Creado en 24 Enero 2011
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Por Javier Alas (*)

La leyenda y el mito de Roque Dalton han contaminado la totalidad de su obra. Su militancia, su anecdotario —el real y el ficticio—, y algunos de sus libros de intención política, entre otros factores, inciden en la lectura de la obra más de lo que debiera la obra misma por su valor inmanente. Muchas lecturas —en el sentido de interpretaciones—siguen mostrando el color del cristal ideológico o político, antes que el estético. Es preciso apartar esas nieblas para descubrir al poeta medular, el que late en las más profundas venas de una obra que precisa ya una edición crítica. En un panorama óptimo, edición crítica y lectura crítica de la obra daltoneana deberían existir como dos líneas paralelas.
 
Contra un Dalton subjetivo, la lectura crítica de este sólo es posible con la objetivación del autor. Objetivarlo demanda dos líneas de trabajo: por el lado de la crítica especializada, estudiar su obra con el instrumental teórico, con el análisis de sus valores literarios. Por el lado del lector la objetivación implicaría la conciencia de la existencia de los diferentes Dalton resultantes de esas lecturas parciales. Exige la distancia del ruido del anecdotario y la leyenda para llegar al disfrute de la poesía, en particular, a través de la riqueza de la misma.
 
Hay, en resumen, un rumor de Dalton reproducido de manera inercial y acrítica, antes que el conocimiento empírico de su palabra real. De ahí la imprescindible edición crítica de su obra. Hasta entonces en nuestra ventana no tendremos su rostro exacto, sino su infiel reflejo. Y el fino hilo de su poesía no será una madeja ordenada aunque compleja, sino una oscura maraña.
 
En una geografía donde para un público lector en general la poesía viene de ser sinonimia de compromiso (con la lucha social, etcétera), la lectura política es casi comprensible, aunque no justificada. Se ha insistido en el compromiso de Dalton como ciudadano y poeta, concepción a la que ha contribuido no sólo su propia militancia, sino más de un autor. Ediciones, testimonios y ensayos llegan a oficializarle como un poeta de izquierda. Sin embargo, y sin negar la intención comprometida que evidencian varios de sus escritos, no los mejores, el Dalton esencial es el poeta, ese que no necesita partidos ni banderas.
 
Otra lectura de Dalton lo sitúa como un poeta conversacional, coloquial: otra vez la mirada parcial, la concepción de un fragmento daltoneano por el todo, un error de juicio lógico. Es curioso constatar que esa visión puede originarse desde cualquier punto del globo, como he encontrado en las páginas de La teoría literaria de Roque Dalton, de Carlos Roberto Paz Manzano. Citado por Paz, el autor suizo Gustav Siebenmann afirma: [Dalton es el] «poeta más conocido de El Salvador [...] Sus impresionantes poemas cobran su efecto peculiar no sólo por los intertextos coloquiales, sino también por la cita de verdaderas anécdotas, donde la vida parasitaria de la clase criolla y de los militares de su país se denuncian sin piedad»*. Sí, es fácil encontrar, mezcladas con las líneas versales, frases coloquiales, la mayoría entre paréntesis. Esa estructura sugiere el carácter de acotación, de comentario, de tales líneas; el paréntesis las aísla, las deslinda de alguna manera del poema aun cuando se hallen dentro del poema mismo. Pero su presencia ni es determinante ni significativa dentro de la obra poética total del autor. Al particular el propio Dalton nos dejó una línea con ese humor tan suyo: «Conversatorio sobre/ la poesía conversacional». Casi podemos escuchar la risilla del autor.
 
Mucho del surrealismo hay en la poesía de Dalton, como él mismo se quejó alguna ocasión con una frase durísima. Algo hay de las vanguardias. Pero las influencias en todo poeta, además de inevitables, resultan enriquecedoras.
 
No es falso que en la poética daltoneana puedan también rastrearse trazos de su biografía. Pero ello sería tan vano como ir a buscar poesía a las biografías, que nada o poco ofrecen de poético. Habría que investigar con afán crítico cuánto hay de verdadero o de ficcional en esos pasajes autobiográficos, tanto en sus versos como en su novela, pues tengo la impresión que Dalton, por su inteligencia lúdica a ratos, pudo exagerar o alterar algunas partes, sólo en función del texto. Y no sé si también como un guiño para alimentar el mito. Las fugas del poeta de las cárceles son ahora literarias, metarrelatos, y en gran medida por responsabilidad del propio autor.
 
Tan válida como las demás podría ser la lectura de Dalton como un poeta de herencia clásica, debido a su uso de la métrica y de la rima, su dominio del verso regular. Existen estudios que citan los no pocos versos endecasílabos con los que llenó de música y ritmo su poesía. Y qué decir de su poema «Alta hora de la noche», de verso alejandrino: «Cuando sepas que he muerto no pronuncies mi nombre/ porque se detendría la muerte y el reposo/ tu voz, que es la campana de los cinco sentidos,/ sería el tenue faro buscado por mi niebla». Catorce sílabas con sus dos hemistiquios exactos de siete sílabas cada uno.
 
Pero abundar en estas lecturas parciales o intencionadas nos da una imagen distorsionada o editada del poeta. Una lectura más fiel sería aquella que abrace al Roque Dalton total en su palabra esencial, la poética. Esta es la imperecedera, puesto que una obra no puede ser sostenida por factores extra literarios. Ni siquiera por los temas. Muchos podrán seguir degustando al autor por su irreverencia, su actitud iconoclasta o por sus crudas verdades sobre el país y su circunstancia. En cuanto a simple contenido ahí están para ello no las mejores páginas de Dalton. En otros libros palpita la poesía que lo vuelve en verdad trascendente.
 
Dalton no fue jamás un poeta doctrinario. Ni fue un poeta político ni conversacional. Ni su poesía es autobiográfica, aunque se encuentren en ella varios de esos componentes. Roque Dalton es, simplemente, un poeta, una voz nutrida de una diversidad de lecturas e influencias, de acontecimientos que ahora son pasto de la historia. Es también un hombre y una sensibilidad, y otra vez esa poética donde cabía tanto la pasión como el grito.
 
Desde muchos de los versos de su libro de juventud, La ventana en el rostro (1961), hasta algunas secciones de Taberna y otros lugares (1969), hay un poeta extraordinario. Cuadernos como El mar y libros como El turno del ofendido y Los testimonios poseen, para el conocedor, una importancia de primer nivel en la poesía latinoamericana. Esa poesía es la que trasciende, aunque por la leyenda y las circunstancias sociales del país se lea casi con fervor la otra, un producto de efímeras coyunturas. En cualquier caso se trata de una obra que necesita mayor difusión, como la mayoría de la literatura salvadoreña.
 
Una idea final: puedo imaginar que Dalton se opondría al término clásico, o a la concepción de su obra como un legado. Por respeto a su memoria prefiero hablar de su permanencia en el tiempo.
 
(*)Javier Alas es poeta, pintor y ensayista salvadoreño radicado en México.

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