Creado en 20 Enero 2012
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Por Benjamín Cuellar (*)   

SAN SALVADOR - A casi treinta y seis años sin el poeta y veinte sin paz, ¡cuánta falta le hacen el uno y la otra a este sufrido pueblo! ¡Qué no les estuviera diciendo Dalton a los negociantes de unos acuerdos que solo alcanzaron para ser, cada 16 de enero, recuerdos! ¡Cómo no estuviera trapeando el suelo patrio con quienes hoy descalifican a las voces inconformes que, con sobradas razones, no le ven por dónde al rumbo del “proceso”! ¿Cuál sería la ironía, el refrán o la “lustrada”, sacada de su “caja” y muy pocas veces o nunca “llena de gracia”, que le estarían lanzando a esos “firmantes” tan poco firmes a la hora de honrar su palabra y cumplir sus compromisos? ¡Cómo nos estuviera deleitando con su agudo ingenio, lanzado contra los aguados “genios” que se han “paseado en la olla de leche” prometida al acabar la guerra! Carcajeándose tendría a todos los espíritus libres que aún mantienen la capacidad de hacerlo, pese a todo, al comentar el actual “principado”. 

Pero lo ejecutaron unos asesinos que se niegan a dar la cara o a contar la verdad; unos “valientes” criminales que no les tembló nada al dictar esa pena de muerte y ahora tiemblan ante la posibilidad de que la justicia –más temprano que tarde– los alcance cual destino inevitable. Por eso, nos privaron de su agudeza política que tanto bien le estaría haciendo a El Salvador; también de la irreverencia con que sazonaba sus lapidarios juicios. Sin embargo, con las letras que nos legó se puede hacer el esfuerzo de ofrecer una especie de “balance” sobre las dos décadas transcurridas desde que aquellos –incluidos sus victimarios junto a otros que también lo fueron de tanta gente– decidieron hacer las paces y se dispusieron a disfrutar el “descanso del guerrero”  y su paz. 

¿Cómo estamos ahora, Roque, veinte años después de cuando sus fusiles callaron? “El problema es que hoy El Salvador  –dijiste con claras y vigentes palabras–  
tiene como mil puyas y cien mil desniveles, quinimil callos y algunas postemillas, 
cánceres, cáscaras, caspas, shuquedades, llagas, fracturas, tembladeras, tufos”
. Así está el país, le ofenda a quien le ofenda y le duela a quien le duela. Pero no hay vuelta de hoja; esa es la realidad.  

Una realidad en la cual, entre tantos males que la han venido agravando desde que acabó la guerra y tantos peligros que amenazan con agravarla aún más, está la decisión de unos gobiernos que no deciden por sí mismos sino que siguen haciendo lo que les mandan hacer. Bien estarías diciendo, poeta, lo que dijiste hace tantos años: “El imperialismo desea que la nación salvadoreña sea la Nación Salvadoreña S. A., made in USA”.  

Esa fue la formulación contestataria, insurrecta y “sin pelos en la lengua” que usaste entonces, con sobrada razón. Al día de hoy, quizás lo dirías igual: muy lejos del lenguaje “políticamente correcto” de quienes dicen “nuestro aliado estratégico”, para referirse a la nación que exigió y exige tropas guanacas a ser utilizadas en sus invasiones a tierras lejanas; a la potencia mundial que le pide de “favor” a sus “amigos” –léase, todos los presidentes salvadoreños sin distingo– que pongan los muertos en su guerra contra el “narco”; a ese país con el cual se acuerdan comercios “libres” y “jugosos”, pero solo para unos pocos... 

Ante un gran poder económico como el actual, ya no de “catorce familias” sino de menos grupos –quizás– pero igual o más voraces y egoístas, no importa sean lícitos o ilícitos, no quedaría nada mal que les restregaras tu célebre “Oh¡ ligarquía, madrasta con marido asesino, vestida de piqué como una ‘buitra’ acechante en las ramas del enredo en la historia, ridícula como todo lo malo…”  

Y a quienes siendo particulares o generales, a pesar de todo siguen viendo en los militares la solución a todos los males, no sería en vano recordarles las órdenes que antes le daban a la tropa: “Eso es muchachos –les decían– duro y a la cabeza con los civiles, fuego con el populacho. Ustedes también son pilares uniformados de la nación, sacerdotes de primera fila, en el culto a la bandera, el escudo, el himno, los próceres, la democracia representativa, el partido oficial y el mundo libre, cuyos sacrificios no olvidará la gente decente de este país aunque por hoy no les podamos subir el sueldo, como desde luego es nuestro deseo”. Pero ni entonces dio resultado, la guerrilla les comió el mandado, ni ahora lo está dando ni lo dará más adelante.  

¿Qué hacer entonces, poeta? Habrá que decirle a la Patria, de nuevo, como le dijiste:“[N]ecesitás bofetones, electro-shocks, psicoanálisis, para que despertés a tu verdadera personalidad. Vos no sos don Rafael Meza Ayau ni el coronel Medrano. Habrá que meterte en la cama a pan de dinamita y agua, lavativas de coctel Molotov cada quince minutos”. O habrá que esperar para el cambio real que, de verdad, “la clase obrera y el campesinado lo fertilicen, lo peinen, lo talqueen, le curen la goma histórica, lo adecenten, lo reconstituyan y lo echen a andar. Habrá que darle un poco de machete, lija, torno, aguarrás, penicilina, baños de asiento, besos de pólvora”

De cualquier forma, el caso es que sin la participación de los protagonistas de tu “Poema de amor” nunca llegarán ni la verdad ni la justicia, en todas sus dimensiones y para todas las víctimas. Esa siguió y seguirá siendo tu propuesta en las palabras de antes o con nuevas formas poéticas, hasta que le toque a las mayorías populares salvadoreñas el “turno del ofendido”.  

A veinte años de la guerra y a ochenta de la masacre “del treinta y dos”, seguís riéndote de tus cobardes asesinos porque no te callaron ni te callarán. Ellos son los que callan la verdad y se esconden en las alcantarillas de un sistema donde el “juez de Opico” ya no está, pero están los investigadores que no investigan y los juzgadores que no juzgan para –según esos pobrecitos delincuentes que eran y son– escapar de una justicia que en El Salvador no existe, digan lo que digan los firmantes de “su paz”. Pero afuera sí y hay que ir a buscarla. Por eso los hijos del poeta, que están siendo “la ventana en el rostro” de un país que no cambia de fondo, no se darán por vencidos ni en la Comisión Interamericana de Derechos Humanos ni acá en el país.  

(*) Columnista de ContraPunto

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