Creado en 12 Enero 2011
Imprimir

Por Rafael Menjívar Ochoa (*)

Una de las causas probables de que no se haya logrado trazar un canon poético en El Salvador es no sólo la falta de escritores –los hay en suficiencia–, sino que uno solo de ellos, Roque Dalton, se llegó a convertir en un canon en sí mismo.
 
Visto desde cierto punto de vista, sonará a una afirmación optimista y satisfecha. No lo es. La percepción de la obra de Dalton –e incluso su simple nombre– han mantenido a la sombra a poetas de buena talla y vigencia, como Hugo Lindo, Pedro Geoffroy Rivas y Oswaldo Escobar Velado, pertenecientes a la generación anterior, y durante los últimos 35 años, desde su muerte en mayo de 1975, ha sido un peso que han debido cargar los escritores más jóvenes, desde muchos de sus casi contemporáneos hasta los que apenas se inician en las letras.
 
La responsabilidad no es obviamente de Dalton; él hizo lo que tenía que hacer con su obra y con su vida. Su posición de “compromiso” con causas políticas y sociales fue acogida con entusiasmo por una generación de poetas que de algún modo –y a veces sólo mediante la poesía– participaron en la guerra, como después por los que no la hicieron pero hubieran querido estar allí, o hacer una nueva para no quedar fuera de lo que el canon exigía.
 
Y lo que el canon ha exigido es el sacrificio en la calidad de la obra a favor de la lucha política, y de allí hasta llegar al socialismo. El propio Dalton lo señala de manera más que explícita en la antología “La ternura no basta”, que él mismo preparó en La Habana en 1973, antes de su regreso a El Salvador:
 
“Por nuestra propia experiencia y en nombre de tanto creador latinoamericano silenciado por la censura, la cárcel o la muerte, comprendimos en Cuba que el gran acto cultural de nuestra época y de nuestros países no es la creación individual de una obra bella, sino la acción revolucionaria, la lucha por la revolución que creará las condiciones reales para que nuestros pueblos puedan ejercer todas sus capacidades creadoras. En América Latina, hoy esa acción, esa lucha, es previa, histórica, moral y culturalmente, a la creación artística. Y los escritores y artistas debemos ser consecuentes con esa prioridad.”
 
Es evidente que Dalton podía escribir como mejor le dieran el talento y el trabajo, y podía lanzar los manifiestos que quisiera acerca de lo que un poeta debe, puede, quiere o no lograr; ya muchos lo habían hecho antes que él y otros lo han hecho después. El problema apareció cuando, después de su asesinato –y en buena medida a causa de él–, las opiniones de un poeta, sustentadas por buena parte de su obra, se convirtieron en materia de fe, más que de literatura: había que seguir el ejemplo del poeta mártir, que había sustentado sus ideas con su vida. No es muy diferente a la posición a veces acrítica que aún llega a adoptarse, aunque el contexto y las proporciones sean diferentes, con el Che Guevara.
 
UTILIDAD Y POESÍA
Con la guerra en marcha en El Salvador, para las organizaciones insurgentes resultaba conveniente usar a Dalton y sus tesis como una herramienta más de lucha, darles un valor utilitario para algo que no lo es de manera directa. Los propios poetas y académicos de la izquierda lo adoptaron así, y Roque Dalton se convirtió más en una bandera que en un punto de referencia estético. Los imitadores o “emuladores” fueron legión, y no hacía falta tener toda la formación poética e intelectual de Dalton para ser “poeta comprometido”; con el “compromiso” bastaba, y los años ochenta se convirtieron en un inventario de textos poco originales o simplemente malos que a veces debían pasar por el ojo de algún comisario político antes de publicarse en plaquettes, boletines propagandísticos o encendidos recitales.
 
Se generó, a partir de ello, una posición peligrosa y dañina, que persiste hasta la actualidad: Roque Dalton era la cumbre de la poesía salvadoreña. Se confundió su “ejemplo” vital con la calidad y el carácter de su obra, y se le presentó como el poeta insuperable, el parámetro inamovible, la estatua más grande –si no única– en medio de la avenida principal. Para ser poeta, había que escribir según los enunciados ya no sólo de Roque Dalton, sino también de los que fueron planteando sus apólogos, que no tenían por qué ser gente de letras, o no tenían a las letras como objetivo.
 
Dicho planteamiento tuvo efectos secundarios como el ya mencionado: en lugar de estructurarse un canon, se creó uno a la medida de Dalton, y el resto de la literatura nacional sólo puede verse como algunas figuras dispersas con poca relación aparente además de los datos externos: pertenecieron a tal generación, se inscriben dentro de tal corriente, etcétera. Como ejemplos, en las universidades se produce una cantidad desproporcionada de tesis acerca de Dalton, las pocas revistas siempre tienen un nuevo enfoque sobre él, y no necesariamente de su obra, y es casi imposible encontrar algún estudio acerca de sus verdaderos aportes a la literatura, que sin duda los tuvo. La mayoría de los trabajos giran alrededor de su circunstancia personal, aderezados con algo de su trabajo a manera de ilustración.
 
Los poetas jóvenes se encuentran con un panorama desolador, armado por los “mayores” (otros poetas, académicos o críticos): la poesía será como la de Roque Dalton o no será. En otras palabras, se les condena al anquilosamiento o a no ser reconocidos a su vez como poetas, en un oficio en el que la novedad, la originalidad, el movimiento, son condición fundamental.
 
DE REVOLUCIONARIO A TODO LO CONTRARIO
La paradoja es que el poeta revolucionario por excelencia, que es como se lo presenta, se llegó a convertir en una figura reaccionaria gracias a sus apólogos. El poeta de sólida formación, siempre experimental, siempre iconoclasta, se volvió en el obstáculo para la evolución de la poesía de los jóvenes. Hay que insistir: no es Dalton el responsable de este hecho –él ya estaba muerto–, sino quienes lo convirtieron en un icono inexpugnable.
 
Y, desde luego, ha habido consecuencias, que cada vez se observan con mayor frecuencia entre los poetas más jóvenes.
 
Junto con los que aceptan este canon tan particular, se encuentran quienes simplemente niegan a Roque Dalton cualquier mérito poético, ya no se diga político. La reacción es lógica: en la mezcolanza de ideología y estética que se ha armado a su alrededor, los textos que se muestran como emblemáticos son los menos interesantes de Dalton, los menos rigurosos, los que menos tienen que enseñar a un joven que se ha criado en tiempos de paz.
 
La posición más sana es la de conocer la obra de Dalton como la de un poeta emblemático para las letras nacionales, pero no un poeta “total”, ponerlo en un contexto más amplio y aprender de él lo que tiene de importante en materia poética. Aún no parece ser la predominante, pero lleva a un punto interesante: ver a Dalton como parte de un proceso más amplio y buscar de dónde vienen sus hallazgos y sus aciertos, esto es: buscar a sus maestros, sus influencias. Ello ha llevado a muchos jóvenes a irse a las fuentes de Dalton, y encontrarse con poetas más que básicos: Huidobro, Parra, Eliot, García Lorca, etcétera.
 
Hay una tendencia interesante entre los poetas nacidos en los años ochenta: al negar a Dalton como el obstáculo colocado por los “mayores”, la monotonía de la poesía de los años de la guerra y posteriores se está convirtiendo en todo lo contrario. Según lo muestra la antología “Una madrugada del siglo XXI”, de Vladimir Amaya, publicada hace apenas unas semanas, hay un surgimiento casi desmesurado de propuestas poéticas, en las que la influencia de Roque Dalton es difícilmente detectable, aunque no la de sus maestros. Hay una ruptura radical con lo que se ha escrito en el país. Nuevas formas, nuevos recursos, nuevos temas, nuevos planteamientos y, sobre todo, modos diferentes de escribir poesía. De los 34 antologados por Amaya, no hay dos propuestas similares. Existirá, fuera de la antología, todo un mundo de seguidores de Dalton, pero no deja de ser un hecho sintomático.
 
Lo que ocurre con respecto a Dalton entre los poetas más jóvenes es lógico: en algún momento ocurrirá una rebelión social de algún tipo en contra de “los mayores”, y Dalton, a 35 años de su muerte, es el “mayor” con el que es necesario romper para poder seguir viviendo.
 
(*) Rafael Menjívar Ochoa es escritor y fundador de La Casa del Escritor

RDarchivo