Creado en 12 Enero 2011
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Por David Escobar Galindo

Cada ser humano es un enigma, y la evolución personal no es otra cosa que el despliegue sucesivo de ese enigma. En el caso del poeta, lo diferente es la forma en que dicho despliegue se produce. No es cuestión de naturaleza, es cuestión de instrumental. Por eso en el poeta los instrumentos de su autorrevelación son tan decisivos. Y el primero de dichos instrumentos es el símbolo. Cada poeta viene a ser, entonces, una mecánica de trabajo evolutivo simbólico; una mecánica original e irrepetible. De ahí que cualquier ejercicio comparativo venga a ser artificioso e intrascendente.
 
Hablamos hoy de Roque Dalton, del Roque a cuya vida y a cuya obra nos hemos asomado periódicamente, en distintos momentos, desde el pasado posible más remoto. Esa sola periodicidad indica que el personaje es de los que perduran, más allá de los vaivenes del juicio que el tiempo va imponiendo de manera inexorable, según él.
 
Mi primera imagen de Roque no tiene –aparentemente— nada que ver con la poesía. Yo soy un niño de 5 años y él es un adolescente de 14. Roque llega a mi casa en el Pasaje Rovira, allá sobre la Calle de Mejicanos, frente a la boca de la Calle 5 de Noviembre, a recibir su clase de inglés con mi abuela, doña Lillian. Es un muchachito serio y de apariencia endeble. Eso sí: la mirada parece concentrar todo su ser.
 
El Pasaje Rovira es justamente eso: un pasaje. Las casas en fila hacia adentro, a la izquierda del pasaje, y a la derecha un muro, que separa de otras casas más grandes. En la primera de las casas del pasaje, la que da a la Calle de Mejicanos, y la única que tiene jardín, vive doña Margarita Rovira, la dueña; en la siguiente, la poetisa Berta Funes Peraza, con su madre, doña Emilia; en la que sigue, María de los Ángeles de Castillo, actriz, con su marido; en la inmediata, Mercedes y Lydia Galindo, mis tías abuelas; en la otra, Salvador Castillo, su esposa Elia y su hija Chepita; después, nosotros, mi abuela, mi tío Reynaldo y yo; y al tope, el doctor Lázaro Mendoza, padre de Olga, que se casó con el barón Wilhelm von Hundelshausen, cónsul alemán en nuestro país en tiempo del Tercer Reich, y que unos años después de la guerra se estableció definitivamente entre nosotros, para desarrollar una importante carrera empresarial. Las casas del Pasaje eran pequeñitas, y más para la época. Frente al Pasaje, la naciente Calle 5 de Noviembre hacía dos esquinas: en la de la izquierda estaba la tienda La Royal, con su jardincito que daba a la acera, de la Niña María García, la madre de Roque; y en la de la derecha, la cantina El Avión. Doy estos datos para graficar el tipo de vecindario en el que vivimos Roque y yo.
 
Poco después, nosotros nos trasladamos del Pasaje Rovira a la casa 215 de la 23 Calle Oriente, una cuadra más adelante. Roque siguió en La Royal. Dejó de recibir clases de inglés, pero yo continué por mucho tiempo yendo a que la Niña María me pusiera inyecciones de reconstituyentes, de los de entonces. Veía a Roque allí, de vez en cuando, y sólo intercambiábamos saludos. La diferencia de edad se marca más a esas alturas de la vida. La Niña María, mujer noble y dedicada a sobrevivir con tranquila dignidad, estaba siempre atenta, sonriente y diligente.     
 
Como mi abuela iba a menudo a La Royal –la tienda era la mejor surtida de la zona, más que la de las señoritas Padilla, que se hallaba a la par, y que La Única, ubicada en la cuadra anterior--, porque además se llevaba muy bien con la Niña María, ya que ambas eran mujeres esforzadas y discretas, estábamos al tanto de los respectivos sucesos familiares. Un día supe que Roque se iba a Chile, a seguir estudios de Derecho. Recuérdese que el Código Civil nuestro fue en su origen copia del Código chileno de don Andrés Bello. Su padre, el señor Dalton, enviaba a Roque hacia el sur.
 
No estuvo Roque mucho tiempo en Chile, pero allá entró en contacto con una realidad cultural multicolor. Se conectó con el pensamiento de izquierda, por entonces en auge latinoamericano. Y esa sería su línea invariable. ¿Pasión ideológica? Estoy seguro de que mucho más que eso. En Roque el trasfondo existencial era lo más fuerte. Y esto es así con frecuencia en el poeta. Por el recorrido vital y por el testimonio de la escritura, a mí no me cabe duda de que Roque Dalton era hombre de fe, hombre necesitado de fe. Y no podía ser fe religiosa, porque su experiencia en el Colegio jesuita Externado de San José resultó más bien traumática. Aquél era entonces un colegio exclusivo y muy tradicional. Roque fue admitido, pero como no era hijo de matrimonio –lo cual no significa nada en la dimensión de lo humano-- estaba en una especie de absurdo limbo social. Tuvo que haber sido muy difícil, sobre todo en la interioridad. La fe a la que Roque se abocaría sería laica, y en aquellos años la fe laica más pujante y avasalladora era el marxismo-leninismo.
 
Este dato creo que explica el hecho de que la poesía de Roque, aun la más ideológica y política, conserve el vivificador pálpito existencial. Roque nunca fue un poeta panfletario: fue un poeta creyente. Y por eso mismo su relación con las estructuras burocráticas de la izquierda vino a ser tan conflictiva. No por temperamento, sino por fidelidad. Esto llevó a Roque a confiar hasta en los recursos desesperados, que pueden resumirse en aquella afirmación contenida en uno de sus libros estelares, “Taberna…”: la guerrilla es la única institución pura que va quedando en el mundo. “Pureza” que acribilló salvajemente al poeta contra una roca, allá cerca de El Playón.
 
Releo con frecuencia la poesía de Roque Dalton. La relectura es nutritiva y aleccionadora. Siento al poeta en posesión de sí mismo, porque dijo su palabra desde la intimidad más profunda. Es poesía intimista, en sentido trascendental. No importa que los símbolos externos sean ya hojarasca de época: lo importante es que los símbolos internos mantengan vivas sus raíces. Roque también fue injusto, y bastan dos nombres para demostrarlo: Alberto Masferrer y Hugo Lindo. Pero eso ya también es anécdota de otro tiempo. Lo real, lo verdadero es que todos los auténticos siguen y seguirán aquí, encima de las naturales veleidades del gusto y del disgusto. Y Roque es uno de ellos. 

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