.  Sus lectores contemporáneos nos negábamos a indagarlas, pensando que teorías críticas y culturales reemplazarían exigencias historiográficas. 

Pero “el intelectual —el verdadero intelectual, porque el otro es un farsante debe oponerse a los prejuicios, a los dogmatismos, vengan estos de la izquierda o de la derecha […] el intelectual que necesitamos en Centro América es aquel que no renuncia a la obligación permanente de pensar y producir ideas […] es por naturaleza un inconforme […] porque viviendo en un mundo en crisis, debe tratar de resolver [los mitos y] problemas de la sociedad en que vive”. (65)  Así juzgaba la generación comprometida su difícil labor de crítica ante un medio social que mitificaba la historia y acallaba hechos.

Para revertir el silencio en boga, el lector encontrará en los “Anexos” el texto original de Julio Enrique Ávila titulado “El Salvador, Pulgarcito de América” publicado en 1938/9 y 1946 (véase: Ilustración VIII).  Asimismo se reproduce un poema del escritor alemán Hans Magnus Enzensberger intitulado “hotel fraternité” (1972), el cual ofrece idéntica estructura que el reconocido “Poema de amor”.   Su versión española la elabora un colega cubano de Dalton, Heberto Padilla, a quien en su “conferencia de prensa” “Roberto” considera «“uno de los cuatro grandes” de la poesía cubana» (66).                

Ilustración VIII

 

Si el primer texto aclara la autoría del título —salvo que algún estudioso rescate un documento soterrado de Mistral— el segundo revela la manera en que un poema celebrado por definir “lo nuestro” proviene de una reescritura de lo ajeno; deriva de una “poesía” para quienes “no leen “poesía”.  Las referencias declararían homenajes encubiertos a autores sin nombre en la bibliografía de la obra roqueana.  Siempre se trabajaría en silencio; pero el silencio previo sobre la historia social lo reemplazaría el ocultamiento actual de la historiografía literaria. 

A la semejanza formal de los poemas de Enzensberger y Dalton, se agregaría la analogía en el diseño liberador del autor de Historias prohibidas con su antecesor acallado, doblemente borrado: Julio Enrique Ávila = Gabriela Mistral.  De conocer el escrito “burgués”, Dalton no sólo calcó el título y tachó el nombre del verdadero ensayista, poeta conservador, defensor indirecto de regímenes que él mismo impugnaba.  A la vez, el esquema libertador global de la obra lo encontraba esbozado en ciernes en Ávila: “amor invencible por su libertad”.  Ávila sugería un “clima de efusión” y “abundancia” que situaba “la soberana naturaleza de América al [centro] de nuestra literatura”, según la exigencia mistraliana. (67)

Derecha e izquierda políticas no se distinguirían por su objetivo explícito último, como por los medios que utilizarían para lograrlo.  En Ávila se trataba de los gobiernos civiles y luego militares de la primera mitad del siglo XX, con afanes de democracia electoral; en Dalton, de la lealtad al Partido Comunista Salvadoreño, primero, y a la guerra de guerrillas, en seguida. 

No obstante, esta distinción drástica se resolvía en la identidad de posiciones políticas contrapuestas que en conjunto imaginaban la historia salvadoreña como gesta heroica de un pueblo escogido en marcha severa hacia la conquista de su libertad, hacia el ideal de su verdadero nombre: “Salvador”.  Para un mismo fin utópico —liberación nacional— se cotejaban medios divergentes que implementarían su inevitable arribo: apoyo a los gobiernos en curso o democracia electoral vs. oposición política radical y armada. 

En modesta hipótesis, recalcaría la magnitud suprema del siguiente par de párrafos en el opúsculo de Ávila, ya que sus líneas esbozarían el diseño global de Historias prohibidas como lucha constante de un pueblo hacia su liberación nacional por venir.  Por común acuerdo, en derecha e izquierda, la epopeya salvadoreña se iniciaría con la exaltación de la defensa indígena de un territorio asediado por invasores extranjeros con distinto apelativo actual: comunismo internacional en unos, imperialismo estadounidense en otros. (68)  Pero los contrarios se reunirían en su clamor unánime a altavoz por “los pueblos oprimidos” y “rebeldes” desde la invasión original de Pedro de Alvarado (1524). (69)

“Patria que desde su primer aliento de vida, desde su primer grito de independencia, se ha caracterizado por dos virtudes: primero, un amor invencible por su libertad; y segundo, una protesta viva y eterna a favor de los pueblos oprimidos.  En estos dos aspectos está encerrada toda su historia, desde la conquista hasta nuestros días. 

En la conquista del viejo reino de Cuscatlán —hoy El Salvador—, fue herido y derrotado por primera vez el valiente Capitán Don Pedro de Alvarado; y su cacique simbólico Atlacatl, murió de tristeza en sus montañas, sin someterse al conquistador; y fue un noble varón salvadoreño, José Simeón Cañas, quien logró en la América Central la redención de los Esclavos.  Y así hasta hoy”.  (Ávila)

Por ello, me preguntaría si cualquier escritor poseería los mismos derechos que se adjudicaba Dalton al “modificar” autores y documentos originales —prosiguiendo una práctica literaria bastante borgeana— o si este privilegio se lo reservaría a los elegidos.  De admitir que alteraciones ficticias nos pertenecerían a todos, al más común de los mortales, tal vez en breve leeremos textos espurios que falsifiquen a su arbitrio el legado roqueano, de igual manera que él tergiversó a sus antecesores. 

Ser roqueano a cabalidad significaría fidelidad a los procedimientos antojadizos, a la ficcionalización de quien se reconoce como maestro.  Por ejemplo, si con potestad oficial de Sub-Secretario de Instrucción Pública, Ávila formaba parte del cortejo que “en las primeras horas de la mañana de ayer” recibió a la maestra a su “arribo a playas salvadoreñas”, en un instante a solas, el escritor le musitó el honroso estribillo —“Bienvenida Gabriela a El Salvador, el Pulgarcito de América”— a la vez que le declamaba fragmentos selectos de sus escritos. (70)

Luego ella lo repetiría sin citar a su inventor original, creando el mito que tanto nos embargaría hasta el presente.  El mismo adagio Ávila lo había insinuado ya antes del “Discurso pronunciado en la recepción la Ldo. José Vasconcelos” en la Universidad de El Salvador, afirmando una “santa” utopía de “poetas” e “iluminados” que, al “desmaterializarse”, formarían una “raza cósmica” que “no tiene cuerpo”. (71)

O quizás, seguía dudando Dalton jamás leyó a Ávila —como si fuese posible para un escolar desconocer Lecturas nacionales y a su propio maestro de literatura que lo encaminó a la gloria— de manera que las coincidencias esbozadas sugerían una simple unión política de los opuestos.  Quizás… 

Pero, de encontrar un documento mistraliano originario, esta implacable ley alquímica de la coincidencia oppositorum jamás ocultaría el giro histórico-nacionalista que Ávila le concedió al nombre literario del país, tal cual lo recitaron miles de estudiantes que leyeron las “lecturas nacional” de Saúl Flores por años y tal cual el propio Dalton lo recibió de su profesor de literatura, “el bueno de Tapón”.  El escrito aviliano nos ofrecería un eslabón perdido (1938/9-1946), una continuidad acallada sin la cual no existiría ruptura, vía de acceso hacia una revelación: las Historias prohibidas del Pulgarcito (1974).

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No obstante, esta continuidad entre maestro y alumno aparecía siempre encubierta por insulto y blasfemia como manera vanguardista de realizar una crítica literaria de ruptura, ahora recusada para mayor gloria del poeta que la ejercía.  Su mayor ejemplo lo transcribía el capítulo central de Pobrecito poeta que era yo… —“III.  Todos.  El party”— el cual Dalton añadió luego de 1964 a su novela original Los poetas. (72)  A reverencia y seriedad de los estudios culturales en vigor —en medida estricta de su vanguardia poética— el escritor oponía irrespeto hacia los clásicos y desacralización por la injuria. 

El tacto riguroso y actual por la personalidad insigne del poeta guerrillero la sustituía un doble gesto sacrílego y obsceno.  En primer lugar, en su festividad de palabras, “todos” los escritores comprometidos hacían tabula rasa del pasado.  Como temática recurrente de “el party” se repetía la ausencia de toda tradición literaria y de modelo poético a imitar.  “Que se vayan mucho al infierno todos los gerifaltes de las generaciones anteriores a nosotros”; “nuestro problema es que no tenemos maestros, guías de juventud”; ¿a imagen y semejanza de quien voy a  convertirme en un poeta comunista?”; “nuestra tradición cultural es la cagada”; “somos nosotros solitos quienes tendremos que hacerlo todo”. (73)  La idea misma de ruptura reclamaba la inexistencia del legado literario nacional. 

En segundo lugar, al afirmar que “gran artista será […] quien pueda [inventar] un pasado”, Dalton ultrajaba a todo antecesor que se sospechara había influido en la composición de sus escritos.  Entre las afrentas más relevantes, recitaría las siguientes.  Jorge Luis Borges (en la “infamia”), Francisco Gavidia (“viejito loco […] pelo de indio […] que caíste en un país de tontos a tu medida”), Pedro Geoffroy Rivas (“en mierda […] bañándose”), Claudia Lars (“vieja loca con aspecto de piano encostalado […] última vetarra”), Alberto Masferrer (“Viejuemierda” con similares “cultos homosexuales” a los “de Relaciones Exteriores”), Pablo Neruda (“soñoliento”), Nuncio Apostólico (“verguiemos al Nuncio […] nos vamos a hacer famosos”), Consuelito de Saint-Exupery (“cuerito salvadoreño más cosmopolita y culto”), etc. (74) 

Según requisitos autobiográficos de su generación, Dalton juzgaría las injurias precedentes como disfraz que denunciaba su verdadera identidad disimulada, más que verdad en sí: “puteada introductoria, terapia de emergencia del salvadoreño medio, punto de apoyo, máscara”. (75)  Había que ocultar toda influencia literaria para asegurarse que el futuro lo juzgaría según cánones de ruptura.  Pero, él mismo aseguraría, “¿qué es un escritor? [sino] un ladrón [de significados ajenos] (traductor: traidor) de formas elaboradas por otros”. (76) 

En diálogo conflictivo con los clásicos, ¿qué sería de una ruptura si no ocultara toda continuidad con sus antecesores por el insulto o la tachadura?  Por ejemplo, al contradecir a Gavidia, los versos indigenistas roqueanos del poema “Al maíz” —“yo no creo en la leyenda de tu origen/si fueras sólo sangre de tapir/si sólo sangre de serpiente fueras”— admitían su fuente primaria inmediata por siempre acallada: “en la preparación del maíz entró la sangre del tapir y de la serpiente”. (77)  Insulto y negación aclararían una ley reactiva de la poética roqueana según la cual « “en El Salvador toda obra de arte se produce contra algo o contra alguien”». (78)  Antes de conversar con el indígena en sí, el indigenismo de Dalton perjuraba de sus lecturas gavidianas lo cual, en su denegación, filtraba estéticamente su propio enfoque histórico. 

Sería previsible que la exigencia del ultraje se revirtiera contra la persona que forjó la frase clave que, en su estupor, tanto fascinaba a Dalton hasta popularizarla.  En efecto, la edición mecanografiada, ligeramente revisada de Historia prohibidas, incluía un epígrafe adicional que rezaba así: “…Y entre oraciones broncíneas labarosas, pendónicas, al Varón de Centroamérica, con fondo musical de esa inmortal idiotez llamada El Carbonero (“me cruzo por los valyados”, Santo Fuerte!), y entre aferramientos —conmovedores como un archipiélago recién bombardeado, no lo niego— a la creencia de que todo lo bueno viene en frascos chiquitos (el Pulgarcito de América, ay no, tú, carajo, no hay derecho de que esa vieja cerota nos haya ninguneado así por el camino del muchacho a quien consolamos diciendo “No, mijito qué va, vas a ser cabezón!”) vamos ostentando (llamando a piedad, cherito, a piedad que ha tenido que aguantarse la risa) esta terrible naturaleza de enanos con demasiada sangre…”. (79)

Si los seguidores de Dalton —los roqueros— jamás revertirán la insolencia grosera hacia su padre espiritual, esta negativa demostraría una crasa traición.  Se trataría de infidelidad a principios desacralizadores de una vanguardia que, paradójicamente, declararían obsoleta y difunta.  Al igual que la sustitución de originales por apócrifos, el agravio poseería un papel central dentro de la economía poética roqueana del cual, al presente, se alejarían todos sus presuntos seguidores.  Antes de la denuncia y de “toda revolución que vendrá”, «“en el principio existía el caos…”» el cual se traducía en “subversiones verbales” destructoras previas a toda utopía de justicia social. (80)

IV.  Paráfrasis final del manuscrito transferido de Cuzcatlán a Aztlán

Si la historia fue, la leyenda [de las Historias prohibidas] debería haber sido.  JEA (81)

En paráfrasis mistraliana, la historia ístmica la escribió “el fuego de ajorcas rápidas” que “robusto, frenético y fino” disolvió “las coyunturas ávidas” del pasado en “piedras amodorradas […] habla de ellas mismas” como presente comprometido que permanecerá sin lágrima por la pérdida. (82)  En la actualidad, este ardor disolvente que ignora huellas de lo ocurrido prosigue su reinado bajo el mando de una historia teórica sin historiografía.

Ciertamente, es posible que toda esta crónica resulte una sencilla elucubración mía sobre sustitución de originales por copias espurias.  Acaso el texto roquero legítimo no refleje escritos apócrifos que remitan a documentos desconocidos por críticos actuales: Ávila y su Pulgarcito.  No obstante, pese al intenso sol que agobia a quienes vivimos en el infinito desierto de Aztlán, con la humildad del polvo confieso lo siguiente. 

“No hay ejercicio intelectual que no sea finalmente inútil […] Es lícito ver en [las Historias prohibidas] una especie de palimpsesto, en el que deben traslucirse los rastros —Tenues pero no indescifrables— de la “previa” escritura de nuestro[s antecesores]” olvidados. (83)  Aún en omisiones y errores, esta crónica incita a trasvasar la teoría crítica de los estudios culturales hacia una historia salvadoreña más rigurosa en su labor historiográfica: doce ediciones de “El Salvador, el Pulgarcito de América”, nueve en la antología de Saúl Flores, una en Cypactly y otras dos en Estudios históricos y Centro América Ilustrada, al igual que reseña crítica de Landarech y otras menciones aledañas.

Hasta el presente no habría hipótesis serias sobre los cinco apócrifos que Dalton mismo anuncia como tales, ni cotejos severos entre los fragmentos del collage y sus fuentes documentales primarias.  Por ejemplo, las historias prohibidas se inician con un leit-motif de la literatura salvadoreña tal cual lo estipulan Gavidia y Ávila, entre otros. (84)  “Tiáhuit tzuntzunat (Canto náhuatl de la zona de Sonsonate)” calca a María de Baratta sin partitura, segundo cantar ni comentario de la autora. (85)  De ella, el poeta retoma la confusión generalizada entre “náhuatl” o lengua mexicana y náhuat o lengua pipil salvadoreña.  “1932 en 1972 (Homenaje a la mala memoria)” reescribe con asombrosa fidelidad una noticia partidaria de El Mundo, etc. (86)

Ante el vacío de una historia sin historiografía, mi espejismo actual no resulta del todo vano.  Su logro no lo mediría apego a una verdad teórica, sino búsqueda y restitución de un olvido.  De aquel olvido (lethe) que desde la antigüedad clásica hasta el presente se exhibe en antónimo de verdad (a-letheia).  “Pero por la verdad la bella”, desconozco quiénes se ofrendarían cada primavera en “muerte” crístico-pascual, marxista-guerrillera, ya que sin «“cordero mudo delante del que lo trasquila”» jamás habrá revolución… (87)

NOTAS

(1)   Tomo XXVII, No. 9, sábado 2/septiembre/1933.  Original no consultado: Santiago de Chile: El Mercurio, 29/mayo/1932.  Versión distinta: Revista El Salvador de la Junta Nacional de Turismo, No. 10, marzo/1937: 17-20 (English version) y 24-27 (versión castellana).  Véase: Ilustración I y Anexo I que coteja tres versiones distintas. 

(2)   “Sandino, contestación a una encuesta” (4/marzo/1928), “La pobre ceiba” (25/marzo/1928) y “La cacería de Sandino” (7/junio/1931), reproducidos en Mistral, Escritos políticos (Jaime Quezada (Ed.)), México, D. F.: FCE, 1994: 228-232, 233-236 y 237-239.

(3)   Juan Felipe Toruño, Boletín de la Biblioteca Nacional, No. 12-13, enero/1934: 55 (Tomado de Revista del Ateneo de El Salvador, Año. XX, Nos. 145, 1932: 101-105).  En el periodista nicaragüense Gustavo Alemán Bolaños se encarnaba el complejo conflicto que oponía sandinismo y anti-imperialismo, por una parte, a revuelta de 1932, por la otra.  Mientras le agradecía de “viva voz” al líder Farabundo Martí acompañar “al general Sandino en Las Segovias”, le reprochaba dirigir un alzamiento comunista, inspirado en ideología extraña, El Día, 1/febrero/1932.  El libro de Alemán Bolaños —Sandino.  Estudio completo del héroe de Las Segovias— se publicó en Guatemala (Imprenta La República, 1932), con “Ediciones simultáneas en México y Buenos Aires”.  En otro contemporáneo, Alberto Guerra Trigueros, se manifestaría la misma paradoja de apoyo simultáneo a Martínez (“ver por fin reconocido el gobierno del general Martínez, por los gobiernos de Nicaragua, Guatemala y Honduras (1934)”, Poesía versus arte, San Salvador: Dirección de Publicaciones, 1998: 25) y a Sandino (“En el aniversario de un muchacho”, Repertorio Americano, Tomo XXXIII, No. 6, 13/febrero/1937: 92.  Se acompañaba de una foto de “Somoza y Sandino”, al igual que de un recuadro “Calendario.  21 de Febrero: Muerte de Sandino”).

(4)   Cypactly.  Revista de Variedades, No. 13, marzo 20 de 1932: 17.  La defensa de Sandino se acompaña de su foto.  La breve glorificación confirmaría que esta generación entreveía vínculos estrechos entre “el defensor de la soberanía nacional de Nicaragua” y Martínez, el de la salvadoreña contra el comunismo.  Alemán Bolaños (Sandino, 1932: 78) planteaba existencia de enlaces indirectos por “notas enviadas [de Las Segovias al] ministro de relaciones exteriores de El Salvador [sin] reconocimiento por Estados Unidos”, las cuales se publicaron en Diario Latino.  Ambas posiciones políticas —sandinsimo y martinato— compartían su oposición nacionalista a toda ingerencia extranjera. 

(5)   Mistral, “Sandino: contestación a una encuesta” (4/marzo/1928), Escritos políticos, 1994: 231.

(6)   México D. F.: Siglo XXI Editores, 1974.  Véase: nota (67) sobre edición mecanografiada del mismo libro. 

(7)   Santiago de Chile: Cochrane, 1992.

(8)   La divina Gabriela, Santiago de Chile: Imprenta El Esfuerzo, 1933 y Pensamiento y forma en la prosa de Gabriela Mistral, San Juan: Universidad de Puerto Rico, 1989.

(9)   Repertorio Americano, Tomo XXIII, No. 15, 17/octubre/1931: 236 y “Recado sobre libros: un cuentista centroamericano”.  La Patria, 4/mayo/1935: s/p.  Archivo Gabriela Mistral en poder de Doris Dana, 169.  Gabriela Mistral, Vida y obra.  Santiago de Chile: Cochrane, 1992: 462.  Entrada bibliográfica 757.

(10)                       Diario Del Salvador , 23/septiembre/1931.

(11)                       “Explotando a los incautos campesinos”, La Prensa, 13/septiembre/1931 y “Suceso Sangriento cerca de Zaragoza”, Diario Del Salvador, 25/septiembre/1931 y El Día, 23/septiembre/1931, al igual que “En Panchimalco estaban organizándose los comunistas”, El Tiempo, 9/octubre/1931.  Durante los festejos a Mistral, la presencia de poetas que a posteriori denunciarían la matanza la documentaban El Día (23/septiembre/1931) para Pedro Geoffroy Rivas —cuyos poemas recitó Jacinto Castellanos junto a los de Francisco Gavidia y Alfredo Espino— y Virgilio Figueroa (La divina Gabriela, 1933: 234-242) para Gilberto González y Contreras, quien declamó su “Loa a Gabriela Mistral” en el Liceo Gabriela Mistral el 22/septiembre/1931.  Hacia la misma fecha, albores de 1932, una defensa americanista de la contra-revuelta, Gavidia la esbozaba en La formación de una filosofía propia, o sea latinoamericana (San Salvador: Talleres Gráficos Cisneros, 1931).

(12)                       Figueroa, La divina Gabriela, 1933: 239.

(13)                       El Día, 3/octubre/1931.  Ante el Presidente de la República y el Gral. José Tomás Calderón, la defensa del indígena a sus tierras ancestrales la realizó José M. Peralta en “Alocución” en el Ateneo de El Salvador el 12 de octubre de 1932, sin aludir a la revuelta (Revista del Ateneo, Año XX, No. 145, 1932: 18). 

(14)                       Raúl Andino, Seis conferencias, San Salvador: Biblioteca Nacional, 1937: 53 y Revista El Salvador, Órgano Oficial de la Junta Nacional de Turismo (1935-1939) que difundió en publicación bilingüe, español e inglés, el quehacer poético indigenista de una generación.

(15)                       J. L. Gould and A. Lauria-Santiago, “They Call Us Thieves”, Hispanic American Historical Review, 84.2, 2004: 195.  El pensamiento indigenista de Mistral lo difundió CypactlyRevista de Variedades —“El tipo del indio indoamericano” (Año. 2, noviembre 18 de 1932)— quizás como manera de orientar a las masas descarriadas hacia la obra estatal que fundaría una nueva nacionalidad.

(16)                       “20 % [de indígenas en el] empadronamiento total del país”, La República, Suplemento del Diario Oficial, 30/noviembre/1935, y ratificación del Instituto Indigenista Interamericano en 1942.

(17)                       El alma popular de nuestra Universidad, San Salvador: Biblioteca Universitaria, 1941: 6 y Discursos pronunciados en la recepción del Ldo. José Vasconcelos (18 de noviembre de 1930), San Salvador: Biblioteca Universitaria, 1930: 8 y 13 (Contiene: “Discurso de Presentación por el Dr. Julio Enrique Ávila, Secretario General de la Universidad (3-15)” y “Filosofía en la Universidad por el Licenciado don José Vasconcelos (17-27”).  Véase también: José Vasconcelos, “Con los jóvenes salvadoreños.  El empréstito es el emisario de la escuadra.  El eje del crédito está en el Estado no en el banquero”, Repertorio Americano, Tomo XXIII, No. 13, 10/octubre/1931: 211.  El mexicano declaró que “los empréstitos […] jamás fueron respetuosos ni colaboradores de nuestro bienestar”.  Ante “gran multitud [que] lo aclamaba”, la llegada de Vasconcelos el 15/noviembre/1930 la reportó El Día (11/noviembre/1930) por medio de “telegrama” que dirigió directamente “al poeta Julio Enrique Ávila […] de Tegucigalpa”.  Su posible salida la confirmaría el Diario del Salvador (25/noviembre/1930) que anunciaba la falta de “prohibición” de viajar a Guatemala.  El día siguiente impartía su “primera conferencia en Santa Ana” (El Día, 26/noviembre/1930).  Su temática anti-imperialista, indigenista, anti-comunista, por la educación popular y técnica la aplaudió una “enorme concurrencia” (Diario del Salvador, 19/noviembre/1930).

(18)                       Raúl Andino, Seis conferencias, 1937: 49, 53 y 68.

(19)                       Las fechas de Haya de la Torre en el país — del 30/julio-14/septiembre/1928— las deduciría del artículo de Richard Salisbury, “The Middle American Exile of Víctor Haya de la Torre” (The Americas, Vol. 40, No.1, 1983: 8-9) y de Jussi Pakkasvirta, “Víctor Haya de la Torre en Centroamérica” (http://www.helsinki.fi/hum/ibero/xaman/articulos/2000_05/pakkasvirta.html).  Durante su permanencia en El Salvador “lo recibió Alberto Masferrer” a quien Haya de la Torre juzgaba “figura gloriosa”, mientras Dalton lo tildaba de “viejuemierda” como si, antes de la fundación del Partido Comunista Salvadoreño (marzo/1930), lucha anti-imperialista  e izquierda local fuesen movimientos fútiles, desechables (Haya de la Torre, “San Salvador bajo la opresión (25/octubre/1928)”, Obras completas 2, Lima: Editorial Juan Mejía Baca, 1976: 154,  y Dalton, Historias prohibidas, 1974: 103).  El juicio despectivo contra APRA que se le atribuyó a Miguel Mármol —“no era aún la bacinica que fue después y sigue siendo” (Miguel Mármol, México, D. F..: Ediciones Cuicuilco, 1982: 145, inicio de capítulo IV, véase también: inicio de III sobre la Universidad Popular)— no reflejaría más testimonio que una opinión personal de Dalton, bastante tardía.  En el “Cuaderno de notas” (Cortesía de la familia), telegráficamente se asentaba: “Asisti a la Universidad Popular dependia de la Federacion regional: politicas antimp. sandinista voceadores famos de “El Martillo” org ofic. regional (9) lo voceaba y reporta en S. Salv y su zona.  1926.  Ahí llegó Pavletich – a dar conferencias “Domingos alegres” gran inquietud (10) el sandinismo el antiimperialismo creció bárbaramente (12)” (9-12).

(20)                       “Estampas.  Si El Salvador capitula… Urge ya el ejemplo viril.  Ya no queremos más el tutelaje del amo yanqui”, Repertorio Americano, Tomo XXIII, No. 22, 12 de diciembre de 1931.  El espíritu anti-imperialista que generó el martinato —cuyo gobierno no lo reconoció el estadounidense por varios años — no podría ser más explícito.  Una negativa presidencial —“propongo a la faz de la nación que no consienta jamás la contratación de empréstitos” (1937)— aplicaba a la letra consignas anti-imperialistas que aconsejaba la izquierda más radical (véase por ejemplo: Haya de la Torre, “San Salvador bajo la opresión (25/octubre/1928)”, Obras completas 2, Lima: Editorial Juan Mejía Baca, 1976: 154-157). 

(21)                       El Día, 30/septiembre/1931.

(22)                       Telémaco, El Día, 2/octubre/1931.

(23)                       Mistral, “Elogio de la isla de Puerto Rico”, Prosa, Santiago de Chile: Cochrane, 1992: 112 y 117.

(24)                       J. L. Gould and A. Lauria-Santiago, To Rise in Darkness, Durham/London: Duke U. P., 2008: 132.

(25)                       La Prensa, 20/septiembre/1931 y Mistral, “El ritmo de Chile” (19/septiembre/1936), Escritos políticos, 1994: 35.

(26)                       “Apuntes sobre mi amistad con Gabriela Mistral”, Cultura, No. 57, julio-septiembre/1970: 94-109; véase además: “Un libro ejemplar”, en: Mistral, Lecturas para mujeres, San Salvador: Ministerio de Educación, 1961: 7-10 que tampoco menciona la fórmula clave.

(27)                       Mistral, Repertorio Americano, 25/noviembre/1933 y 2/septiembre/1933.

(28)                       Mistral, “Vasconcelos y Chocano”, Prosa, Santiago de Chile: Cochrane, 1992: 475.

(29)                       Mistral, “El pueblo araucano” (17/abril/1932), Escritos políticos, 1994: 47 y 49.  Nótese la coincidencia entre eventos salvadoreños acallados —quizás por su trasfondo “comunista”— y defensa mistraliana de indígenas chilenos.  Al igual que sandinismo y anti-imperialismo no se traducían en apoyo a la revuelta, el indigenismo tampoco expresaba una filiación semejante; ni siquiera manifestaba un anuncio de la matanza.  En cambio, la intención indigenista-vasconceliana de Martínez la documentaba Alfonso Taracena (José Vasconcelos, México: Editorial Porrúa, 1982: 103): “en un banquete en la Legación de El Salvador en México, el secretario de Hacienda de ese país, doctor Carlos Méndez de Castro, reveló que […] había sugerido al Presidente Martínez en San Salvador, llamar al licenciado Vasconcelos para que ocupara un puesto […] la proposición fue atendida […] esto fue en agosto de 1933”.  Su negativa por aceptar el puesto y su actuación anterior junto a Ávila en 1930 demarcarían distancias políticas obvias. 

(30)                       (Ricardo) Trigueros de León.  “Recuerdo de Gabriela Mistral”.  Antología general de Gabriela Mistral, Santiago-Chile: Homenaje de Orfeo, Nos. 23-27, 1967: 197.  No aparece en sus Obras: poesía y prosa.  San Salvador: DPI, 2007, la cual incluye la prosa “Gabriela Mistral” (181-182) del libro Labrando madera (1947).

(31)                       Trigueros de León, 1967: 27.

(32)                       Trigueros de León, Labrando en madera (1947), Obras, 2007: 181.

(33)                       En: Alma y corazón: Antología de las poetisas hispanoamericanas, Miami: Ediciones Universal, 1977: 76-77.

(34)                       Saúl Flores, Lecturas nacionales, San Salvador: Talleres Gráficos Cisneros, 1940/1970: 3.

(35)                       Mistral, “Elogio de la isla de Puerto Rico”, Prosa, Santiago de Chile: Cochrane, 1992: 113.

(36)                       Mistral, “Discurso en la Unión Panamericana”, Antología mayor.  Prosa, 1992: 76.

(37)                       Mistral, “La pobre ceiba” (25/marzo/1928), Escritos políticos, 1994: 234.

(38)                       Véase: epígrafe inicial el cual sugeriría que el título de Historias prohibidas (1974) se hallaba en la mente del escritor una década antes, aun si dudaría que el autor ya le había atribuido la frase en cuestión a Mistral quien, en sentido marxista estricto, no calificaría de “burguesa” como Ávila por su distinta relación a los medios de producción.  Nótese que la referencia a la frase canónica apareció en el segundo párrafo de la segunda edición de El Salvador (monografía), La Habana: Casa de las Américas, 1965.  No se encontraba en la primera edición de 1963. 

(39)                       Mistral, “El trópico y José Martí” (24/junio/1932), Escritos políticos, 1994: 216.

(40)                       Juan Felipe Toruño, Índice de poetas de El Salvador en un siglo, 1840-1940, San Salvador: S/ed., 1941: 45.

(41)                       Juan Felipe Toruño, Desarrollo literario de El Salvador.  San Salvador: Departamento Editorial del Ministerio de Cultura, 1958: 284.

(42)                       Luis Gallegos Valdés, Panorama de la literatura salvadoreña.  San Salvador: UCA-Editores, 1981: 216, quien le concede a Ávila un capítulo independiente.

(43)                       David Escobar Galindo (ed.), Índice antológico de la poesía salvadoreña.  San Salvador: UCA-Editores, 1982: 256.

(44)                       López Vallecillos, “Del homenaje a Julio Enrique Ávila”, Hoja.  Publicaciones de la Asociación “Amigos de la Cultura”, Año III, No. 3, noviembre de 1956: 10 (Caricatura de Ávila), véase: Ilustración III.  El juicio lo reitera López Vallecillos en El periodismo en El Salvador, San Salvador: Editorial Universitaria, 1967: 247.

(45)                       Gilberto González y Contreras, Hombres entre lava y pinos, México D. F.: B. Costa Amic Editores, 1949: 47.  La sección “12.  La verdad de los intelectuales puede ser la verdad” de Un libro rojo para Lenin (Managua: Editorial Nueva Nicaragua, 1986: 57-58) establecía conexión directa entre silencio de la generación mistraliana sobre 1932 y legado del “general don José Tomás Calderón” en su idealización conjunta del país.  Además, en ese apartado, al citar a Mistral, quien “dijo que El Salvador es un pequeño país que ha sido levantado como una joya”, Dalton reconocía su lectura del único artículo que la chilena escribió de su visita. 

(46)                       Crisol. Revista del Hogar dirigida por Salarrué, 1/noviembre/1922: 2.

(47)                       Arrigoitia, 1989: 106.

(48)                       Mistral, “Elogio de la isla de Puerto Rico”, Prosa, Santiago de Chile: Cochrane, 1992: 112.

(49)                       Cypactly, Año IX, No. 137, 10 de mayo de 1939: 4.  Leída el 27/septiembre/1931 en la Universidad Nacional.

(50)                       Cypactly (Año I, No. 4, Octubre 1º de 1931: 1, 5 y 13) incluía reseña de la estadía de Mistral, “Breve visita a Gabriela Mistral”, al igual que dos escritos suyos: “El grito.  En homenaje a la ilustre huésped, Gabriela Mistral, reproducimos el presente artículo” y “Madre Granada.  Cypactly se honra publicando esta composición inédita de Gabriela Mistral”. 

(51)                       Saúl Flores, Lecturas nacionales, 1940/1970, fechado de 1938, proyecto que “desde hace varios años veníamos acariciando la esperanza de ofrecer a nuestra patria”.

(52)                       Antología del cuento centroamericano, Hugo Lindo (Ed.), San Salvador: Universidad Autónoma de El Salvador, 1949: 181-187 y Cuzcatlán.  Libro de lecturas nacionales, San Salvador: Ministerio de Cultura, 1959: 75-77, al igual que Cien de las mejores poesías líricas salvadoreñas (San Salvador: Ministerio del Interior, 1951: 177-179), libro que por su “dedicatoria al Teniente Coronel don José María Lemus, fervoroso promotor de la cultura nacional” establecía compromisos entre arte y política.  En la antología Puño y letra (San Salvador: Editorial Universitaria, 1959: 5) de Oswaldo Escobar Velado (Ed.), célebre por su poesía comprometida temprana, Ávila figuraba como quinto poeta de la serie con “La divina raíz”.  Resultaría obvio que Dalton no podía ignorar al “primer poeta revolucionario nacional”, aun si le rendía homenaje al “enemigo” (Dalton, Pobrecito poeta que era yo…, San José, CR: Educa, 1976: 181).

(53)                       Estudios literarios.  Capítulos de literatura centroamericana, San Salvador: Departamento Editorial del Ministerio de Cultura, 1959.

(54)                       “Julio Enrique Ávila, escritor y poeta”, 1959: 114-139, pero fechado al final “8 de septiembre de 1949”, es decir, el capítulo estaba terminado antes de que Dalton se graduara de bachiller (1953).

(55)                       Landarech, 1959: 114-115 y Dalton, “Los hongos IX” (1966-1971), En la humedad del secreto, San Salvador: Dirección de Publicaciones, 1994: 528.  En la sección anterior, “Los hongos VIII”, Dalton reconocía su continuidad con una condición católica que la militancia marxista nunca erradicaría: “recé en dos ocasiones”.  Aun si Landarech no juzgó la escritura de Dalton, su criterio podría deducirse de lo que pensaba de Pedro Geoffroy Rivas: “completamente comunistoide y anticlerical” (Landarech, 1959: 49).

(56)                       Landarech, 1959: 116 y 129. 

(57)                       Estudios históricos, San Salvador: Imprenta Nacional/Biblioteca Universitaria, 1941.

(58)                       Dalton, Historias prohibidas, 1974: 128.

(59)                       Estudios históricos, 1941: 3.

(60)                       Estudios históricos, 1941: 342-344.

(61)                       Estudios históricos, 1941: 5.

(62)                       Estudios históricos, 1941: 5.

(63)                       Dalton, Pobrecito poeta que era yo…, San José, CR: Educa, 1976: 58 y 53.

(64)                       Dalton, Historias prohibidas, 1974: 231-232.

(65)                       “Cuadernillo del Director, El INTELECTUAL como conducta moral”, Hoja.  Publicaciones de la Asociación “Amigos de la Cultura”, Año III, No. 3, noviembre de 1956: 1.

(66)                       Dalton, Pobrecito poeta que era yo…, San José, CR: Educa, 1976: 91 y 135.

(67)                       Mistral, “El trópico y José Martí” (24/junio/1932), Escritos políticos, 1994: 217-218.

(68)                       Nótese falta conjunta de agenda indigenista estricta en ambos lados: derecho a tierras ancestrales que reconocía la corona española, pero que expropiaron las repúblicas liberales independientes.

(69)                       Como leit-motif de literatura nacional, el mismo texto de Alvarado lo transcribía y poematizaba la historia gavidiana que inspiró Los testimonios (1964: 113-114), “La batalla de Acajutla” en Obras completas I, San Salvador: Dirección de Publicaciones, 1974: 333-338 (Obras, 1913 y 1928).  Igualmente, la carta de Alvarado la refería un documento bibliográfico de El Salvador (monografía) (Casa de las Américas, 1963, versión original), pero tachada ulteriormente a partir de 1965 (Gavidia, Historia moderna de El Salvador (1914), San Salvador: Dirección de Publicaciones, 1958: 22).  El título gavidiano que introduce la carta —“la epopeya de Cuscatlán”— serviría de guía al proyecto roqueano.  Sería crasa ingenuidad creer que Dalton leyó a Alvarado sin el filtro poético de sus antecesores: Gavidia, Ávila y, añadiría, María B. de Membreño a quien Ávila introdujo, “Heroísmo indio”, Literatura de El Salvador (San Salvador: Tipografía Central, 1959: 50-51).

(70)                       Diario del Salvador, 20/septiembre/1931.  La presencia reiterada de Ávila durante varios actos públicos en honor a la poeta chilena —el 22/septiembre en el Liceo Gabriela Mistral; en la Sociedad de Empleados de Comercio le entregó “diploma de socia honoraria de la Academia de Profesores” y el 27/septiembre en la Universidad Nacional— la reseña Figueroa, La divina Gabriela, 1933.  La remoción de su cargo de Sub-Secretario de Instrucción Pública “el 2 de diciembre de 1931” la anunciaba Cypactly, No. 10, enero 20 de 1932: 4, junto a una foto de Ávila. 

(71)                       18/noviembre/1930: 14 y El vigía sin luz, San Salvador: Ministerio de Educación, 1927/1961: 21.

(72)                       Dalton, Pobrecito poeta que era yo…, San José, CR: Educa, 1976: 147-223.  De Los poetas (1964, cortesía de la familia) existen dos mecanografiados con ligeras diferencias. 

(73)                       Dalton, Pobrecito poeta que era yo…, San José, CR: Educa, 1976: 150, 182, 184, 189 y 190.

(74)                       Dalton, Pobrecito poeta que era yo…, San José, CR: Educa, 1976: 120, 121 y 211, Historias prohibidas, México: Siglo XXI Editores, 1974; 103-112 y Un libro levemente odioso, San Salvador: UCA-Editores, 1989: 75 y 112.

(75)                       Dalton, Pobrecito poeta, 1976: 77.

(76)                       Dalton, Pobrecito poeta, 1976: 144 y 282.  Que esta idea de escritor como “traidor de formas elaboradas por otros” expresa la opinión de Dalton, la confirma la ausencia de esa aserción en los manuscritos originales de Los poetas (1964). 

(77)                       Dalton, En la humedad, 1994: 246 y Gavidia, Historia moderna de El Salvador (1914), 1958: 20. 

(78)                       Dalton, Pobrecito poeta, 1976: 88.

(79)                       Las historias prohibidas del Pulgarcito (La Habana, 1969-1971), en: Poesía Completa III, cortesía de la familia.  Este segundo epígrafe provenía de Dalton, Pobrecito poeta que era yo… (San José, CR: Educa, 1976: 16), el cual plantearía un despegue idéntico para autobiografía e historia nacional por la (con)fusión entre el yo y la comunidad.  En comunicación personal, Manlio Argueta me informó que el insulto a Mistral aparecía en la edición príncipe, pero Siglo XXI Editores lo había vetado por ofensivo.  En el mismo libro se hallaba otra cita marginal (1976: 152), “si no hablamos en voz alta, la Centroamérica caníbal se come de fijo al Pulgarcito de América”.  De nuevo, según Argueta, otro famoso epígrafe, el de Taberna y otros lugares (La Habana: Casa de las Américas, 1969), no le correspondería a Jorge (Arias Gómez) sino a un colega guatemalteco “con quien compartió trinchera Roque”.

(80)                       Dalton, Pobrecito poeta que era yo…, San José, CR: Educa, 1976: 147 166 y 181.

(81)                       Se trataba de una paráfrasis aviliana de la Poética de Aristóteles (III.7) la cual distinguía historia de ficción, a la vez que declaraba la superioridad filosófica del simulacro imaginado sobre los hechos ocurridos (Ávila, Almas de libros, San Salvador: Ediciones del Ministerio de Cultura, 1949: 108).  “Es manifiesto asimismo de lo dicho que no es oficio del poeta [Roque Dalton] el contar las cosas como sucedieron, sino como debieran o pudieran haber sucedido, probable o necesariamente”.  Y, continúa Aristóteles (III.10), si “la revolución, es según se ha indicado, la conversión de los sucesos en [su] contrario”, la poesía roqueana nos indicaría cómo lo verosímil recubriría lo factual en la generación que lo precede como en la suya propia. 

(82)                       Mistral, “Elogio de las materias”, Prosa, Santiago de Chile: Cochrane, 1992: 147 y 153.

(83)                       Borges, http://www.literatura.us/borges/pierre.html.

(84)                       Véanse: nota (61) y texto de Ávila.  Durante la guerra civil de los ochenta, uno de los más encarnizados batallones se llamaba “Atlacatl” cuyo nombre denotaba la utilización del mismo símbolo de “defensa nacional”, pero en sentido contrario al de Dalton.  Idénticos hechos consumados adquirían distinto valor según el arbitrio de quien los evocara. 

(85)                       Dalton, Historias prohibidas, 1974: 28-29 y Baratta, “Dos cantares autóctonos de Izalco”, Cuzcatlán típico, San Salvador: Publicaciones del Ministerio de Cultura, 1951: 180-182.

(86)                       Dalton, 1974: 193-195 y El Mundo 16/febrero/1972.  Aun si resultaría difícil asegurar la fuente primaria de bombas y refranes en Historias prohibidas (1974: 29, 61, 68, 86, 102,113 140, 161, 179 y 207 para las bombas; 13, 56, 72, 85, 99 y 130 para los refranes), asentaría cinco equivalencias de bombas con la colección de Francisco Espinosa, Bombas (San Salvador: Imprenta La Salvadoreña, 1932; en: Folklore salvadoreño (San Salvador: Patronato Pro-Patrimonio Cultural, 2000: 39 (“Dice que no me querés…” (Dalton, 1974: 61)), 39 (“Vos sos como la baraja…” (Dalton, 1974: 68)) y 41 (“Negrita por un trabajo…” (Dalton, 1974: 86)), con variantes en 51 (“En el centro de la mar…” (Dalton, 1974: 140)) y 49 (“Estas muchachas de aquí…” (Dalton, 1974: 179))). 

(87)                       Dalton, En la humedad del secreto, 1994: 400 y 525, al igual que Hechos 8: 32-33 e Isaías 53: 7-8.

Lista de ilustraciones

Ilustración I: “El Salvador” de Gabriela Mistral, Repertorio Americano

Ilustración II: “Gabriela Mistral”, Diario Del Salvador

Ilustración III: José Vasconcelos, Diario Del Salvador

Ilustración IV: “Julio Enrique Ávila”, Hoja.  Publicaciones de la Asociación “Amigos de la Cultura”

Ilustración V: “A Roque Dalton”, Hoja.  Publicaciones de la Asociación “Amigos de la Cultura”

Ilustración VI: “El Salvador, Pulgarcito de América” de Julio Enrique Ávila, Cypactly.  Revista de Variedades

Ilustración VII: “El Salvador, Pulgarcito de América” de Julio Enrique Ávila, Cypactly.  Revista de Variedades

Ilustración VIII: “El Salvador, Pulgarcito de América” de Julio Enrique Ávila, Centro América Ilustrada

ANEXOS

1.  “El Salvador” de Gabriela Mistral

Gabriela Mistral.  “El Salvador”.  Repertorio Americano, Tomo XXVII, No. 9, sábado 2/septiembre/1933.

El pequeño país ha sido labrado como una joya por la forja de sus volcanes, afinado del fuego en tal montaña, desformado en la de más allá por derrumbe o explosión; más manipulado por Plutón que ningún suelo del mundo.  La geografía del país, por esto, al revés de todas las geografías, es una especie de Génesis continuada, que no se cierra como la Génesis de los otros países terrestres; hay una extraña creación constante y atrabiliaria que hacen del lago de hoy el río de mañana; o de la montaña de lomo bovino, un enjorobamiento de cráteres sucesivos; del llano de caña o café, un cono inesperado: la geología salvadoreña es más el reino del fuego que el de la tierra y está llena de una imaginación juguetona y terrible.  Nuestra Cordillera de los Andes también se trae su médula espinal ígnea disimulada bajo un espinazo elefantino; pero los fuegos de la matrona nuestra andan metidos en más hondura, y sólo de tarde en tarde alcanzan a repechar su propio obstáculo y evidenciar su amenaza.  El Salvador es la tierra del fuego en la dermis que salta encima cuando quiere; o, mejor que eso,  un barreno hecho por violencia para cernerse con la polvareda, de vapor, llama y ceniza, pero haciendo su ahechadura al revés, hacia arriba, hacia el cielo…  y de todo eso ha nacido una tierra vegetal preciosa, espaciada o trufada de fuego en donde se le toque. 

Cada generación salvadoreña ha conocido novedades en la cara de Ceres que es inmutable en todas partes, y los niños de este país de cuento saben que la tierra suya es tornadiza y atrabiliaria como el mar mismo.

Caminar a lo largo de treinta kilómetros que corren de Ahuachapán a San Juan de Dios, para saberse lo que es una tierra volcánica, es decir, el fuego en acto de posesión de un territorio: los ausoles pequeños —fumarolas—, que dan solamente una voluta de humo y los mayores que muestran desde lejos su pesadilla revuelta de negros y grises; las fuentes hirvientes donde desollar en una hora al buey del cuento, y la fantasmagoría de los géiseres cargados de cal, que trabajan como una legión de artesanos locos en hacer pirámides, agujetas y barroquería de forma y color.

Se sabe entonces que de veras el fuego miguelangelea y ticianea sobre las cosas cogiendo y gozando las arcillas de todas las calidades y los tintes: desatentos ocres, azafranes y cárdenos.  De veras el fuego es tanto el tatuador como el pintador, y ha tomado la tierra fina de este país como un herrero fantasista de mis infancias que se las había arreglado para darme en un pedacito de hierro todos los colores existentes a base de morados, verdes y granates.

La historia de los volcanes, de puro extraordinaria, da espejeos y encandila al que la oye o la lee.

El Izalco se puso a nacer, como un hijo de hombre, a ojos vistas delante de los pobladores, allá por 1700, en una llanura ganadera, y como un hijo de hombre se ha ido creciendo en cuerpo y erupción tras erupción, hasta su adultez viril de volcán con faldas completas y cono perfecto.  Comenzó echando de las entrañas rabiosas peñasquería y lava gruesa, para acabar en la humareda mansa de este tiempo, que se disuelve en una ceniza dulce que le afina más y más los rasgos de criatura dionisíaca, que se va volviendo pitagórica.  Dos mil metros ha echado cielo arriba y continúa la extraña industria de labrarse a sí mismo, trabajando por tres cráteres escondidos el día y la noche.  El Faro del Salvador lo llaman los marinos, y, en verdad, aupado en pocos años y manipulado delante de sus gentes como un faro cualquiera, su nombre casi no lleva metáfora.  Al revés de los demás volcanes centroamericanos, que así aceptan, en una complacencia de patriarcas amables, vegetación de selva y hasta cafetales sobre su cabeza y en medio cuerpo, el Izalco, superabundante de calentura todavía, se muestra en la genuina calvicie ígnea, que conviene a la forja que se continúa. 

Aunque se dé al Izalco, para elogio suyo, el nombre de Faro del Salvador, es otra la montaña bautizada con el nombre del país.

El volcán San Salvador engañó muchos años con su forma de simple montaña inocente cubierta de vegetación, guardando sólo en lo alto, como una confesión, una de las lagunas maravillosas que se hallan en los viejos cráteres: cinco kilómetros de circunferencia del gran jade líquido e intocado, que regala con su vista nada más que al cielo.  Sin embargo, una tribu de conos apegados a la masa de San Salvador en una cacharrería geológica, insinuada al volcán en la masa patrona, hasta que en uno de los conos segundones, el Quezaltepeque, confesó en pleno, en una erupción de hace pocos años, su condición de volcán.  Los Indios, más sabedores del secreto del suelo que los Blancos, lo sabían volcán capitaneador de sus cachorros, por las fuentes termales de las faldas, y por el aire malo, atosigando hedores, que les hacía interrumpir la cosecha de muchos días en sus alrededores.

Las enormes masas de lava del Quezaltepeque se pueden ver todavía en una especie de camino negro de demonios, en una cauda de materias vomitadas a lo largo de kilómetros.

Aventador de lavas mayores y criaturas plutonescas de veras; es el volcán de San Miguel, que casi no tiene cráter, de tenerlo en cada ocasión donde le place abrirlo, y resoplara hasta por catorce horas al mismo tiempo, dejándose ocioso el principal, que es una magnífica tarasca de tres kilómetros, por donde podría desahogarse el buen furor del planeta si quisiera quedarse en sosiego.  Copos de vapores por todas partes y, a los pies, un verdadero valle de fumarolas por donde hacer un paseo maravilloso, aunque un poco infernal, oliéndole a la tierra el hedor de sus entrañas de azufre, de alumbre y de las otras cosas fuertes que le gustaba chupar a la Sibila, pero que desvanecen al hombre acostumbrado al puro olor de sus piñas y de sus mangos. 

El lago Ilopango, de nada menos que setenta kilómetros, traía locos a los Indios con las subidas repentinas del nivel, que para ellos eran una especie de pechada mala que hacía el monstruo de las profundidades en cada temblor.  Procesiones de desagravio y acarreo de ofrendas en cada uno de estos trances, desde la guirnalda de flores hasta las bestias propiciatorias y el lago precioso y socarrón aceptando aquello con su indiferencia de Dios Lerdo o Dios demasiado Dios, para tomar en cuenta canastas florales o corderitos.  Hace unos doscientos años el Ilopango desarrolló su pirueta más gallarda de ascenso de aguas.  Unos derrumbes cegaron el río Jiboa, por donde alivia, y el lago se puso a subir como una prueba de atletismo, y subía espumajeando como una marmita, ya sin las lamentaciones del coro trágico de las indiadas, hasta que venció sus propios bordes y comenzó a vaciarse en un aluvión tal sobre sus faldeos, que en algunos días bajó diez metros de nivel, como una bestia pletórica que se sangrase hasta la medida de su bienestar.  Allí volvió a quedar, rehecho y nuevo, con islas e islotes a montón y una cara nueva que aprenderle. 

La laguna que doncella, más verde que cualquier agua verde en el remate del volcán Alegría, merece bien que se la cuente aunque sea pasando.  Ella se las ha arreglado, como el mito se las arregla para ser fabuloso y posible; ella tiene una orilla caliente y una frígida, con una intermedia de tibieza.  Al que la quiere probar, le da en la lengua un sabor ácido que le quita la curiosidad del saboreo y contiene debajo de la acidez una terrible mescolanza de sabores revueltos.

[La flora de El Salvador se halla, más que cualquier otra de Centro América, bajo el signo que León Daudet llamaría “intensidad”, como lo están los deseas suelos ígneos, los de las Islas de la Sonda, productoras de plantas medicinales y tintóreas y de especiería.  Los tres lotes, los tres géneros nobles, corresponden, pues, a una riqueza especial y bastante violenta de los limos, que se trae sus relaciones con el fuego, que saca del fuego su condición maravillosa.

En los tiempos en que la Química no se había puesto aún a fabricar anilinas para reemplazar los tintes naturales, que eran magníficos, que eran a veces indelebles, pero que resultaban caros, en esos tiempos en que un color hermoso confesaba, hermosamente también, un zumo vegetal, un jugo animal o un limo arcilloso, dando así a púrpuras, a rojos y azafranes unos patrones casi personales en el palo de Campeche, en la cochinilla o en los barros de Siena; en esa época, acabada por la industria plebeya que vivimos, El Salvador producía en grande y explotaba sus admirables añiles que hacían su riqueza.  Campos y Campos de añil cubrían la tierra salvadoreña de su plantía bajo y delicado.  Vinieron las anilinas alemanas e inglesas, con su pacotilla colorante que cuesta poco y que dura cinco años en los tejidos o en la pintura de aceite, y se le acabó a la Patria del añil su comercio noble y a las tintorerías de todas partes la coloración leal que perduraba]. 

(Estos dos párrafos no aparecen en la versión original del Repertorio Americano ni tampoco los incluye la antología mayor de la autora en el volumen Prosa (Santiago de Chile: Cochrane, 1992: 92-96).  Los incluye la Revista El Salvador de la Junta Nacional de Turismo, No. 10, marzo/1937: 17-20 (English version) y 24-27 (versión castellana)).

El producto representativo salvadoreño lo constituía el bálsamo, o sea el grumo resinoso de un curioso árbol, parecido a San Juan de Dios, en su aplicación a curar llagas y otras fealdades que da de sí la piel nuestra.  El producto fue famoso durante la colonia y, como también por este capítulo los países grandes se comen el prestigio de los pequeños, nadie conocía el bálsamo maravilloso como resina de un árbol centroamericano, sino como Bálsamo del Perú.  Los españoles querían esconder el lugar nativo del árbol extraordinario, que rezuma esa medicina natural, y para despistar a los buscadores, se las arregló de esa manera: Bautizando la resina bajo el nombre peruano, con el que ella ha recorrido el mundo y ha estado en las bocas alabadoras de la campesina de Chile o de la curandera balkánica.

 Ahora le está pasando cosa peor que eso al santo bálsamo y es que su grumo entra anónimamente en la preparación de innumerables jabones, emplastos y polvos, los cuales ya no llevan ni siquiera el apelativo falseario, sino la enjuta marca comercial que, como las cosas del tiempo —bancos y sociedades—, no lleva rubro, ni confiesa paternidad del país.

Costa del Bálsamo se llama todavía, con lindo nombre, la región donde el árbol pululaba; pero en cualquier parte del país lo encuentra para conocerle la talla de suma gallardía, semejante al eucalipto, y para tocarle el tronco de las heridas siempre manantes el viajero curioso que gusta de averiguarle a un territorio un poco de su índole en la vegetación y el bestiario originales, porque ellos suelen decir de una región tanto como el grupo de sus hombres.

Relegada a segundo término la explotación del bálsamo y acabada casi por completo la del añil, El Salvador ha entregado dos tercios de su suelo al cafetal productor que rinde, en abundancia y en calidad todo lo que le piden en un suelo tan generoso.

Cafetales por donde se mira, todavía más que en Costa Rica; cafetal en laderas volcánicas, en axilas de vallecito, en costas bajas.  En doce días de caminar con los ojos pegados en el campo de pura maravilla, la mirada se acostumbra a este cultivo que es, al lado de los frutales o del algodón, uno de los más lindos en el orden de la limpieza y de a pulcritud.  Las grandes lluvias no alcanzan a hacer pantanales en ellos, porque el sol alacranado lo seca todo: el campesino anda siempre duendeando bajo ese ramaje del cafeto tan asaeteado de luz en una fineza que es casi la del mirto, limpiando el plantío, como el hombre chino el del té, con unos cuidados casi femenino de puro escrupulosos.

Los escritores y dibujantes apenas se han ocupado de decir el cafetal que tanto se lo merece en sus tres turnos: el de la floración embalsamadora que vale el naranjal, el del fruto en bonita rojez contra la rama verde barnizado y en el de su cosecha por las mujeres, que ya hubiese querido conocer Virgilio, para cantarla paso a paso.

Resulta graciosa la disputa que llamaríamos Caribe, por la preponderancia y la honra cafetalera, que yo me he oído desde Puerto Rico hasta Guatemala.  Naturalmente, Puerto Rico cuenta en su favor de la vieja tradición de su café, una fama que anda en páginas de clásicos españoles y hasta en antiguas canciones.  La patria cafetalera clásica no necesita para vender publicidad loca ni alegato en el mercado; ella vende todo el café que alcanzan a dar sus plantíos.

Pero después de la buena fortuna puertorriqueña, vino la producción de cada uno de los países centroamericanos.  El de Costa Rica convenció a la clientela europea; el de Guatemala ha ganado el premio cafetero de una exposición reciente donde se exhibían todos, unos tras otros; Colombia impone en París de más en más su producción, y El Salvador se ha ganado el puesto más próximo al hermano puertorriqueño y logra también venderse sin esfuerzo en las plazas de la competencia. 

La disputa coge al viajero que precisamente atraviesa la zona del café, o sea el círculo caliente del Caribe y… lo pone en aprietos para saber cuela de las partes se lleva la razón.

[La que escribe, beberá un año en su Europa de los cafés embusteros sus dos arrobas del buen néctar salvadoreño y lo tendrá presente de la fuerte presencia que es el disfrutarlo cotidianamente.  Así y todo no sabe decir cosa válida sobre el pleito] (Estas dos oraciones no aparecen en Prosas, 1992).  He aprendido en la discusión, y no es poco, que es mucho más fácil apuntar dentro de un bloque de cosas malas la peor, que apuntar dentro de un bloque de excelencias, la nuececilla de lo óptimo.  Por algo se ha dicho por ahí que lo desagradable puede decirse hasta en el grado de lo repulsivo; pero que lo dichoso se mete en las vaguedades de lo inefable  y ahí desaparece para nuestros ojos (fin de párrafo en Prosas, 1992, que independiza las oraciones siguientes).  Con lo cual no sé qué me place más entre mis tazas de cafés bebidas en tres meses de viaje por el reino del néctar negro.  Bebedores sapientes los hay como para trazar la línea de las bondades y las fallas.  Brillat Savarines criollos que algún día nos pondrán sobre el papel el mazazo de la prueba… en la que tampoco creerán los disputadores.

Sta. Margheritta, 1932.  (Otras fuentes cambian la fecha original y le atribuyen: marzo de 1923 (Revista El Salvador, quizás por inversión de números) o noviembre de 1937 (Prosa, 1992).  Original no consultado: Madrd: ABC, 16/mayo/1932 y Santiago de Chile: El Mercurio, 29/mayo/1932.  Mientras en Centro América Ilustrada, No. 24, Año II, agosto de 1946: 33-34, aparece sin fecha).  Fechado: Santa Margherite, Ligure, 1932.

2.  El Salvador, Pulgarcito de América de Julio Enrique Ávila

Julio Enrique Ávila, “El Salvador, Pulgarcito de América”.  Cypactly.  Revista de Variedades, Año IX, No. 140, Agosto 25 de 1939: 1 (Grabado e ilustración del Br. Ricardo Contreras la cual presenta a una mujer de origen africano como característica de lo salvadoreño).  En esta revista las contribuciones de Ávila se prosiguen a lo largo de varios años junto a las de Salarrué, Lars y otros intelectuales salvadoreños lo cual demuestra que su olvido actual traiciona su protagonismo durante la primera mitad del siglo XX.  De nuevo, se trata de dos juicios críticos contradictorios sobre la historia, a saber: lo que el presente dice del pasado y la opinión del pasado sobre sí.  Cortesía de la Biblioteca de Babel en Aztlán.

Julio Enrique Ávila, “El Salvador”.  Saúl Flores (Ed.), Lecturas nacionales de El Salvador.  San Salvador: Talleres Gráficos Cisneros, 1940: 5-6.  IX Edición: Tipografía Editorial “Central”, 1970: 5-6.   Se trata del escrito que inicia el volumen el cual se atribuye a “Breve Boceto de El Salvador”.   El libro lleva refrenda oficial de Salarrué y Salvador Calderón Ramírez, “miembros de la Sub Comisión encargada por la Comisión Bibliográfica del Ministerio de Educación Pública”, fechada “San Salvador, 22 de septiembre de 1938” lo cual demostraría la iniciativa del gobierno del general Martínez por crear una literatura nacional.  La página final (246) de “Agradecimientos” a “personas que me han alentado y ayudado, moral y materialmente” la encabeza “El señor Ministro de Gobernación General José Tomás Calderón”.  La página de “Agradecimientos” no aparece en la novena edición (1970).  Cortesía de la Biblioteca de Babel en Aztlán.

Estudios históricos.  San Salvador: Imprenta Nacional/Biblioteca Universitaria, 1941: 342-344. 

Centro América Ilustrada, No. 25, Año II, octubre de 1946.  Lleva foto del autor y lo antecede mapa de “Nueva geografía de El Salvador” de T. F. Jiménez (Es posible que exista un manuscrito más extenso ya que Cañas Dinarte en su Diccionario (DPI, 2002: 49) menciona el texto inédito “El pulgarcito de América (folleto de intención cívica salvadoreña” el cual merecería publicarse para restituir la autoría de quien bautizó literariamente al país).  Cortesía de Carlos Cañas Dinarte.

El Salvador es el país más pequeño del continente, el Pulgarcito de América.  Tan pequeño, tan pequeño es, que podría imaginarse que cupiera en el hueco de una mano.  Sin embargo, la pequeñez geográfica, pobreza de territorio, ha sido vencida por un alma indígena indomable que ha logrado florecer los páramos y ha hundido su arado de madera hasta en los bordes del precipicio y las aristas de las cumbres.  Todo el país cultivado, se ofrece al peregrino como un huerto generoso; y bajo sus sombra un huerto con los brazos abiertos, con los brazos en cruz, para acoger al que viene de fuera en busca de abrigo o sustento.  Pueblo que todo lo obtuvo del trabajo, en una lucha tenaz y paciente; pero que sabe compartir la parquedad de su bocado con quien lo ha menester.

Pero no creáis que este huerto en perpetuo producir ha sido un paraíso terrenal, la tierra prometida para los elegidos de Dios.  No.  Esta tierra pujante y bravía, rebelde a las manos del hombre, para defenderse se erizó de volcanes.  En el Occidente, el Izalco por las noches se viste su manto de oro vivo, refulgente como un dios pagano y terrible que agitara en sus manos una antorcha gigante; y en el Oriente, el Chaparrastique, majestuoso y friolento, parece abrigarse entre las humaredas, como un manto de armiño.  Por los cuatro puntos cardinales, y en el centro y en la periferia, todo se alzó en volcanes.

Los hombres como hormigas, juntando sus terrones poco a poco, alzaron aldeas y ciudades; y cuando las vieron florecientes y suntuosas, el volcán, vengativo, sacudió la tierra; y como castillos de barajas sopladas por niño caprichoso, los palacios y las chozas, todos por igual, rodaron confundidos por los suelos.  Pero el hombre fue tenaz.  Pronto surgieron entre los escombros los nuevos hogares; la vida continuó, febril y laboriosa y a los pocos años la ciudad resplandeció nuevamente.  Pero no fue larga su existencia; el volcán rugió de nuevo y toda la obra humana fue arrasada.  Y así, en lucha titánica, increíble, estos hombres de fe han desafiado la Naturaleza; hasta tal punto, que sus casas se alzan altaneras en las mismas faldas del volcán en furia. 

De este continuo ajetreo, la tierra, en su mayor parte, parece sacudida por un ataque epiléptico.  Cumbres y hondonadas, alturas y precipicios.  Al lado de un vergel, la corriente de lava, el árido pedregal.  Pero en todas partes, en la tierra fértil como la tierra pobre, en la llanura y en la colina abrupta, y en el precipicio escalofriante, allí veréis al labriego, identificado con su yunta de bueyes, confundido entre la tierra parda, arrojando su semilla y recogiendo su cosecha.

***

(división que sólo aparece en Cypactly y Estudios históricos)

Y si los hombres son fuertes, recios y pacientes a la par, la mujer es admirable, sencillamente admirable.  En las madrugadas, apenas Venus, el lucero grande, el nixtamalero, los despierta, el hombre se levanta hacia la tina de agua serenada, sumerge en ella su cabeza, todavía soñolienta, y la sacude ya fresca, como un árbol cuajado de rocío.  Luego va en busca de los bueyes; pone en sus hocicos húmedos dos manojos de zacate y retorna al hogar.  En la choza, la mujer, diligente, ha encendido el brasero, echa las primeras tortillas y prepara los frijoles fritos y el café estimulante y oloroso.  Al mediodía cuando el sol calcinante y la dura tarea han agobiado las espaldas del peón, cuando la sed abrasa y el hambre apremia, como una samaritana surge en la lontananza la mujer con el cántaro humilde y el agua fresca.

Y en las tardes, al retorno tras las veredas encendidas de crepúsculo, tras el parpadeo de las primeras estrellas, chisporrotea el hogar y la cena espera lista y sabrosa. 

Mujer cristiana, humilde y abnegada hasta el sacrificio, cuando el hombre no trabaja, ella varonilmente, saca la tarea y prepara la comida y, además, da hijos para la tierra.

En las alturas, las montañas se cubrieron de cafetales, la mayor riqueza del país.  ¡Y es de ver la maravilla de un cafetal en flor!  ¿Habéis visto alguna vez campos nevados en primavera, bajo el sol?  Y habéis conocido nevadas que aroman hasta la embriaguez?  Pues eso es un cafetal en flor.  Y en las épocas del fría, bajo los vientos de diciembre, los cafetales son deslumbrantes estuches colmados de rubíes.  ¡Con que garbo desdeñoso, las cortadoras arrojan en sus canastas las cargas de piedras preciosas!  Y más tarde, por todo el mundo, el negro elíxir, esencia de vida, va estimulando y exaltando las potencias humanas.

Pero no sólo café tiene El Salvador, también la caña de azúcar alza sus penachos de granadero, granadero de la paz, rico de azúcar.  Ala par de los modernos ingenios, se escucha el lamento apacible de los viejos trapiches, tirados por la yunta de bueyes, que nos dan el azúcar morena, encendida como la piel de los indios.  Y también tenemos añil, que más noble que los nobles, tiene de verdad la sangre azul.  Y el bálsamo de El Salvador, que por designio de la providencia, de todo el mundo sólo se da en una breve parcela de nuestra tierra.  Bálsamo maravilloso que sana el cuerpo y el espíritu.  Y el maíz que da el pan para el pueblo; y el tabaco; y los cereales; y las frutas del trópico, que no tienen dueño y se ofrecen desde sus ramas a quien quiera tomarlas.

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(división que sólo aparece en Cypactly)

Hemos hablado de la tierra y del hombre que la hizo dar frutos.  Pero este diminuto lote y este conjunto de seres forman un país, una patria.  Patria que desde su primer aliento de vida, desde su primer grito de independencia, se ha caracterizado por dos virtudes: primero, un amor invencible por su libertad; y segundo, una protesta viva y eterna a favor de los pueblos oprimidos.  En estos dos aspectos está encerrada toda su historia, desde la conquista hasta nuestros días. 

En la conquista del viejo reino de Cuscatlán —hoy El Salvador—, fue herido y derrotado por primera vez el valiente Capitán Don Pedro de Alvarado; y su cacique simbólico Atlacatl, murió de tristeza en sus montañas, sin someterse al conquistador; y fue un noble varón salvadoreño, José Simeón Cañas, quien logró en la América Central la redención de los Esclavos.  Y así hasta hoy. 

Sin embargo, no es un pueblo guerrero.  Ama la paz.  Su bandera no tiene campo más que para dos colores: el azul y el blanco.  Azul, retazo de cielo, ansia de elevación, amor.  Blanco, vellones de cordero, nieve de las cumbres, pureza de alma.  Por eso nuestra patria es acogedora y fraternal; y sólo pide al peregrino que traiga puro el espíritu, para que no contamine el aire y no enturbie las aguas límpidas.

Este es El Salvador: el Pulgarcito de América. 

3.  El Pulgarcito de América

Alfonso María Landarech, Estudios literarios.  Capítulos de literatura centroamericana.  San Salvador: Departamento Editorial del Ministerio de Cultura, 1959: 125.  El capítulo sobre “Julio Enrique Ávila, escritor y poeta” asienta al final “San Salvador, 8 de septiembre de 1949” (139).

Digamos siquiera unas palabras sobre este libro, cuyos elementos andan todavía desperdigados acá y allá, en revistas y recortes de periódicos, esperando la mano de nieve que un día los reúna bajo éste tan sugestivo título: El Pulgarcito de América.  Frase feliz que se estampó en el primer artículo “El Salvador” y que ha hecho época.  “El Salvador es el país más pequeño del continente, el Pulgarcito de América.  Tan pequeño, tan pequeño es, que podría imaginarse que cupiera en el hueco de una mano”. 

Su prosa sencilla y amena, produce en el que la lee cierta euforia y sano optimismo, por el contenido y por la lección que nos da, “El Mensaje” p. e. es una excitativa al amor de los hombres.  Y en “Filosofía Campestre”, por medio de un diálogo entre el ojo del agua y del río, nos hace concebir un profundo amor a la verdad, a la bondad y a la belleza y, un propósito de que cada cual vaya orientando su vida según sus inclinaciones, según su temperamento: unos por las rutas de la contemplación y del arte, y otros hacia los campos fecundos de la acción y del trabajo.  Esta es la lección que nos quiere dar Julio Enrique, el escritor parabólico y aleccionador.

4.  “hotel fraternité” de Hans Magnus Enzensberger

Hans Magnus Enzensberger, Poesías para los  que no leen poesías.  Barcelona: Barra Editores, 1972: 9.  Edición bilingüe.  Versión española de Heberto Padilla.  Cortesía de las Musas. 

hotel fraternité

el que no tiene con qué comprarse una isla

el que espera a la reina de saba frente a un cinematógrafo

el que rompe de cólera y desesperación su última camisa

el que esconde un doblón de oro en el zapato roto

el que se mira en el ojo encalado del chantajista

el que rechina los dientes en los tiovivos

el que derrama el vino rojo en su cama dura

el que incinera cartas y fotografías

el que vive sentado en los muelles debajo de las grúas

el que da de comer a las ardillas

el que no tiene un céntimo

el que se observa

el que golpea la pared

el que grita

el que bebe

el que no hace nada

mi enemigo

agachado en el balcón

en la cama encima del armario

en el suelo por todas partes

agachado

con los ojos fijos en mí

mi hermano.

1955



* Investigador salvadoreño. Humanidades, Tecnológico de Nuevo México

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