Creado en 05 Diciembre 2011
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Por Gabriel Otero (*)   

La que es puta, vuelve 

El 17 de marzo como buenos irlandeses adoptivos celebrábamos puntuales la fiesta de San Patricio. Justificación perfecta para beber ingentes cantidades de whisky y regalar shamrocks a las deseadas. El Juanito caminante, no surgió ni en Belfast ni en Dublín, pero en sus andanzas escocesas llegaba de invitado de honor a trasnochar en algún bulín de la Ciudad de México.  

Éramos cuatro estudiantes de letras admiradores de Oliverio Girondo, Roberto Juarroz, James Joyce, Dylan Thomas, Arthur Rimbaud y el siempre recurrente Roque Dalton. El olor a solemnidad nos producía roña y amábamos la experimentación del rock progresivo. 

Nuestro anfitrión era un flemático londinense nacido por albures geográficos en Puebla de los Ángeles. Como fuera, todo él era extremadamente british. 

Su departamento, que rascaba al cielo, carecía de muebles: una mesa, cuatro sillas, un tocadiscos, dos bocinas y una hilera de dos mil viniles ordenada alfabéticamente, eran los únicos objetos en una superficie alfombrada de 50 metros cuadrados, aparte estaban dos recamaras, un tendedero, la cocina y la terraza.     

En la pared principal, nuestro anfitrión, había dispuesto un mural en el que yacían testimonios de borracheras pretéritas, mensajes inspirados en crepúsculos, noches y albas de elocuencia inesperada, versos individuales y colectivos, ensayos ideográficos de la palabra, declaraciones de principios y uno que otro secretito de amor expuesto al escrutinio poético.  

Nosotros éramos los beodos de cabecera, los poetas en ciernes, los originales, los que creíamos que la carrera de letras era sólo una guía de lecturas, los que nos suicidaríamos antes de cumplir la tercera década, los integrantes de la corriente de en la masmédula, los que detestábamos a Saussure y a Chomsky, los que cambiaríamos la placidez literaria reinante con la revista La Lezna Deleznable y por lo mismo nos sobraban féminas que se comportaban como groupies. 

La rebeldía atrae a las mujeres libres y justas, es una flauta mágica dulcemente tentadora para las inconformes, tuvimos la fortuna de encontrarnos con muchas de ellas y compartir algo superlativo a las convicciones. 

Con nuestro anfitrión habíamos sido hermanos de leche en no menos de cuatro ocasiones, yo me burlaba de él porque por alguna caballeresca y extraña predilección acechaba y andaba con las que habían sido mis amantes. 

Y en una revelación, en la madrugada siguiente al día de San Patricio, se me ocurrió evocar uno de los refranes populares salvadoreños plasmados por Roque Dalton en sus Historias Prohibidas del Pulgarcito y escribí en el mural: “La que es puta, vuelve”. 

La frase causó las carcajadas generales y la seriedad mortuoria de nuestro anfitrión, quién sabe qué hilo sensible jalé de la madeja, su cara de “ya váyanse a la mierda” fue notoria, pero no articuló lenguaje audible ni en inglés ni en español. A pesar de ello, ninguno  de nosotros le hizo caso, la fiesta siguió hasta que nos quedamos dormidos uno a uno sobre la alfombra. 

Cuatro días después no fui al festejo de la llegada de la primavera, que bueno que no lo hice, la novia de nuestro anfitrión, otrora amante mía, asistió a la borrachera, se sintió aludida con el refrán y escribió silenciosa su continuación: “La que es puta, vuelve….pero no con los cerdos que se revuelcan en la mierda” 

Hoy todos somos grandes amigos. 

(*) Columnista de ContrACultura  

www.caleidoscopionocturno.blogspot.com 

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