Creado en 12 Enero 2011
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Por Benjamín Cuéllar Martínez (*)

 

“Me quedan algunos meses de vida.

Los elegidos de los dioses,

seguimos estando a la izquierda del corazón.

Debidamente condenados como herejes”.

(Roque Dalton)

 

En sus inicios, la década de 1960 no era la mejor época para el reconocimiento positivo interno e internacional de los derechos humanos. Pero durante el transcurso de la misma, se aprobaron importantes instrumentos normativos que contribuyeron decisivamente al avance y la consolidación de dicha “positivización”. Eso costó enormes sacrificios, sobre todo humanos; pero es indiscutible tal progreso. Sin embargo, en la actualidad –sino exactamente igual que antes, bastante parecido– el respeto de los derechos humanos en el mundo sigue siendo precario. Reconocerlos no significa, automáticamente, respetarlos. Pero la diferencia que deseo reiterar y por ende destacar es que, hace cincuenta años, quienes los defendían no contaban con abundantes y fuertes herramientas legales para desarrollar su labor.

 

 

En ese entonces, también en nuestro país las personas dispuestas a solidarizarse activamente con las víctimas individuales y colectivas de la exclusión económica y social –que igual lo eran de la represión oficial, por considerarlas “enemigas” del régimen– lo hacían contando con escasos documentos normativos; no tenían mucho de dónde agarrarse: se contaban con los dedos de la mano las convenciones y las declaraciones, los pactos y sus protocolos facultativos, las leyes y sus reglamentos. Por eso, desde su pasión, recurrían a otras fórmulas como la imaginación y la creación.

 

 

Roque fue de esa gente imprescindible e irrepetible, que desplegó como el mejor tales posibilidades. Su vida le fue arrebatada por sus “compañeros” de armas hasta ahora impunes. Él estaba dispuesto a ese sacrificio, en aras de la causa de la dignidad de las personas y los pueblos. Pero se equivocó de verdugos. Esas purgas fueron de las prácticas más infames contra los derechos humanos, que casi nadie se atrevió a denunciar mientras permaneció idealizada la izquierda militarista, vertical y autoritaria. Antes de morir, Roque –“Julio Dreyfuss” en las filas del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP)– se dedicó a escribir tratados humanitarios en prosa y poesía. Acusado de “bohemio” y “pequeño burgués”, “miembro de la Agencia Central de Inteligencia” (CIA) y “colaborar del enemigo”, fue cobarde e injustamente ejecutado hace treinta y cinco años junto a Alejandro Arteaga, conocido como “Pancho”. Dos de sus asesinos, hoy son parte ignominiosa del sistema contra el cual se enfrentaron.

 

 

Sé que no siempre denunció con sus recursos literarios la opresión. ¿O sí? Estaba pensando, perdón, en uno de sus primeros escritos que conocí por particulares razones que no vienen al caso comentar. El “Poems in law to Lisa”, su amada de entonces, a quien le decía de entrada: […] desde que te amo,/ odio a mi profesor de Derecho Civil. En realidad, sí era una queja contra el despotismo docente entendible y válida durante su paso por la “U”; también era una oda al derecho al amor y la felicidad.

 

 

A su modo se refirió a los históricamente mancillados derechos económicos, sociales y culturales, cuando soñaba el país por venir. En “El Salvador será”, además de soñarlo “lindo” y “serio”, también lo dibujó sin engañarse ni engañar lo que entonces era: El problema es que hoy El Salvador/ tiene como mil puyas y cien mil desniveles/ quinimil callos y algunas postemillas/ cánceres cáscaras caspas shuquedades/ llagas fracturas tembladeras tufos. He ahí las causas estructurales de la injusticia explosiva: la exclusión y la miseria producto del despojo ancestral, los salarios de hambre, la desatención de las mayorías populares que morían por falta de hospitales y medicinas, su permanencia forzada en el mundo de la ignorancia como recurso para mantenerlas oprimidas en medio del analfabetismo.

 

 

Entre la historia de esas “shuquedades” se encontraba la dictadura responsable del baño de sangre ocurrido a inicios de 1932. La denunció para mantener la memoria histórica cuando, al referirse al general Maximiliano Hernández Martínez, escribió: Dicen que fue un buen Presidente/ porque repartió casas baratas/ entre los salvadoreños que quedaron…

 

 

También cuando apuntó: Todos nacimos medio muertos en 1932/ sobrevivimos pero medio vivos/ cada uno con una cuenta de treinta mil muertos enteros/ que se puso a engordar sus intereses/ sus réditos/ y que hoy alcanza para untar de muerte a los que siguen naciendo/ medio muertos medio vivos. Y no dejó pasar la impunidad que protegió a los responsables de la masacre, al expresarse así: Y como todos somos medio muertos/ los asesinos presumen no solamente de estar totalmente vivos/ sino también de ser inmortales./ Pero ellos también están medio muertos/ y sólo vivos a medias.

 

 

Las violaciones de los derechos civiles y políticos, “cánceres” de la democracia, eran el pan de cada día. A la tiranía de Hernández Martínez le siguieron las sucesiones presidenciales entre los militares que alcanzaban a terminar su “mandato”, los golpes de Estado, los comicios con sólo un partido en “contienda”, los fraudes electorales y la represión contra cualquier expresión opositora al régimen. Tal estado de cosas aceleró precisamente eso: más descontento y la explosión de la rebeldía popular. Por eso, los “hacelotodo” hicieron lo que pocos creían posible allá por 1970 y lo único que se podía hacer contra la madre de todos los males: la oligarquía.

 

A esa, sin pelos en la lengua, le increpó: Oh oligarquía/ ma/ drasta con marido asesino/ vestida de piqué como una buitre/ acechaste en las ramas del enredo de la Historia/ ridícula como todo lo malo/ hay que acabar contigo gorda/ asna con garras/ tigra de palo/ cruel y más cruel y todavía odiando/ te haces cargo de la  delicia del pollo/ no de la horrible retorcida de buche del traspatio/ cenas con el  abogado/ pero sólo dormís tranquila por el pobre cuilio maje. 

 

 

Con su dedo escrutador, escritor e inculpador se pronunció a favor de las víctimas del sistema abusador: En nombre de quienes lo único que tienen/ es hambre explotación enfermedades/ sed de justicia y de agua/ persecuciones condenas soledad abandono opresión muerte./ Yo acuso a la propiedad privada de privarnos de todo.

 

 

De esa bestia y su dictadura guardiana, el pueblo recibió las balas asesinas lanzadas por su mejor recurso: los policías y los guardias, que también eran pueblo. Y Roque condenó esa barbarie: Siempre vieron al pueblo/ como un montón de espaldas que corrían para allá/ como un campo para dejar caer con odio los garrotes./ Siempre vieron al pueblo con el ojo de afinar la puntería/ y entre el pueblo y el ojo/ la mira de la pistola o la del fusil. Por eso, para avanzar hacia ese “lindo y sin (exagerar) serio país” había que darle a El Salvador un poco de machete/ lija torno aguarrás penicilina/ baños de asiento besos de pólvora.

 

 

Y así reivindicó el ejercicio del derecho popular a la insurrección, proclamado en Francia con la nueva Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano en 1793. Premonitorio, reveló lo que vendría por la mezquina tozudez de los poderosos: Que lo piensen mucho/ pero entre tanto/ que no se muestren sorprendidos/ ni mucho menos pongan cara de ofendidos/ hoy que ya algunas balas/ comienzan a llegarles desde este lado/ donde sigue estando el mismo pueblo de siempre/ sólo que a estas alturas ya viene de pecho/ y trae cada vez más fusiles.

 

 

Con similar valía, el quijotesco bardo guanaco y universal escribió querellante –en el “Coro menor de la quinta bartolina”– […] yo que ya llevo cinco años en la Segunda Instancia,/ yo que por el jurado gordo y blanco aquél me he quedado silbando/ puño en quijada y corazón a cuestas,/ yo que por el Fiscal que nunca vio a mi madre/ ciega la pobre de llorar por mí y yo inocente,/ sin culpa apenas/ de las urgencias de su carrera de buitre […] Derechos al debido proceso, las garantías judiciales, a un pronta y cumplida justicia, ¡por favor!

 

 

Antes compuso, lúcido y adelantado, el poema “Para la paz”. Ese derecho –hoy en día uno de los más reconocidos globalmente, pero también uno de los más violados– lo motivó a escribir lo que en esa época de control militar absoluto era requerido: Nos robaremos todos los fusiles, apresuradamente. Y quizás sin haber leído los convenios de Ginebra, en seguida plasmó en el papel su intuitiva poética visión acerca del derecho internacional humanitario: No hay que matar al centinela, el pobre/ sólo es función de un sueño colectivo/ un uniforme repleto de suspiros/ recordando el arado.

 

 

Y tras la tormenta, describe lo que le faltó al país para que llegara la calma; para cumplir el fin último del primer acuerdo entre la ex guerrilla y el entonces gobierno salvadoreño –el de Ginebra, firmado el 4 de abril de 1990– que era la  pacificación del país: […] y enterraremos esperanzadamente a todos los fusiles, para que una raíz de pólvora haga estallar en mariposas/ sus tallos minerales/ en una primavera gutural y altiva/ repleta de palomas. Roque no ofreció enterrar los fusiles sino “a todos los fusiles”, tanto los materiales como los mentales y los demás para –parafraseándolo– curarnos la goma histórica, adecentarnos, reconstituirnos y andar como un solo país.

 

 

La Declaración de derechos del buen pueblo de Virginia, de 1776, entre otros reconoce como tales el gozo de la vida y la búsqueda de la felicidad. Roque fue fiel a estos principios y los defendió para su pueblo con puño y letra, con la vida. Tengo la impresión –no lo conocí personalmente, pero por todo lo que he sabido más que nada conversando con Juan José– gozó vivir y fue feliz siendo él y haciendo lo que él creía que debía hacer desde la autenticidad y la coherencia.

 

 

A treinta y cinco años de su asesinato, los responsables de ese atroz hecho no duermen tranquilos; no son felices ni gozan la vida. Porque aún refugiados en la clandestinidad europea, siendo asesores de presidentes latinoamericanos violadores de derechos humanos u ocupando cargos en un gobierno del “cambio” que sigue igual, sin honrar a las víctimas con verdad y justicia, el alegre e irreverente Roque los persigue con su desenfado, su humor y su legitimidad. Su dedo flamígero les impide el “buen vivir”, al señalarlos siempre para reivindicar la dignidad propia y la de esas mayorías populares desatendidas por los poderes intocables, formales, ocultos y “celestiales”.

 

 

Y lo hizo en vida y lo sigue haciendo, riéndose de los sicarios que lo ejecutaron, porque era capaz de burlarse hasta de sí mismo en estos términos: No, no siempre fui tan feo./ Lo que pasa es que tengo una fractura en la nariz/ que me causó el tico Lizano con un ladrillo/ porque yo decía que evidentemente era penalty/ y él que no y que no y que no/nunca en mi vida le volveré a dar la espalda a un futbolista tico. Quien no disfruta la fiesta y la guasa anda mal, pues son de lo mejor en la vida. Quien no las tiene y las vive, sin ofender a nadie, está jodido. Y a Roque le sobraban hasta para regalar.

 

 

A esos políticos acartonados, falsarios y engañadores, polistepesquianos aduladores y deseosos de ser adulados, marrulleros, amigos entre ellos, locos por llegar al poder para “redimirnos”, capaces de regañar pero sin admitir regaños, endiosados y odiosos, deseosos de pasar a la historia sin darse cuenta que la historia pasará encima de ellos, les sienta bien un fragmento de la conversación que Roque incluyó en el “Pobrecito poeta que era yo”; la del “party”, entre poetas arrabaleros y desfachatados igual que él, integrantes de la “generación comprometida” más el “shute” chapín de Otto René Castillo:

 

-   Sí, y lo que más me da en las de ping-pong es la hipocresía. Yo no le tengo miedo a las palabras, yo nado en el petróleo carnívoro de las palabras, y a ellas me encomiendo, lo mismo que a San Blas, patrono de las enfermedades de la garganta.

-   A propósito de San Blas, acurrucáte y me la jalás.

-  Las palabras son […] mi ayúdame-a-vivir, mi caldo de puyas, mis espumillas de a cuis, estoy valído con ellas de la tuzquia, del me aparto y revira contra antiparrandal, y de la bolsa izquierda y formamos parte del mismo club de capirucho, del toque y cuarta, de yorta y de pra. Con las palabras juego ‘vamos a la vuelta del toro toro-gil’ y ‘ladrón librado y `’esconde el anófeles’ y ‘aprieta canuto’.

-  Buscá trabajo, cerote, que la paja no da de comer.

 

 

Pasarán aquellos especímenes, porque son “aves de paso”. Mientras, el Roque teórico y práctico defensor de los derechos humanos seguirá inspirándonos bien fresco y desafiante.

 

 

Benjamín Cuéllar, director del Instituto de Derechos Humanos de la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas” (UCA) de El Salvador

 

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