Creado en 29 Abril 2010
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ROQUE DALTON Guillermo Rodríguez Rivera*

El poeta y ensayista habla sobre los libros de Roque Dalton y, por supuesto, de su amistad con él. 

El avasallador tránsito de Roque Dalton por el mundo, es algo que todavía tenemos que explicarnos mejor aquellos que tuvimos el privilegio de conocerlo, específicamente en los ricos momentos cubanos de ese recorrido.

Roque, que vivió y murió por su país, es un hombre que a la vez, en su dimensión literaria y política, desborda El Salvador.

Ciudadano del que es el más pequeño y acaso el más inquieto de los países centroamericanos, Roque Dalton es, en sí mismo, una encarnación del devenir contemporáneo de su patria. Hijo natural de criolla y yankee, Roque es uno de esos inesperados pero frecuentes alumnos de los jesuitas (en este caso salvadoreños) que, desde los tiempos en que los sacerdotes del francés colegio “Louis le Grand” educaron a Voltaire, hasta aquellos en que los del habanero colegio de Belén formaron a Fidel Castro, han sido de un paradójico tino para formar renovadores de las ideas y transgresores de las suyas..

Cuando, eufemísticamente, he escrito sobre la “inquietud” salvadoreña, en realidad he querido aludir a la violencia que ha sido una constante en la historia de ese país.

El Salvador es el país donde el fundador de ARENA, el actual partido de la derecha gobernante, el excapitán Roberto D’Aubuisson, organizó el asesinato a balazos de monseñor Arnulfo Romero, arzobispo de la arquidiócesis salvadoreña, en medio de una misa en la Capilla de la Divina Providencia. Pero es también el país donde el comandante Marcial, jefe de las guerrillas izquierdistas, ordenó el brutal asesinato a punzonazos de su inmediata subordinada, la comandante Ana María, y se quitó la vida después.

En La Habana de los tempranos años ochenta, en el modesto hotelito del PCC, que estaba en el municipio de Playa, conocí a Miguel Mármol, campesino insurrecto allá por los tiempos en que la izquierda salvadoreña tenía como líder a Farabundo Martí, quien había sido compañero de Augusto César Sandino en Nicaragua, durante su resistencia a la ocupación norteamericana.

Miguel Mármol fue fusilado colectivamente, junto a cientos de compañeros en medio de la brutal represión desatada por el general Maximiliano Hernández Martínez, allá por los años treinta, en la que fue asesinado el propio Farabundo.

Lo que cabría llamar la sobrecarga “laboral” de sus ejecutores, le permitió al joven Mármol escapar con vida de su fusilamiento, y ser luego, a la vez, el informante y el protagonista del apasionante testimonio que Roque Dalton escribiera sobre él.

A propósito del general Hernández Martínez, ese militar que asesinara en masa a sus opositores, escribió Roque:

Dicen que fue un buen presidente, porque construyó casitas baratas

para los salvadoreños que quedaron.

Aquí está uno de los rasgos que acompañó permanentemente a Roque: su implacable sentido del humor, su ironía, su ingenio.

La frecuentemente asoladora historia de la violencia en su país, es seguida por este hombre con esa sonrisa que no se fue nunca de su rostro, estoy seguro de que ni siquiera en el momento de su absurdo asesinato.

Hace un par de meses escuché a un poeta cubano reprocharle a la poesía conversacional – que él ubicaba, no sé por qué, como predominante en la Cuba en la pasada década de los años setenta, justamente la del “quinquenio gris” --, el confiar esencialmente en el ingenio, del mismo modo que subrayaba, como invalidante estético, el poco interés que esa tendencia había mostrado por la metáfora.

Permítaseme citar, con respecto a esta última idea, una consideración de esa figura esencial del formalismo ruso y, en general, de la crítica literaria contemporánea, que es Roman Jakobson:

el estudio de los tropos poéticos ha sido dirigido hacia la metáfora, en primer lugar (...) Los libros de texto creen en la aparición de poemas desprovistos de imágenes; pero, de hecho, la escasez de tropos léxicos está compensada por magníficas figuras y tropos gramaticales. Los recursos poéticos escondidos en la estructura morfológica y sintáctica, es decir, la poesía de la gramática y su producto literario, la gramática de la poesía, raras veces han sido reconocido por los críticos, y sí muy a menudo desdeñados por los lingüistas: sin embargo, los escritores creativos han hecho un magistral uso de ellos.

Entre esos escritores creativos no tengo reparo en situar a las más importantes voces de la poesía conversacional, exteriorista, antipoética, de la experiencia, que de todos esos modos ha sido denominado ese momento de la poesía de lengua española, que incluye nombres como los de Ernesto Cardenal, Juan Gelman, Nicanor Parra, José Agustín Goytisolo, César Fernández Moreno, Roque Dalton, Jaime Sabines, Noé Jitrik, Jaime Gil de Biedma, Antonio Cisneros, Rafael Cadenas, José Emilio Pacheco, Alejandro Romualdo, Enrique Lihn, Francisco Urondo, Mario Benedetti, para no mencionar los excelentes poetas cubanos del momento.

Roque transitó por diversos exilios, aunque no fue jamás uno de esos exiliados que se dicen perseguidos y van luego a veranear en el país del que aseguran que han escapado.

Cuando no vivió en sus diversos exilios – México, Praga, Cuba – Roque sufrió frecuentes condenas o puras prisiones sin juicio en su país.

En su única novela, Pobrecito poeta que era yo, Roque relata su última fuga de la cárcel en El Salvador. Se evade precisamente cuando está al frente de la vigilancia de su celda, el más cruel de sus carceleros, de apellido Conesa.

Roque sabe perfectamente del castigo que sufrirá el guardián por ese descuido que a él le ha permitido ser nuevamente libre.

Comenta entonces el narrador quien, como ocurre muy frecuentemente en la novela-testimonio, es también personaje central de la historia:

Como para poner a gozar a Guillermo Rodríguez Rivera, un poeta grandote que

conocí en Cuba, el hombre que mejor disfruta un buen chiste que he conocido en

mi vida.

Tengo ese elogio de Roque, como uno de los mayores que me han hecho, justamente por venir de un hombre con su definitivo sentido del humor y, claro, por recordarme en un momento tan crucial de su vida.

Tanto es así que, como se ve, no he conseguido resistirme al impudor de hacerlo conocer.

Roque era ese exiliado que va por el mundo con los desastres que el exilio implica, con los deberes que un revolucionario tiene, pero a la vez con la capacidad de desolemnizar lo que otros poetas han colocado en altares para alejarlos de la más elemental condición humana. Aliviándole siempre de todos los dolores posibles, estuvo siempre el encanto de la mujer. Este texto que voy a leer, se titula “Tragedia no precisamente optimista”.

(leer, p. 325).

Pero mucho cuidado. Hay quienes son incapaces de aceptar de veras a una persona que se ríe; hay quienes piensan que ese don para no creerse del todo las ridículas soberbias del hombre, separa al que lo tiene del hombre mismo.

Yo, a la inversa, veo en ello otra posible manifestación de lo lírico, un acercamiento a esa condición hondamente humana y profundamente seria que, pésele a quien no sea capaz de comprenderlo, es el ingenio.

Cuando andaba por los veintitantos años y casi comenzaba mi trabajo de profesor, que este año va cumpliendo los cuarenta, me encontré con un ensayo que no me he cansado de recordar y repensar desde entonces: me refiero a La risa, del francés Henri Bergson.

El sabio filósofo de la belle epoque, quien fuera maestro del joven Antonio Machado cuando el poeta estudiara en El Colegio de Francia, casi en el tránsito del siglo XIX al XX, apuntaba el carácter esencialmente humano del humor. En efecto, todos los animales sufren, aman, odian, lloran, pero el único que es capaz de reírse es el hombre, porque la risa es exclusivamente un atributo de la inteligencia.

Apúntenle al talento de Roque esta sabrosa burla que él tituló “Hombre nuevo”, cuando las inacabables peroratas retóricas en torno a ese personaje que se quería ver aparecer de golpe, lo presentaban como el ser capaz de resumir no sólo todas las virtudes, sino también todos los saberes del universo:

(leer, p. 421).

Roque, que en medio de esa risa que lo alivió siempre de los males del mundo, había salido a combatirlos con las armas en la mano, fue asesinado por orden del jefe del ERP, el comandante Joaquín Villalobos, que unos años después de ese acto vil, desmanteló la organización que dirigía para retirarse de la lucha revolucionaria y dedicarse – no sé al amparo de cuáles méritos académicos – a ejercer como profesor en la exquisita universidad británica de Oxford, a escribir artículos de lo que llama “politología pragmática” en el diario madrileño El país y a actuar como asesor político del gobierno del derechista Uribe, presidente de Colombia.

Al crimen que fue el asesinato del mayor poeta de su país, Villalobos sumó la infamia de acusarlo de agente de la CIA, acaso pensando que desacreditando a su víctima, reducía la culpa de su acto bárbaro. Cuando pienso en Villalobos, no se me ocurre más que recordar aquella frase que le escuché una vez decir a Eliseo Diego, a propósito de los que asesinaron a Federico García Lorca: “Que Dios los perdone. Yo no puedo”.

En la trayectoria poética de Roque Dalton, sobre todo la de su madurez, está visiblemente la huella cubana. Después de un primer poemario editado en México – Mía junto a los pájaros, 1958 --, en los que la crítica advierte la herencia nerudiana, aparece una tríada de libros editados en Cuba.

Uno de los tantos gobiernos militares de su país, lo expulsa en 1961 de El Salvador. Al año siguiente, su poemario El turno del ofendido obtiene mención en el concurso de la Casa de las Américas.

Un par de años después, las Ediciones Unión publican su libro de poemas Los testimonios.

Después de una larga estancia en Praga representando al partido comunista salvadoreño en la redacción de la revista internacionalProblemas de la paz y el socialismo, obtiene el Premio Casa con el libro con el que arriba a la plena madurez poética: Taberna y otros lugares.

En este libro está el poeta conversacional, comunicador, que narra con asombro sus puras experiencias cotidianas. Recordamos sus “Sobre dolores de cabeza” o su implacable caracterización de la O.E.A. Este poema que quiero leerles se titula “Buscándome líos”. ( leer p. 269).

Creo que en este libro está también una de las vías por las que la poesía conversacional pretende ser superada. Pero no mirando al pasado, como lo intenta en Cuba el reciclaje de la poesía criollista ocurrido en los años setenta, sino mirando adelante, avanzando hacia lo que me gustaría llamar una poesía dialógica.

Permítaseme emplear esta categoría que el gran crítico soviético Mijail Bajtin crea en relación con su concepto de novela polifónica, que expone por primera vez en su ensayo La poética de Dostoievski.

El dialogismo había sido únicamente estudiado en ladiégesis, y el propio Bajtin lo ve como un atributo propio de la novela. Pero no hay que olvidar que el gran crítico ruso está inserto en una tradición poética muy conservadora.

Mientras el verso libre se insertó en la tradición anglófona con la obra de Whitman, en la francesa con el trabajo de los simbolistas, y en la hispánica con la poesía de madurez de Juan Ramón Jiménez, la tradición rusa ha perseverado en valores como rima y metro que, sin duda, también existen en la nuestra, pero no se puede negar que, después de la Vanguardia, la libertad con respecto a esa tradición, es dominante en las tradiciones europea y americana, del mismo modo que no lo es en la cultura poética rusa.

Los contactos entre poesía y prosa son muy fuertes en la cultura hispánica, específicamente a partir del modernismo.

Según nos dice el autor, el poema “Taberna” es resultado de lo que él llama una “encuesta sociológica furtiva”: fue anotando expresiones de los jóvenes –checoslovacos, euroccidentales y latinoamericanos – que se reunían a beber cerveza en la famosa taberna praguense U Fleku, le dio una mínima estructuración formal y las expuso en lo que considera unpoema-objeto, sin jerarquización alguna, nos dice.

Son, en efecto, diversas voces las que suenan en el poema de Roque, que él ha ido identificando por la variación de la tipografía del texto.

Cuando, en su excelente Diccionario de retórica y poética la doctora Helena Beristáin, catedrática e investigadora en la Universidad Nacional Autónoma de México, expone el concepto de dialogismo, escribe:

coexisten varias voces, cada una independiente y libre, cada una poseedora

de una perspectiva o punto de vista similar al de un personaje, pero tales voces

carecen de una conciencia narrativa unificadora”.

¿Es esto un préstamo que la poesía está pidiéndole a la narrativa? Seguramente, del mismo modo que la novela no habría podido desarrollar la noción de realismo mágico sin solicitarle a la poesía que le cediera su capacidad metaforizadora.

Los “puristas” de la literatura – que no han desaparecido desde que, en la Academia francesa del siglo XVII querían imponerle las tres unidades aristotélicas a un Moliére que se las saltaba a la torera para renovar el teatro – van a decir que eso no es poesía. Porque, ¿dónde están los endecasílabos, la rima consonante, las metáforas? Le escuché decir alguna vez a Alejo Carpentier que, apenas aparecía una novela que pretendía innovar en el género, aparecía asimismo un crítico tradicionalista para decir que eso no era una novela.

Y es que, el autor renovador está ampliando la noción del género, y su creación no cabe en la más estrecha que maneja el tradicionalismo.

Todo el siglo XX literario, más que de innovaciones absolutas, está constituido por momentos en que los géneros se fusionan, se mezclan, se prestan posibilidades y funciones y logran también hacerse otros sin dejar de ser esencialmente lo que son.

Y como el gran poeta inglés John Donne escribió que “ningún hombre es una isla”, y César Vallejo dijo que “no hay dios ni hijo de dios, sin desarrollo”, me gustaría señalar la existencia de algún padre y de algunos hermanos de ese texto esencial que es “Taberna”.

Hay poetas que piensan que es casi un pecado de adocenamiento el ser ubicado en alguna tendencia, en algún modo de poetizar y prefieren presumir, como el patético personaje de la copla andaluza, de ser hijos de nadie.

Si tuviera que apuntar un antecedente de “Taberna”, no se me ocurre pensar en otro poema que no sea la Elegía a Jesús Menéndez, de Nicolás Guillén, que en tres años estará arribando a los sesenta de su edición.

Como hombre de su tiempo que fue Nicolás Guillén, no me parece que la cercanía de su poema al texto de Roque, esté en una apertura dialógica del pensamiento, (porque en laElegía actúa ciertamente una conciencia unificadora). Sino en la audaz confrontación de textos – verso rimado, verso libre, lenguaje periodístico, prosa poética – que entregan la diversidad y la complejidad del mundo en el que actúa el personaje, y que quieren como que lanzar al poema más allá de sus límites. Siempre he sentido el gran poema de Nicolás Guillén como una referencia inevitable del “Taberna” de Roque.

Casi paralelos al poema de Dalton, aparecen dos excelentes textos que apuntan también en la dirección de ese dialogismo poético que he señalado. Me refiero al fabuloso “Noticias del mes de mayo” que ese artista total de la palabra que fue Julio Cortázar publicó en la revista Casa a raíz del mayo francés de 1968; y las excelentes “Conversaciones” que Juan Gelman dedicó a la desaparición de Ernesto Che Guevara.

Estos textos constituyen el momento en que la poesía comprometida de los sesenta transgrede los puros planos de lo conversacional para enredarse en más asuntos, para encontrar un lenguaje que sea capaz de presentar una realidad que necesita otra manera de decir.

Todavía, después de abandonar Cuba para integrarse a la lucha armada en su país, Roque escribirá varios libros de poesía:Las doradas cenizas del fénix,El amor me cae más mal que la primavera, Los hongos, Un libro levemente odioso y, finalmente, susPoemas clandestinos, ya de los momentos anteriores a su muerte, ocurrida el 10 de mayo de 1975. Cuatro días después, habría cumplido 40 años.

La obra de Roque Dalton es una ejemplar manifestación de esa gran literatura que nuestros mejores autores generaron en la segunda mitad del pasado siglo en nuestra lengua.

Los cubanos, mucho más quienes le conocimos y gozamos de su amistad, quienes amamos la poesía, no podremos olvidar a Roque Dalton, al hombre, al poeta, que escribió esta paráfrasis:

Dos patrias tengo yo:

Cuba y la mía.

*Poeta y ensayista cubano.


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