Creado en 17 Diciembre 2015
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Un cuento de Amndré Rentería Meza / Pintura G.Gómez

 

A los Oscar, a Rutilio y a Jesús, por atrevidos.

  

 

 

 

 

   Quien no conociera los antecedentes de Antonio García le hubiera parecido sorprendente que por culpa de sus ideas literarias terminara paralítico y confinado en un manicomio días después de haber presentado su tesis para optar al Doctorado en Letras en la universidad. Viniendo de él, cualquier cosa podría esperarse.

   La divulgación de su estudio generó enorme expectativa en la comunidad universitaria, y como cosa rara, también atrajo la atención de connotados escritores, intelectuales, blogueros, periodistas, tuiteros y una cantidad no especificada de colados.

   Alrededor suyo se hizo una parafernalia publicitaria: Antonio García sacrificó, literalmente, su columna vertebral durante el proceso de investigación, al terminarla cayó en estado de coma durante tres décadas, despertó sin que los médicos se lo explicaran y ahora se dispone a presentar los resultados al público. Era un evento sin precedentes.

                                                                       ***

     La patología literaria de Antonio García comenzó cuando estudiaba en un colegio jesuita a finales de los años sesentas.

   Una vez que aprendió a leer sintió fascinación por el mundo de los libros y a ellos se entregó en cuerpo y alma. Nadie podía sacarle los ojos de las páginas ni para comer. Cuando los sacerdotes encargados de la disciplina escolar lo obligaban a alimentarse para combatirle la severa anemia que padecía, Antonio García solía responder: “No solo de pan vive el hombre”.

     Sus compañeros lo tenían por bicho raro. Al principio lo invitaban a jugar fútbol o una partida de frontón, pero su respuesta siempre fue negativa. Los sacerdotes intentaban por todos los medios que realizara ejercicio físico, pero era en vano. Antonio García prefería tumbarse al suelo a leer las grandes fabulaciones.

     El padre superior pensaba que era un alumno brillante, por esa razón les pedía al resto de sacerdotes de la orden que no lo molestaran que lo dejaran leer con tranquilidad. Fue muy mala idea. La decisión del padre superior salió cara. Antonio García comenzó a encapricharse y a contrariar a los maestros, especialmente, al profesor de literatura.

       Durante una jornada le espetó que lo tenía hasta la coronilla con los autores españoles que estudiaban en el método de Alfonso Landarech. También estaba harto de los griegos, de los africanos, de los ingleses, de los franceses, de los rusos, de los norteamericanos, y sobre todo, detestaba las constantes referencias al nuevo boom latinoamericano… lo que él quería estudiar a profundidad eran los italianos.

     ─Los italianos no están incluidos en el programa ─le dijo serenamente el maestro.

     ─¡A mí el programa me la suda! ─respondió airado García.

     El castigo a su impertinencia fue predecible. Desde el incidente hasta el día de su graduación le prohibieron leer toda clase de textos que no estuvieran apegados al programa académico, lo obligaron a comer sano y lo forzaron a jugar frontón con sus compañeros.

     Para bajarle los síntomas de ansiedad, lo sometieron a los ejercicios espirituales de Ignacio de Loyola, y de vez en cuando, lo llevaron al jardín para que el padre Carranza le hablara sobre el valor de la obediencia.

   Como si no bastara todo eso, todas las noches le programaron largas sesiones de contemplación en la capilla para que adorara al Santísimo Sacramento.

   Fue entonces que ocurrió el milagro. Mientras veneraba en la soledad la pureza del pan sin levadura, depositada en la custodia de oro, Antonio García comenzó a escuchar unos coros celestiales que le anunciaban la buena nueva:

Aleluya, Aleluya

El hijo de Borges se ha sentado en el trono de Dante.

Gloria a Dios en las alturas y Octavio Paz a los lectores de buena voluntad.

Aleluya, Aleluya.

***

   Años después, Antonio García se inscribió, como era natural, en la carrera de Letras. Buscó un programa de una universidad pública. De las instituciones religiosas estaba podrido. Pronto se dio cuenta que su elección había sido errada. Huyendo de los jesuitas aterrizó en el nido de los ateos comunistas.

   Estos solo entendían que las letras estaban en función de la huelga, de la lucha armada, de la arenga a las masas, del antiimperialismo, del porvenir del proletariado… El anonadado Antonio García solo quería estudiar a profundidad a los autores italianos y así los hizo saber a los catedráticos.

   ─¡A mí la revolución me la suda! ─les gritó en un taller de lectura comprensiva.

   Los compañeros de carrera lo marginaron, lo acusaron de blando, de pequeño burgués y de infiltrado. Estuvieron a punto de fusilarlo por enemigo del pueblo, pero entonces apareció en su defensa el eminente doctor Zanelly, a quien nadie se atrevía a llevarle la contraria por su destacada trayectoria.

     Para el doctor Zanelly, Antonio García era el único estudiante de Letras que realmente sabía porqué se había inscrito en la carrera, el resto era eso, el resto.

   Las críticas, las amenazas de muerte y las alabanzas no significaban nada para Antonio García, quien solo escuchaba el coro celestial dentro de su cabeza: El hijo de Borges se ha sentado en el trono de Dante.

   Por esos días los batallones militares invadieron el campus universitario en busca de comunistas y células guerrilleras. Mientras hurgaban en los edificios de las facultades destruyeron todo a su paso. Sus objetos predilectos para quemar eran los libros.

   Antonio García estuvo a punto de encararlos por su comportamiento de colonizador español o de nazi, pero otra vez el eminente doctor Zanelly lo persuadió para que no lo hiciera, no era prudente. Antonio García tuvo un arranque de indignación y le hizo saber espontáneamente su deseo de no asistir más a la universidad.

   ─Estudiar en estas condiciones es imposible ─le dijo.

   ─Tiene razón, García ─le respondió el doctor Zanelly, asustado por el operativo   militar─. Vaya a su casa a estudiar, allí estará más a gusto.

   Disparos disuasivos se oyeron en otro extremo de la universidad. Zanelly pensó que de esa no salían vivos, quiso salir corriendo, pero Antonio García ni siquiera se inmutó.

   ─Voy escribir mi tesis sobre ─ ¡BUM! explotó una bomba a pocos metros de distancia, así que el doctor Zanelly no escuchó el tema propuesto por su alumno─. Me gustaría que usted la asesorara.

   En el aire sonaban sirenas, disparos y gritos de multitudes.

     ─Con mucho gusto, García. Vaya a su casa y trabájela despacio ─le dijo Zanelly para salir del apuro─. Me busca cuando la haya terminado─. Luego lo tomó del brazo y lo sacó casi a la fuerza del alma mater.

***

   Antonio García se encerró en su habitación para trabajar sin descanso. Los días de adolescencia regresaron, nada ni nadie podía desprenderle los ojos de las páginas. No comió, no tomó agua, no durmió y nunca se levantó de su silla. Estaba poseído por el espíritu sublime de los libros.

   Dedicó cuarenta días y cuarenta noches para investigar, tomar apuntes y corregir.

     Poco a poco su cuerpo lo fue traicionando. Comenzó a sentir un profundo dolor en la espalda que lo hacía llorar involuntariamente. Pensó que debía detenerse, pero no lo hizo porque quería presentar su tesis al doctor Zanelly lo más pronto. Estaba convencido que el dolor era un espíritu de pereza que quería apartarlo de su encomienda.

     Cuando se sintió satisfecho de la investigación y del análisis, se dio a la tarea de pasar en limpio el argumento de su tesis. Sin tomar un segundo de receso, inició la transcripción. Tecleó sin cesar las tipografías de la máquina de escribir. Las yemas de sus dedos se llenaron de ampollas, que luego se reventaron una y otra vez. Después vino el pus y la sangre que salpicaba las hojas blancas.

   El dolor de su espalda era aún más tormentoso. Sentía que llevaba una pesada cruz a cuestas o que los centuriones romanos le pegaban furiosamente con sus látigos de cuero. La fatiga que habitaba en su cabeza le recordaba a una corona de filosas espinas incrustada en su frente.

     Antonio García cayó al piso en tres oportunidades devorado por el dolor. “Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz”, decía entre dientes, pero ninguna voz desde el cielo le contestó. Recordó que el dolor era un espíritu de pereza que lo quería apartar de su destino.

   En su espalda aparecieron numerosas erupciones, como sebos de carne que le impedían respirar con facilidad. No se intimidó y siguió escribiendo su tesis día tras día, noche tras noche.

   Una calurosa tarde de marzo de 1980 tecleó el punto final de su investigación. Antonio García suspiró profundamente, la sensación de la pesada cruz se había marchado por completo. Miró el tiradero sobre su escritorio y sonrió al comprobar que había finalizado con éxito siete tomos de investigación.

   Miró el reloj de la pared. Eran las seis de la tarde. Pensó que todavía era una hora prudente para salir a buscar al doctor Zanelly y discutir el contenido de la tesis.

   Cuando Antonio García se levantó de su silla tras un semestre de trabajo sin descanso y dio los primeros pasos rumbo a la puerta, sintió que le faltaba el aire, sus piernas flácidas y un profundo mareo. Un horroroso estruendo invadió su habitación. Apenas y sintió una leve pinchadura, pero su columna vertebral se había partido en dos.

   Antonio García cayó inconsciente en el piso poseído por un profundo sueño negro.

***

     Talan, talan, talan, talan… repicaba en su subconsciente. Talan, talan, talan, talan… seguía escuchando en su cabeza. El talan, talan, talan, talan era tan fuerte que lo fue sacando de la espesa penumbra. Talan, Talan, talan…

     ─¿Por quién doblan las campanas? ─preguntó finalmente Antonio García al despertarse luego de tres décadas de permanecer en coma.

     Abrió los ojos. Se descubrió postrado en una cama que no era la suya. Tenía barba y el cabello largo. Quiso levantarse, pero no sintió sus piernas. Vio que unas enfermeras miraban atentamente la televisión, desde donde provenía el sonido talan, talan, talan, talan.

   ─Señorita ─repitió Antonio García con voz fuerte─, podría decirme, por favor ¿Por quién doblan las campanas?

   ─¡Beatriz, el hombre despertó, despertó! ─expresó Florencia al borde de las lágrimas.

   ─¡Dios Santo! hay que llamar al doctor de inmediato.

   Antonio García no se dio por aludido y repitió la pregunta.

   ─¿Por qué todo este alboroto?, ¿Por quién doblan las campanas?

   Las dos mujeres lo miraban fascinadas, como incrédulas.

   ─Por Francisco ─respondió Florencia. Habemus Papam.

   ─Y es argentino ─concluyó con orgullo Beatriz.

   Una cortina de un inmaculado color blanco inundó la vista de Antonio García, recordó el pan sin levadura y la brillante custodia de oro del Santísimo Sacramento. Los coros celestiales volvieron a sonar claros en su cabeza como en la primera noche:

Aleluya, Aleluya

El hijo de Borges se ha sentado en el trono de Dante.

Gloria a Dios en las alturas y Octavio Paz a los lectores de buena voluntad.

Aleluya, Aleluya.

***

   Los doctores le informaron que había pasado los últimos treinta y tres años de su vida en estado de coma. Era marzo de 2013. Mucha, muchísima agua había pasado bajo el puente. Ahora estaban en la era digital. El muro de Berlín había caído, el neoliberalismo y las privatizaciones ganaron terreno, murió Lady Di en una carretera de París, los Rolling Stones seguían tocando juntos, el mundo entró en pánico con el Y2K, los terroristas derribaron las Torres Gemelas, un afroamericano era presidente de los Estados Unidos, en la mayoría de países de Latinoamérica gobernaban las izquierdas, ocho copas mundiales habían transcurrido sin que ningún equipo superara la goleada histórica de Hungría sobre El Salvador de 10 goles contra 1…

   Antonio García escuchó educadamente lo que le comentaban, pero cuando los médicos iban a darle los detalles sobre su padecimiento, los interrumpió iracundo.

   ─Necesito presentar mi tesis lo más pronto. Debo contactar al doctor Zanelly.

   ─Señor García, le recomiendo que en su estado lo mejor sea descansar.

   ─Sobre descansar ni me hable reflexionó Antonio García. ¿Cuénteme qué fue del doctor Zanelly? Él prometió revisar mi tesis.

   Al principio nadie le hizo caso a sus demandas, pero el impaciente Antonio García, comenzó a encapricharse y a dar problemas a las enfermeras.

   Por medio de amigos que conocían a otros amigos lograron dar con el paradero del doctor Zanelly. Lo encontraron bastante envejecido, como quien dice, en el ocaso de la vida. Sin embargo, todavía mantenía su mente intacta. Su fama de sabio era incuestionable. Le habían otorgado premios y condecoraciones en varios lugares del planeta por su aporte a la cultura.

   Cuando le contaron que Antonio García había resucitado, que había preguntado por él y que recordaba su promesa de revisarle la tesis, casi se fue de espalda. Pero como le guardaba cariño y admiración desde sus tiempos de estudiante accedió a reunirse con él y evaluar su tesis.

***

     ─García, está usted loco ─afirmó el doctor Zanelly cuando oyó el resumen del trabajo.

     ─Nadie que haya sido formado por la Compañía de Jesús puede terminar bien de la cabeza.

     ─En eso usted tiene usted razón. Pero debe de saber que las cosas han cambiado en el mundo. Nadie cree ya en la inspiración divina. Los pastores de iglesia y algunos futbolistas se refieren a eso constantemente, y créame, es chocante… Jesús aquí, Jesús allá, a mí me produce náuseas.

   ─No me importa.

   ─Los ateos son muchos…

   ─No me importa. Antes me enfrenté a ellos, no les tengo miedo.

   ─Estos no son los mismos. Son mucho más crueles y refinados, te atacan viralmente con memes en Facebook y Twitter. Tus deslices los suben a Youtube y en segundos te convierten en el hazme reír de todos.

   ─¿De qué está hablando, doctor Zanelly?

   ─Olvídelo, no recordaba que usted estuvo tanto tiempo en coma.

     ─Tiene que ayudarme a divulgar esto. La profecía se ha cumplido.

   ─¿Qué profecía?

   ─Volví a la vida desde el oscuro sepulcro el día en que El hijo de Borges se sentó en el trono de Dante. ¿Y sabe qué es lo más sorprendente de todo?

   ─No, García, no lo sé.

   ─Desde el día en que yo caí en coma hasta el día que desperté, transcurrieron treinta y tres años, la misma edad en que murió Cristo. ¡La profecía se cumplió!

   Al escuchar aquello el emérito doctor Zanelly, que nunca había sido un hombre de fe, sintió el cuerpo frío, dobló sus rodillas y balbuceó:

   ─Señor mío y Poeta mío, hágase tu voluntad.

***

   El auditorio estaba a reventar desde muy temprano. Decenas de personas se acomodaron en las butacas con horas de anticipación. Otros maldecían afuera del edificio porque no lograron entrar. Unos pocos se colgaron de los ventanales para no perder detalle.

   Como el público que había quedado afuera era mucho, los estudiantes se organizaron para solicitarle al administrador del auditorio que conectara unos altoparlantes que les permitieran seguir de cerca la ponencia.

   Los que asistieron a la defensa del proyecto creyeron ser testigos de un momento histórico de la literatura universal.

   Las eminencias universitarias, los estudiantes, los mequetrefes, los críticos, los periodistas y un buen número de activistas de Memes Literarios y de Acción Poética comenzaban a impacientarse por la espera, cuando de pronto entraron los cuatro miembros del jurado, impecablemente vestidos con togas y birretes.

     Justo después ingresó el eminente doctor Zanelly, caminando lentamente y apoyado de un bastón. El auditorio aplaudió con fuerza al verlo entrar, pero él no saludó como acostumbran las celebridades, por el contrario, fue a sentarse directamente a la silla que le habían reservado.

   Cuando apareció Antonio García en su silla de ruedas ─que era empujada por una joven que realizaba sus horas sociales─ los aplausos sonaron más fuertes. Las personas, incluso, se levantaron de sus butacas para ovacionar al hombre que había entregado su columna vertebral como ofrenda a la literatura.

     Los que no batían las palmas, grababan vídeo con sus teléfonos móviles o se hacían selfie, que luego compartían orgullosos en las redes sociales. En sus muros recibían a cada segundo centenares de notificaciones de like y mensajes de felicitaciones de sus contactos.

   Antonio García, que iba vestido como un mamarracho, llevaba sobre sus piernas los siete tomos de su tesis debidamente empastados. Los puso sobre una mesa y le pidió a la estudiante de servicio social que lo llevara al centro del escenario.

   En el auditorio hubo completo silencio. Cuando le entregaron un micrófono inalámbrico, Antonio García comenzó la exposición de su tesis sin rodeos. Nada de saludos ni lisonjas al jurado, al público y a la prensa. Ni buenos días dijo. Fue directo al grano:

   Tesis: Cristo, alegoría a la muerte y resurrección de la literatura.

   La Virgen María tenía un dilema: ¿Iba a decidirse por la pureza del Arte o por las labores de casa? Optó por la primera opción y rechazó a José, su prometido. Como cosa rara, las mujeres siempre prefieren a los animales antes que a los hombres: Eva apostó por la serpiente, María por el ave.

   José, que se había marchado con el corazón roto, fue persuadido por un ángel para que asumiera la sangre escritora de sus antepasados ─entiéndase los textos atribuidos a David y Salomón─ para que regresara con María y formara intelectualmente al niño que estaba por nacer…

   La gente en las butacas comenzó a murmurar y a producir ruidos graves con la garganta. Antonio García seguía exponiendo.

   El niño Jesús les habló a los maestros de la ley sobre que el Espíritu del Arte, libre como el vuelo de un ave, le había revelado que también obraba en otras regiones lejanas del universo: Rabinal Achí, Popol Vuh, Ollantay, Chilam Balam, Nezahualcóyolt… Los maestros de la ley no daban crédito a lo que oían, ¿Qué lengua tan extraña hablaba el niño?, ¿Estará poseído por el demonio?

   Una risa potente, pero solitaria se escuchó en todo el auditorio. Los siguientes minutos de exposición transcurrieron de la misma forma.

   Cristo había profetizado La Rebelión en la Granja cuando lanzó a los cerdos endemoniados por el acantilado. El Maestro también había predicho El Viejo y el Mar al contemplar a Pedro con sus redes vacías. El Señor también anunció a Los Miserables cuando dio de comer a más de cinco mil hambrientos en el monte.

   En la sala sonaron débiles abucheos de desaprobación. Unos cuantos comenzaron a salir del auditorio decepcionados. Les habían hecho perder el tiempo. El resto se quedó escuchando el argumento por puro morbo. Otros crearon un hashtag #DelirioLiterarioenlaU, que pronto fue trending topic. Eran filas y filas de burlas.

   Adonaí también predijo El informe sobre ciegos. Y cómo olvidar que anunció Una Cuestión Personal cuando sanó a la hija del centurión Romano. ¿Recuerdan que el Hijo del Arte es un vagabundo y no tiene madriguera como los zorros? Fueron señales claras de On the Road. Caminar sobre el agua eran proyecciones del Viaje a la Luna y las ficciones de Verne.

   Alrededor de la fogata los apóstoles se preguntaban entre sí cuál era el trasfondo del mensaje del Maestro porque no entendían ni una sola palabra. Podemos asegurar entonces que estaba profetizando el dadaísmo.

   Las borracheras con vino solo pueden llevar a la sombra de Bukowsky. Las reuniones con prostitutas eran el augurio de Sade. “Mira que soy yo quien llama a la puerta”, es sin duda Blake, Huxley y Morrison. Y la planta de higo que maldijo es sinónimo de las Flores del Mal.

   ¿Y la adultera? quien si no Madame Bovary… ¿Y sus días retirado en el desierto? Vaya si no es Walden. ¿Y las bodas de Caná? Es la fiesta de los Capuletos… Cristo anunció el Quijote de la Mancha, porque para los ojos del pueblo de Jerusalén, él iba montado en un burrito, pero en sus sueños, él iba cabalgando a Rocinante.

   Sonoras carcajadas se hacían eco en el auditorio. Los cuatro miembros del jurado fruncían el entrecejo y miraban furiosos el reloj. Antonio García llevaba tres horas exponiendo su teoría. El doctor Zanelly tenía el rostro sonrojado, deseaba como nunca que la muerte lo llevara.

     Antonio García iba a continuar el alegato cuando un miembro del jurado le gritó que ya había sido suficiente, que de una vez por todas dejara de hablar tonterías. Todo el auditorio guardó silencio.

   ─¿A qué quiere llegar con todo esto, señor? ─preguntó otro evaluador visiblemente irritado.

     Antonio García levantó la vista por unos segundos, hizo caso omiso de la pregunta y siguió. El auditorio estaba completamente estupefacto.

   La noche en que Cristo fue apresado sabía que su cuerpo iba a morir, pero que al resucitar devolvería el libertario Espíritu del Arte a su madre, a un grupo de mujeres que no se definen en los textos ─¡Académicos necios que margináis a la mujer sin razón! ─ y a los apóstoles…

     Pero lo interrumpieron nuevamente, esta vez desde la tribuna.

   ─¿Y qué fue del legado de Judas? ─le preguntó un asistente, inspirado por el espíritu niezstchesiano.

   Antonio García hizo una breve pausa, lo miró directamente a los ojos y le respondió:

─El legado de Judas son ustedes ─dijo con firmeza─. Han vendido al Hijo del Arte a la industria millonaria del mainstream ─expresó. Tomó aire y continuó aún más envalentonado─. Pero El hijo de Borges se ha sentado en el trono de Dante, es el día en que actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo ─alzó las manos y dijo─. ¡Reciban al Espíritu del Arte!  

   Su respuesta solo consiguió enfurecer aún más a la sala. Le lanzaron bolas de papel, lapiceros, agendas, basureros. De más está decir que lo insultaron, lo injuriaron, lo escupieron. “¡Cómo se atreve este fanático, sinvergüenza!”, fue el veredicto del jurado universitario.

   ─¡Mesiánico! ─gritó alguien del público.

   ─Vete a chingar a tú madre, cabrón…

   ─Hagan lo que él les diga ─dijo una mujer en tono de burla.

   ─Si Cristo te habla al oído por qué no te hace el milagro y caminas directo a la concha de tu madre.

   El doctor Zanelly le hizo una mueca a la estudiante de servicio social para que sacara del escenario al vilipendiado Antonio García. La chica evadió con soltura los objetos que le lanzaban. Agarró la silla y la empujó a través del pasillo.

   Cuando el doctor Zanelly se apresuró tras de ellos, un miembro del jurado lo tomó por el brazo y le dijo:

   ─Se ha burlado de la Academia al recomendar a este loco… Usted es un impostor.

   ─¡A mí la Academia me la suda! ─respondió sonriente Zanelly, inspirado por el mismo fuego que devoraba a Antonio García.

***

   Como era de esperarse, un breve vídeo sobre los momentos más divertidos de la presentación de la tesis se regó como pólvora en las redes sociales. Numerosos memes fueron dedicados al doctor Zanelly, al Jurado y al denigrado Antonio García. Cada post acumuló variopintos mensajes.

     Uno que otro cómico le dedicó un espacio en su stand up, los cantantes compusieron canciones recordando el suceso y los críticos culturales escribieron inmisericordes columnas de opinión en los periódicos impresos y digitales.

   Las burlas eran tan persistentes que luego se transformaron en campañas despiadadas en contra de Antonio García: Indignados, #YoSoyJudas, y la más exitosa, #EnciérrenloYa.

   Como las autoridades temieron una Primavera Literaria en las calles, lo encerraron bajo candado en el hospital para locos.

***

   Abandonado en un solitario pabellón del manicomio, Antonio García contempla las estaciones que caminan lentamente detrás del cristal de la ventana. Cree estar muerto en vida. Le prohibieron leer por el resto de su existencia.    

   Cuando recuerda la causa de su infernal castigo, siente ganas de llorar. Pero entonces, un coro de ángeles acude desde el cielo para consolarlo:

Bienaventurados los que sufren bullying, pues de ellos es el Edén, el Placer y las Letras.

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