Creado en 10 Enero 2015
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Para nadie es un secreto: la cultura y la justicia están divorciadas en El Salvador, y este secreto a voces se maneja de la peor manera con sus hijos, los ciudadanos.

Por Margot Vieytez Ruan (*)

San Salvador.- Para nadie es un secreto: la cultura y la justicia están divorciadas en El Salvador, y este secreto a voces se maneja de la peor manera con quienes son su responsabilidad directa, los ciudadanos.

Si por cultura se adopta la definición estructural, entonces se está diciendo que esta es el conjunto de acciones, objetos y enunciados que se convierten en significativos para una sociedad, pero que no se dan al azar, sino ubicadas en una situación particular de relaciones de poder (Thompson, 1991). Si por justicia se adopta la definición de Ulpiano, entonces se establece como la constante y perpetua voluntad de darle a cada quien lo que le corresponde; y en El Salvador se encomienda al Estado administrarla bajo las funciones legislativa y judicial.

La ruptura entre ambas se comprueba en los mensajes confusos para los ciudadanos, algo que no contribuye a forjar un buen futuro social.

La cultura –y como producto de ella, la identidad– no ha dejado de hacer suyas las palabras del personaje más ejemplar que ha surgido en la sociedad salvadoreña, como lo es Monseñor Óscar Arnulfo Romero. Desde antes de morir a manos de quienes aún se esconden tras la impunidad, su figura y mensaje se han convertido en símbolos de amparo y de verdadera justicia para este pueblo. Su legado ha transcendido fronteras al punto de que a partir del año 2010, el 24 de marzo ha pasado a ser el «Día Internacional por el Derecho a la Verdad en relación con Violaciones graves de los Derechos Humanos y de la Dignidad de las Víctimas», proclamado por la ONU como un símbolo y ejemplo a seguir en el mundo entero por todos los que trabajan en la defensa de estos derechos. La posibilidad de redefinirnos en El Salvador, como miembros de una sociedad que se maneje dentro de una cultura de paz, quedó ya cimentada con su mensaje.

Y a partir de este año, en honor a Roque Dalton, el 14 de mayo ha sido proclamado por la Asamblea Legislativa, como el Día Nacional de la Poesía. Un justo y merecido homenaje para el poeta salvadoreño que es considerado como el más leído e internacional; y algo que va a ser conmemorado no solo a nivel nacional, sino por toda la comunidad intelectual a nivel mundial que admiran y difunden su original obra literaria de gran contenido social.

El manejo de estos dos casos me permite pensar que los diferentes actores que trabajan para la construcción de una nueva cultura orientada hacia la paz, parecen estar haciendo un buen trabajo, pues a pesar de las conflictivas relaciones de poder en las que la sociedad continúa inmersa, los productos de su lenta pero incesante labor, no dejan de enviar los mensajes correctos a la ciudadanía.

Pero la justicia sigue dando claras señales de que corre en sentido contrario, pues sus acciones no dejan de desvirtuar lo obtenido como un triunfo social por la primera. Comenzando porque sigue sosteniendo una ley de amnistía que evita que se resuelvan crímenes de lesa humanidad como la masacre de El Mozote, a pesar de que cortes internacionales de justicia no dejan de recordarle, que este tipo de crímenes no prescribe.

En el caso de Monseñor Romero, cierra sus puertas y guarda silencio cada vez que se le habla de resolver de manera definitiva el caso de su asesinato.

Con Roque Dalton sucede, que a 38 años de haber sido asesinado, su cuerpo aún no ha sido encontrado y la justicia sigue cerrando toda posibilidad de asentar legalmente la culpabilidad de quienes son señalados como los autores de este crimen. Hasta el presente niega a la familia el derecho a ver juzgados a quienes actuaron por su cuenta, fuera de la ley; pero la condena a la pena de ver a estos victimarios, circular incluso como miembros de la vida pública.

Esto es lo que permite afirmar que el quehacer cultural insiste por décadas, pero al final «logra» victorias como estos importantes y hermosos reconocimientos que aquí se mencionan. Pero con la justicia ocurre todo lo contrario, pues en ambos casos, «niega» o asume no enterarse cuando se le reclama por la parte que le corresponde hacer, que está pendiente para ambos desde hace más de treinta años, y que insiste en dilatar.

Sin embargo, la paradoja es que la justicia sí está muy dispuesta a celebrar los triunfos de la primera. Asume el papel de vocera para anunciar desde sus canales oficiales los triunfos que todo el intrincado quehacer cultural ha forjado y, en estos dos casos de manera muy particular, en medio de mucha oposición de parte de grupos sociales poderosos. ¿No es esto cinismo? La justicia se une a conmemorar sin haber hecho su parte. ¿Debe aceptarse?

Esa justicia es la que celebra y conmemora, a pesar de que no ha dado a cada uno de estos personajes el derecho a que sus ejecutores –quienes los privaron del derecho a la vida, el más fundamental que existe–, sean juzgados por esa irreparable pérdida para sus familias, pero también para la sociedad. En ambos casos, la justicia sabe que estos dos ilustres personajes, fueron acallados por la impunidad debido a la fuerza y la incómoda verdad de sus palabras. No hace nada, impide su reivindicación, pero es la primera a festejar.

Pero lo peor –al igual que toda pareja divorciada en la que una de las partes no acepta dialogar con la otra–, es el mensaje a quienes dependen y se forman bajo su tutela: la ciudadanía. Las víctimas y familiares relacionadas a estos crímenes, viven esa situación confusa de ser invitados a una celebración en la que aún hay dolor, resentimiento y mucha verdad que hacer valer.

Debido a esto, es inevitable que ocasiones en las que se establecen fechas conmemorativas significativas para la sociedad, pero que proceden de casos no resueltos que permanecen resguardados por la impunidad, la ciudadanía –al igual que hijos confundidos–, voltee a ver primero a una de las partes y luego a la otra, al tiempo que se hace la pregunta: « ¿cuál de ellas es la que realmente tiene la autoridad sobre nosotros, quién nos define el rumbo?».

No lo entiendo. El orden correcto implicaría que: primero la justicia hace su parte, al tiempo que la cultura construye y comparte los símbolos que la identidad adopta, y luego es que se conmemora. Pero, si la ideología de esos grupos que dictaminan las relaciones de poder –que también se sirven de la cultura para posicionarse– sigue pegada de la justicia como una lapa, entonces las cosas no pueden ir bien en esta sociedad.

El trabajo y la responsabilidad con los ciudadanos se realizan tanto desde la justicia como desde la cultura; por separado, pero en pareja: se necesitan dos para bailar el tango (es decir, uno bueno).

 

(*) Columnista de Archivo Digital Roque Dalton y contrACultura

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