Creado en 28 Noviembre 2011
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Por Gabriel Otero (*)   

México D.F, 1983

Por maniático llegué temprano, el Teatro de la Ciudad en minutos se atiborró como si fuera la penúltima vez que alguien quisiera escuchar poesía, el leitmotiv era el homenaje a Roque Dalton a ocho años de su muerte, la fecha, principios de mayo de 1983.

A mis pasados 17 años había leído poco de él, casi nada, pero sus versos calaban muy hondo: el Poema de Amor era el bálsamo de los exiliados, el memento de una patria ingrata víctima de la amnesia, ese pedazo de tierra por el que todos peleaban, “si Nicaragua venció El Salvador vencerá” clamaban seguras las consignas sin reparar en la debilidad de sus silogismos.

Roque era el poeta de la resistencia, el asesinado incómodo, el muerto  gritador de verdades desde su anónima sepultura, los motivos del crimen no se sabían: protagonismos ideológicos, intolerancias, envidias, insidias, alteraciones de la disciplina clandestina, vicios pequeño burgueses atentatorios contra la moral revolucionaria o simplemente pensar y sentir diferente. Algunos dirían que los enanos jamás le han perdonado su altura al gigante.

A tres años del inicio formal de la guerra civil, nadie quería hablar del hecho por aquello de las alianzas entre las organizaciones populares y menos resquebrajar desde dentro al monolito de cristal de la revolución en marcha.

Estaban todos juntos, cantaban “derrotando al tirano enemigo” (1) y ondeaban banderas rojas, muchas de ellas, colmaban los palcos y los pasillos, yo los observaba desde mi lugar a cuatro filas del proscenio, estaban tan enardecidos que de haber sabido que el Gral. Carlos Humberto Romero vivía cerca del Parque de los Venados lo hubieran buscado para incendiarle la casa con su consecuente linchamiento personal y exclusivo.

Yo los escrutaba, un tanto aburrido, cuando a mi derecha atisbé un par de piernas largas, perfectas, morenas, las vi engulléndolas de los muslos a las pantorrillas, al percatarse de mi fisgonería su dueña sonrió, apenado miré hacia otra parte.

Descubierto en flagrancia voyeurista, ella empezó a platicar conmigo, resultó que era usuluteca, se llamaba Gloria de los Ángeles. Y yo que creía que las sucursales del cielo quedaban en Bucarest y Buenos Aires, iluso de mí, ella estaba sentada a mi lado feliz de los gritos de las masas.

Ofelia Medina, la actriz protagonista de “Rina”, la jorobada enamorada, empezó la lectura de poemas de Roque alternándose con Enrique Rocha, además de la relatoría de anécdotas de Eraclio Zepeda en las que contaba cómo se había fugado de la cárcel el susodicho poeta, era un ir y venir de versos interrumpidos por aplausos y más consignas, era un festín en honor a la palabra y memoria de Dalton.

Leyeron buena parte de los Poemas Clandestinos e Historias prohibidas del pulgarcito y para cerrar “el guanacos hijos de la gran puta, eternos indocumentados, los hacelotodo, los vendelotodo, los comelotodo, mis compatriotas, mis hermanos” (2).

Fue la conmoción y el delirio, algunos lloraron como si las lágrimas los acercaran a un país que los destierra desde que nacen, otros endurecieron el rostro y levantaron el puño izquierdo, cada quien lo interpretaba a su manera.

Las luces se encendieron, Gloria de los Ángeles me tomó de la mano y me dijo que la acompañara a su casa.

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(1): Marcha del Ejército Popular de Liberación de Yolocamba I Ta

(2): Fragmento del Poema de amor de Roque Dalton

(*) Columnista de ContrACultura

www.caleidoscopionocturno.blogspot.com


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