Creado en 06 Febrero 2013
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Por Luis Alvarenga (*)  

 

 

SAN SALVADOR - No me refiero, con las palabras del titular, al acto de vandalismo institucionalizado contra la fachada de la Catedral de San Salvador, ni a las desafortunadas declaraciones de quienes, tratando de dar razones de un acto semejante, se ponen más en evidencia, sino de lo sucedido esta semana en la Fiscalía General de la República ante la demanda de la familia Dalton Cañas por el asesinato del poeta Roque Dalton.

Retóricamente, se podría afirmar que estamos sorprendidos e indignados por este nuevo desaire. Pero también podría decirse que la sociedad salvadoreña está, desafortunadamente, “curtida” ante estos desaires, al punto que lo sorprendente en este caso hubiera sido que la demanda de la familia Dalton Cañas no hubiera sido desestimada de forma expedita y se hubiera podido abrir la puerta para comenzar a aclarar este caso.

Este nuevo desaire, donde la parte demandante se ve burlada y la parte demandada, bien, muchas gracias, tiene un impacto sobre la sociedad salvadoreña. Gramsci decía que el Estado cumple un rol educativo hacia la sociedad, rol que es sumamente amplio y va más allá de las entidades dedicadas explícitamente a la educación. El Estado educa conforme a que sus acciones cultivan, perpetúan o modifican determinados valores, visiones de mundo y prácticas de sus “súbditos”. Acá lo que se nos está reforzando es la enseñanza, una y mil veces remarcada en la práctica, de que la justicia no es ciega ni imparcial, sino todo lo contrario.

Parte de esa enseñanza, o, mejor, pedagogía de la impunidad, es que cualquier demanda de justicia está ahogada desde la cuna. El episodio anterior fue el de los ex jefes militares buscando y hallando cobijo ante la demanda puesta en España por el caso de los jesuitas de la UCA. En el caso Dalton-Arteaga, esta demanda fue desestimada por la Fiscalía en un abrir y cerrar de ojos.

Por otra parte, persiste la negativa de aclarar las cosas por parte de los que participaron y/o conocieron cómo se dieron los hechos conducentes a la muerte del poeta. Seguirán prevaleciendo sobre esto, pues, las verdades a medias, las versiones confusas y contradictorias e incluso el cuestionamiento, por parte de los involucrados, sobre si hablar sobre el asesinato de Dalton y Arteaga tenga algún sentido en este país, cuyo proceso “ejemplar” de negociaciones cumple veinte años.

(*) Columnista de ContraPunto

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