Creado en 29 Abril 2010
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Por Juan José Dalton*

Roque Dalton aprovechó las paredes rajadas de la celda y ayudado por un pedazo de lámina de acero separó los ladrillos e hizo un hoyo para fugarse.

SAN SALVADOR – Los recuerdos retenidos en la memoria son algo borrosos, pero impactantes con el transcurso del tiempo.

Nosotros: mis hermanos, mi mamá y yo, vivíamos en la casita contigua a la Tienda “La Royal”, que era de mi abuela paterna y donde también ella vivía. Allí pasábamos toda la semana, de lunes a viernes porque Roque y yo íbamos al Colegio Centroamérica. Los fines de semana o nos íbamos a Sonsonate o a la casa de mi tía Cholita, en la Escalón. Tía Cholita (Soledad Morales) era hermana de mi abuela materna y una de las grandes costureras de entonces.

Bueno, el caso es que por aquellos días de 1964, yo tendría unos 7 años, mi “mamá María”, que así le decíamos a nuestra abuela, se mostraba nerviosa; a mi mamá no lo recuerdo en la casa, hasta momentos después.

A cada rato mi abuela nos ponía a rezar frente a un altar de la Virgen que ella tenía en una esquina; en otra esquina tenía a otro santo, que quizás era San Antonio.

Mi abuela era muy, muy discreta… Pero la vimos llorar. Quizás la consolamos y nos dijo que teníamos que rezar mucho por mi papá; que los policías lo habían capturado, pero que no podíamos decir nada porque más daño podríamos causar. Así que prometimos no decir nada a nadie.

Todas las tardes después de llegar del colegio, que dirigían unas “señoritas Eyegoyén”, nos salíamos a jugar a la calle, a un costado de la “5 de Noviembre”. Una tarde de esa pasó un camión cargado de policías y yo agarré un puñado de tierra y se los tiré, haciendo con boca un sonido de explosión.

Mi hermano, al darse cuenta, me regañó y yo en mi inocencia decía: “Si no les dije nada…”. Mi abuela también me regañó y nos hincó a rezar.

Después de aquello recuerdo la presencia de mi mamá. Ella nos dijo que nos preparáramos, que nos vistiéramos porque íbamos ir a visitar a la tía Orbe, que también era hermana de mi abuela materna y que vivía a pocas cuadras de nosotros. Su casa estaba a una cuadra de donde hoy está el teatro municipal Roque Dalton, en San Miguelito.

El caso es que llegamos a donde mi tía Orbe, a dónde íbamos también con frecuencia, y todo normal…

Mi tía Orbe cerró la puerta y nos hizo pasar al corredor, que en medio tenía un pequeño jardincito y unas grandes macetas de cemento. De pronto, de un cuarto sale mi padre… Nos quedamos mudos. Tenía bigote y pelos en la barba, poquitos porque era medio lampiño. Pero la cara y los brazos los tenía con decenas de pequeñas cicatrices.

Nos abrazamos todos, mi mamá, mi papá y nosotros, sus hijos… Nos contó que había estado corriendo por entre los montes y que por ello tenía tantas cortadas.

Recuerdo también que mi papá nos enseñó un pedazo de lámina de acero. Era como una pequeña reglita de unos pocos centímetros que había logrado arrancar al catre donde dormía en la celda, en la cárcel de Cojutepeque. En aquella cárcel estaba como desaparecido, es decir, el gobierno de entonces había negado tenerlo preso.

Mi padre aprovechó que las paredes de la cárcel estaban rajadas y ayudado por aquella laminita de acero (que nunca más supe de ella, aunque recuerdo haberla visto después en Praga), logró separar los ladrillos de adobe y por ahí fugarse.

Fue aquella una de las veces que mi padre evadió la muerte y la traición. 

 

 

*Publicado en ContraPunto el miércoles 14 Abril 2010.

 

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