Creado en 22 Febrero 2010
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Rafael Lara-Martínez*

Sobre la ausencia de la mujer en el Cuaderno de notas (1966) y la novela testimonial Miguel Mármol. Los sucesos de 1932 en El Salvador, y de su omnipresencia en la poesía de Dalton

Soñé con mujeres y otras bayuncadas bonitas […] y con las mujeres yo estaba escaldado […]


de las mujeres mejor no hay que hablar.


Roque Dalton, Miguel Mármol



De las mujeres mejor no hay que hablar.

Roque Dalton, “Home sweet home” (En la humedad 464)




Testimonio

Hacia el despegue de la crítica sobre el recientemente acuñado género testimonial en la academia de los EE.UU., la ensayista nicaragüense-norteamericana Ileana Rodríguez (91) afirma que al libro Miguel Mármol. Los sucesos de 1932 en El Salvador (1972/1982) Roque Dalton “le metió poca mano al texto […] pero los privilegiados que tienen acceso a la riquísima e invicta tradición oral, sabrán cuánto recortó. De hecho, el mismo Mármol mostraba su descontento por la censura de su vida amorosa”. Hasta la actualidad post-global, la afirmación de Rodríguez sigue vigente dadas las escasas alusiones que cuestionen el género –ausencia de la mujer– en el testimonio de Mármol. No hay estudios críticos que analicen la obra testimonial cumbre de Dalton desde una perspectiva contemporánea de género.

Para profundizar en esa ausencia de la mujer en el testimonio, recurrimos a una investigación de orden historiográfico. Demostramos discrepancias entre la referida novela testimonial y la entrevista original de 1966 en Praga, utilizando el Cuaderno de notas (1966) en el cual Dalton transcribe de forma escueta las palabras directas de Mármol. Agradecemos a la familia habernos otorgado el privilegio de fotocopiar este manuscrito inédito para elaborar estudios analíticos. Según la terminología teórica particular al propio Dalton, asentamos que del Cuaderno a la novela testimonial existe un tránsito semejante que el de las notas de campo de un antropólogo a una monografía elaborada. A esta distinción el poeta salvadoreño la denomina “materia prima fáctica”, alCuaderno de notas, y “novela-verdad”, a la edición final (Cuaderno xiii). El paso de “esas letras pequeñas y amontonadas muchas veces meras abreviaturas y palabras-recordatorio” a una redacción depurada y compleja representa seis años de la vida de Dalton (1966-1972; Cuaderno xiii). Estudiamos la ausencia de la mujer en ambas obras – Cuaderno y novela testimonial– la cual hace de la historia campo de acción reservada a la presencia masculina. Para encontrar una voz femenina sobre la revuelta de 1932 recurrimos a la ficción de los años cuarenta, en la cual una indígena violada actúa como líder político. En seguida, ante la ausencia de mujer en el testimonio de Mármol, anotamos cómo su figura emerge en la poesía erótica de Dalton. Por último, descubrimos la existencia de un discurso peyorativo en referencia a la homosexualidad el cual confunde la distinción entre Mármol como testimoniante o entrevistado y Dalton como transcriptor o autor de una obra depurada. El itinerario del artículo nos conduce de la ausencia de la mujer en el testimonio –su presencia en la ficción novelesca– a la omnipresencia femenina en la poesía roqueana y a un comentario final sobre lo masculino demarcándose de lo homosexual.


***


Como casi todos los académicos estudiosos del testimonio, Rodríguez recurre con mayor
esmero a su propia intuición académica y a las declaraciones tardías de Mármol que a una razón 
historiográfica que indague documentación primaria sobre el encuentro fortuito de Dalton con Mármol en Praga en 1966 [1] No aporta ninguna documentación original primaria que apoye su alegato sobre la entrevista que Dalton realiza en 1966 con Miguel Mármol, ni justifica las presuntas omisiones sobre la mujer que el poeta incurre en la edición final de 1972. El paso histórico del Cuaderno que anota la entrevista original (1966, manuscrito en manos de la familia)
–en el cual Dalton transcribe las palabras de Mármol– a la “novela-verdad” queda relegado de la argumentación teórica sobre el contenido de la obra (el término es de Dalton,Cuaderno xiii). La crítica testimonial asume que no ocurren cambios significativos del encuentro entre Dalton y Mármol en 1966 –su somera transcripción en un Cuaderno de notas– a la edición final en San José, Costa Rica (1972).

En verdad, no sólo la inflación del Cuaderno de notasrebasa con creces las omisiones; a la vez, el lamento de Mármol sobre la “censura” de lo sexual lo juzgamos una concesión bastante postrera hacia exigencias metropolitanas (Rodríguez 91). En plena guerra civil salvadoreña, principio de los ochenta, sin afirmar que Dalton omitió su vida amorosa peligraría la solidaridad internacional hacia el movimiento salvadoreño de liberación nacional. La “urgencia por testimoniar” un pasado remoto (1932) la oculta el presente guerrillero inmediato (la “urgencia por comunicar” se visualiza como constitutiva del género testimonial; Gugelberger 9).

En el Cuaderno de notas (1966) la “vida amorosa” brilla por su ausencia, al igual que se halla ausente toda referencia a una dimensión de género como motor de los eventos de 1932. Como ejemplo de elaboración poética del testimonio, destacamos los dos fragmentos siguientes que comparan el Cuaderno a la edición final. De su contraste apreciamos la inflación literaria y la reconversión del estilo telegráfico, paratáctico, en una compleja “novela-verdad” con sintaxis desarrollada a múltiples subordinaciones. En oposición a la propuesta de Rodríguez, el paso del
Cuaderno a la novela testimonial no nos enseña “cuánto recortó” sino “cuánto” añadió:


Buenos recuerdos de Usulután. Engorde, la gente fue buena. El caso de la directora de apellido
Guerrero, que luego se casó en Sn Elena grande. (OJO: PROSA). (Cuaderno40).


Siempre he tenido buenos recuerdos de Usulután a pesar de las desgracias que he relatado hasta acá y de las que relataré. La gente fue muy buena conmigo y pude convalecer mis heridas físicas y morales y hasta echar un poco de carnes y un poco de color en los cachetes. Inclusive quiero decir, para terminar, que tuve allí un bonito amor. Me enamoré de la directora de la escuela de Santa Elena, una bella señorita de apellido Guerrero. No quiero decir nada más porque luego ella se casó por aquellos lares y seguramente mantendrá su hogar. No fui muy correspondido que se diga, pero sí un poquito. Su figura fue bálsamo en las llagas de mi corazón. De ese episodio dulce conservo una pequeña prosa, muy romántica, pero que me gusta mucho de entre las cosas que he escrito. Bayuncadas de uno. (Miguel Mármol 384; las citas provienen de la edición mexicana de 1982, idéntica a la príncipe; R.L.M.).


Para comparar sólo la primera frase, nótese como el simple sintagma nominal del Cuaderno (adjetivo + sustantivo + preposición + sustantivo) funciona como complemento directo de una oración completa y compleja (adverbio + (sujeto) + verbo + complemento directo + oración adverbial + oración relativa + coordinación + oración relativa. Al eludir una rigurosa comparación lingüística tal, los estudios culturales en boga declaran su horror por la ciencia del lenguaje).

Al explorar la escasa mención de la palabra “mujer” en el Cuaderno, advertimos que la entrevista se limita a describir acciones políticas masculinas. Sólo la ficción de los treinta y cuarenta –por autores anti-comunistas y anti-indigenistas que viven la revuelta desde la ciudad capital– le conceden una personalidad política activa a la mujer indígena, en específico a quien sufre el abuso sexual. Testimonio del protagonismo de la mujer indígena son dos novelas inéditas en el país: El oso ruso (1944) de Gustavo Alemán Bolaños y Ola roja (1948) de Francisco Machón Vilanova.

En la biografía de Mármol, la excepción la representa la figura mestiza de Julia Mojica, única fémina que actúa como líder revolucionaria. Transcribimos las anotaciones telegráficas del Cuaderno de notas (1966) –“materia prima fáctica” en parataxis– el cual a semejanza de un “diario de campo” etnográfico no ofrece la redacción fluida y compleja del “testimonio” acabado (1972):

 

Julia Mojica. 30 años. Solterona. Era de familia ladina. Prestigio entre todos tanto ladinos como indios. Vivía con comodidades. Desarrollada, bien parecidos. Se les quería mucho. Fam. hospitalaria y decidida. (Cuaderno v).

Sin embargo, la protagonista no establece ninguna vindicación política para la mujer.

Para ambos autores olvidados –Alemán Bolaños y Machón Vilanova– la “chingada” es la primera “comunista” de América (Paz 67-80, cuya teoría los novelistas aplican anticipadamente a 1932; somos “los hijos de la …”). La indígena violada figura como franca cabecilla de la revuelta. La imaginación literaria de los treinta presenta una correlación directa entre acoso sexual y levantamiento, más allá de la reconocida pérdida indígena de las tierras del común y del poder municipal que se mantiene en manos ladinas, o bien, según otras interpretaciones, más allá de la influencia del Partido Comunista Salvadoreño (PCS).

Al conocimiento histórico le lleva sesenta años redescubrir los hechos que imagina la ficción, para olvidar al inicio el protagonismo femenino: “la violación de mujeres indígenas por los hacendados ladinos formaba una imagen relevante a los ojos de los indígenas” (Lauria- Santiago y Gould, “They Call” 223). La conciencia histórica sobre acciones políticas femeninas sólo aflora al presente –a tres cuartos de siglo de los eventos– cuando “derecho de pernada”, violación, abuso sexual –temas clásicos de la literatura regional salvadoreña–— se perciben como causas de la incorporación masiva de mujeres a un movimiento que cuestiona los “límites” de dominación patriarcal (Lauria-Santiago y Gould, To Rise 129). De eso que la “fantasía” llama “la honra”, sonríe Salarrué desde su residencia real al centro de la Atlántida … (1933).

En esta antelación de la ficción sobre la historia se confirma una añeja sentencia aristotélica: “La poesía es más filosófica que la historia y tiene un carácter más elevado que ella; ya que la poesía cuenta sobre todo lo general, la historia lo particular.” (Aristóteles 85, Poética 1451a-1451b). Si en Aristóteles la distinción historia-ficción la marca el paso de lo concreto a lo abstracto, del espécimen a la categoría, para 1932 significa revelar una voz masculina u otra femenina. La historia-testimonio es a la ficción como el hombre a la hembra, el sitio privilegiado de su palabra. Cuestión de género …

Lo verosímil de la ficción convence al más clásico historiador de los eventos de 1932, al propio Thomas Anderson (43 y 67). Sólo consulta la segunda novela, la de Machón Vilanova –de “dudoso mérito literario pero de interés histórico considerable”– y certifica la actividad promocional de la heroína ultrajada, la indígena María Gertrudis, a quien califica de prototipo de cabecilla “comunista” luego de sufrir acoso sexual (no usamos apelativos como “bolchevique”, “comunista” acuerdo con una terminología caduca sino para restituir sentimientos de escritores de los treinta y cuarenta). Empero, la perspicacia del estadounidense acalla la afrenta sexual como motivo político de la revuelta; su relato de la historia sólo refiere líderes viriles. Entre los nefandos planes “bolcheviques” de la “maestra propagandista” –heroína de la ficción– se cuentan la “igualdad de oportunidades para la mujer”, así como “la erradicación del sistema indígena de castas”. Esta misma afrenta –violación de la heroína indígena– la relata el texto de Alemán Bolaños, como si el reiterado episodio narrativo le impusiera límites a la imaginación novelesca.

Existe evidencia documental relegada sobre la correlación entre política étnica y sexualidad en el occidente del país. El artículo “El comercio de la carne morena en El Salvador” (1942) de Alfredo Alvarado denuncia el enlace entre abuso sexual y poder municipal ladino en Nahuizalco. Según Alvarado, en ese pueblo se reproduce la orientalización sexual de la indígena. Nahuizalco “repite el femenino fenómeno de la inmensa China […] la atracción libidinosa del sexo [debido a que] el monopolio político cayó en manos de personas ladinas” (592). El escritor establece un vínculo directo entre abuso sexual de mujeres indígenas y poder local mestizo. Esta temática que Miguel Mármol no menciona desplegaría una dimensión de género olvidada de la revuelta de
1932 la cual, observamos, sólo emerge en trabajos históricos contemporáneos (Lauria-Santiago y Gould,To Rise).

El “comunismo” lo provoca la falta de derechos sexuales independientes para el grupo étnico dominado, según lo estipula la ficción de Alemán Bolaños (1944) y Machón Vilanova (1948). Bajo una óptica invertida –revuelta como revancha sexual del hombre oprimido hacia la mujer blanca– Dalton nos recita el poema en prosa “1932 en 1972 (Homenaje a la mala memoria)” (Las historias 193-195). Entre los usos políticos postreros de la revuelta se cuenta el acecho que los indígenas le propiciarían a la población blanca y ladina de lograr la victoria. Más que hechos, la historia la transcriben abusos partidarios de la “mala memoria” [2]

Reproducimos como recuadro una amplia cita de un escrito temprano de Mármol (1947). En esa página, su pronta conciencia por elevar la participación de la mujer en la vida sindical se contrapone el silencio casi absoluto del Cuaderno y de la “novela-verdad” sobre el papel organizativo de la fémina durante la revuelta de 1932. Acaso un retroceso en la sensibilidad de género marcaría el paso de Mármol como promotor del sindicalismo a fiel testimoniante. Las citas siguientes extraídas de Miguel Mármol justifican la afirmación: “como dice el tango, de las mujeres mejor no hay que hablar”, sobre todo si como “mi mujer […] se niega[n] a obedecerme”; son “liberal[es], rara[s] (Dalton, Pobrecito 440-441 y 435). Paradójicamente, reiteramos, la conciencia de una voz indígena femenina sólo emerge en la ficción narrativa anti-indigenista y anti-comunista (Alemán Bolaños y Machón Vilanova). Por este olvido de la mujer indígena en el testimonio y en la actualidad historiográfica –“comunista” por reclamar derechos legales contra el abuso sexual– verificamos su ausencia en el discurso realista.


Recuadro I


¡LA MUJER, BALUARTE EN LA LUCHA SINDICAL!


Cuando decimos que los trabajadores de la ciudad y del campo deben obedecer a la organización

sindical, también nos referimos a la mujer, a la compañera.


La mujer, la compañera de fábrica, de taller de labores, debe participar en la lucha sindical, no simplemente como masa, sino como elemento activo en la propaganda, en la organización y en la

administración de los mismos sindicatos.


La mujer no es un complemento en la lucha de los hombres por su organización sindical, es un factor decisivo e importantísimo. Debemos con afán, interesarla porque participe en el bregar diario de los sindicatos, y no hacerlo, es aminorar nuestra actividad, es debilitar nuestras filas, es traicionar nuestros

principios de organización.


A la mujer no sólo hay que considerarla como novia ni como esposa sino que también como compañera de lucha. Hay que superarla moral y revolucionariamente, y ya no seguir considerándola como sexo débil, que lo que hacemos con eso es acobardarla, ponerla en un complejo de inferioridad. Así como madre, como esposa y como hija no es inferior, así también como compañeras de trabajo y de lucha.

¡REIVINDIQUEMOS A NUESTRAS COMPAÑERAS DE TRABAJO, QUE SON COMPAÑERAS DE

CLASE, LLEVÁNDOLAS A LA LUCHA SINDICAL!


Mármol, Miguel. Pequeña cartilla de orientación sindical. Guatemala: “La República”, 1947. 15.

Cortesía de Pablo Benítez.


Mujer

Obviamente, la visión roqueana sobre lo femenino resulta demasiado compleja para agotarla de inmediato en este breve comentario. No se reduce al silencio de una dimensión de género en

1932, a la par que anota su utilización partidaria engañosa hacia 1972 (véase: “1932 en 1972”, Las historias 192). A defecto de un estudio pormenorizado sobre la omnipresencia de la mujer en los escritos de Dalton, asentamos que para el poeta no hay poesía sin musa. Para iniciar una controversia porvenir –según la máxima, “democracia” como gobierno del “desacuerdo” (Rancière)– compárense los poemas “La ropa” y “Home, sweet home” (Dalton, En la humedad 107 y 464). Si el primero le declama a la “mujer-orificio”, el segundo entona su canto a lo múltiple femenino que se despliega a sus ojos. Ella fulgura tan cambiante como promiscuo resalta el deseo masculino, mientras “caen señoritas en paracaídas” y aumenta la “pasión [del escritor] por ellas” (En la humedad 407):

 

Vamos a amarla corazón.

La ropa es penetrable

como una esposa joven.

 

Para esto de iniciar una crianza

De pececillos japoneses [¿de mujeres?]

Lo peor es estar casado con una golondrina celosa.

(En la humedad 107 y 464).


La mujer –como objeto “penetrable”– reaparece en “Verte desnuda”: “¿por dónde os debo penetrar / oh colección de hierbas y cosas / organizada con el pretexto / de un nombre de mujer […] ?” (En la humedad 465). La figura que aparece ausente en el testimonio de Mármol surge en su omnipresencia en la poesía de Dalton.

La expresión “marxismo y huevos […] meterse en cosa de hombres” –“fórmula de la revolución” según Mármol– enuncia el imaginario del poeta más que el dictado del testimoniante, ya que no hay traza de esta idea en elCuaderno de notas (Dalton, Pobrecito 494-495; nótese que la raíz de testimonio y testículo, “huevos” en lenguaje vulgar, es la misma). Desde 1966, en Praga, esta intromisión de motivos –confusión de voces, entre la que dicta y la que transcribe– ocurre al aparecer “muchachas desnudas”, en poemas contemporáneos a la novela testimonial. Al transcriptor lo persigue la “pena de ponernos a tener hijos rubios con Zdenas y Janas” (Dalton, En la humedad 417). Como ideología masculina, la poesía revierte el proceso biológico del parto imaginando que la mujer surge del hombre: “naciste [mujer] de nuevo entre mis piernas” (Dalton, En la humedad 177).

El análisis que realiza Luis Alvarenga (Dalton, No pronuncies13-31) de “la poesía de madurez de Roque Dalton” remata la objetivación de la mujer, en una “confesión agustiniana” de hombre a hombre exclusivamente. En lo que considera su “testamento poético” –Los hongos(1966-1971)– la mujer sólo aparece como objeto de deseo masculino “mi medida de la belleza” (Dalton, En la humedad509). Al incitar “sus apetitos carnales”, reitera el papel de Pandora quien aparta al poeta de “Dios”. Pese al “sarcasmo”, la mujer ocupa un lugar estereotípico que augura la ruina terrestre de Dalton, alejado de lo divino por su concupiscencia.

De nuestras acusaciones, a Dalton lo protege el desarrollar una poesía erótica en un medio social mojigato. Su ars eróticanos conduce de Lisa –quien lo obliga a transmutar racionalidad marxista y legal en “desnudez”– la musa que se cuela entre “la celda maloliente”, la que “nace de nuevo” en el acto sexual que la resucita, “la memoria” de “la tormenta tocando la raíz de los volcanes”, hasta culminar en “los nombres que se me agolpan Lisa Cynthia”, como “peso de la creación”, y la confesión que “amo a cuatro mujeres a la vez” (Dalton, En la humedad 112, 121, 291, 315 y 480). Acaso el homenaje a la prostituta –“No hieras a una mujer ni con el pétalo de una rosa (1888)”– hace que su sinceridad poética desborde en la irreverencia vanguardista (Dalton, En la humedad 544-548). Desde el exilio –lugar de creación del legado roqueano– la ausencia de terruño es sinónima de huida femenina. Más grave, ambas distancias son “suicidio”:


No hay patria un tacho de basura

una mujer desnuda

en qué desembarcar.

(Dalton,En la humedad 146).


El testimonio clave del ars erótica roqueana –terreno baldío de la cultura occidental según el francés Michel Foucault (72-73)– lo constituye el amoroso libro de la chilena Isadora Aguirre, Carta a Roque Dalton (1990). Según Aguirre, Dalton descubre la presencia corporal pura como acto revolucionario –“’amar, pero no en forma posesiva’, ni menos aún, exigiendo futuro”– y equipara el ejercicio amoroso de lo sexual al “acto estético” y poético, acaso al político (16 y 61). En búsqueda de la revolución “inesperada”, hay que “enamorar muchachas con la mirada fija […] con la pureza de la mirada” (66 y 105).

El acto filosófico por excelencia que de la vida, “este triste charco de luto sin luna que se asome”, “por la verdad la bella” se alza hacia “el paraíso en la tierra” por “concesión locativa”, implica reconocerla como deidad que nos inicia en el amor. (Dalton, En la humedad 400 y 512): “Bautícenme las brasas de tu lecho profundo”, ya que “la verdad que es lo verdaderamente importante es desnuda” (Dalton, En la humedad 145 y 511). Mujer y verdad “siempre me jura[n] desnuda[s] sobre el color del mundo.” (Dalton, En la humedad 400).

Por esta triple conjugación de indiscernibles –poesía, revolución y erotismo– como hecho revolucionario total, el acto poético implica el amor carnal en toda su plenitud. En sentido lezamiano, la verdadera revolución acaece “entre mi cama y las estrellas […] bajo la piel …” en “antropofagia” (Aguirre 78). Años ha, deberíamos intuirlo, “el amor es mi otra patria” y la utopía humana de “la paz sólo es magnífica [realización tangible] en la cama” (Dalton, En la humedad

429). En su acaecer cíclico, “nuevo amor de siempre”, el coito enlaza al poeta con una fémina “huidiza” que es “la misma y es otra como la poesía, la política interminable”… (Dalton, En la humedad y paráfrasis de Borges 161). Quizás la ausencia de la mujer en la novela testimonial sobre la revuelta de 1932 –el liderazgo femenino acallado– la colme la poesía de algunos poemarios contemporáneos a la escritura de Miguel Mármol, de los cuales hemos citado versos claves.


Hombre


Al principio nos referimos a una cuestión de género. La interrogante sobre la ausencia de la mujer en el testimonio de Mármol inaugura una polémica apenas insinuada por la crítica testimonial. La mujer desaparece de la memoria histórica sobre 1932; pero renace en la sensibilidad erótica masculina. Su silueta de compañera resurge de la ternura entrañable que cautiva a Aguirre. Quizás el mismo cariño seduce también a otras mujeres amadas “que aceptan desnudarse como un niño / a cambio de un pequeño presente” (Dalton,En la humedad 228). Su renacimiento se juzga necesario al resaltar una desbordante hombría que desafía todo arrojo poético.

Hacia el siglo XXI sabemos que los linderos porosos de toda heterosexualidad convencional –por el momento la única socialmente sancionada en el país– la dibuja una problemática de lo homosexual, su delirio tácito. La obsesión viril no se contenta con el estímulo de su pareja femenina; necesita además demarcarse de cualquier peligrosa recaída que el afecto denote hacia los integrantes dudosos de su propio sexo. Así reafirma su entereza de varón a menudo en riesgo.

Al respecto, recordemos una anécdota “verídica” que le acaece a Mármol en su primer viaje a la URSS hacia 1930 (Dalton, Pobrecito 201). El relato del narrador actualiza antiguas reyertas sobre la virilidad o afeminamiento del arte. Del testimonio parecería que existen esferas artísticas
–“ser bailarín de ballet”– que condenan a los hombres a una crasa afeminación. En su visita a la ópera, al identificar a “balletistas soviéticos” con el despectivo de “amujeramiento” –quienes al bailar mueven las “nalguitas templadas”, bullen hacia la ahuecada retaguardia de lo feminoide– deliberadamente ignoramos si esta “chabacanada” anuncia la notoria crisis de su resuelta hombría o, por lo contrario el propio Dalton expresa los límites homofóbicos de su discurso.

Adrede no resolvemos el dilema entre dictado (1966-) y transcripción/redacción (-1972) – ars dictandi y ars poética– discursos distintos que la crítica testimonial confunde en su desidia por la historia del texto. Queda pendiente a pruebas documentales que indaguen cómo toda arraigada masculinidad titubea siempre de sí en el ensueño (para el uso de la homosexualidad – “cultura culera en El Salvador” (Dalton, Pobrecito 169)– como injuria vanguardista necesaria contra figuras canónicas (Jorge Luis Borges en la “infamia”; Francisco Gavidia, “viejito loco […] pelo de indio […] que caíste en un país de tontos a tu medida”; Pedro Geoffroy Rivas, “en mierda […] bañándose”; Claudia Lars, “vieja loca con aspecto de piano encostalado […] última vetarra”; Alberto Masferrer, “Viejuemierda” con similares “cultos homosexuales” a los “de Relaciones Exteriores”; Pablo Neruda, “soñoliento”; Nuncio Apostólico, “verguiemos al Nuncio […] nos vamos a hacer famosos”; Consuelito de Saint-Exupery, “cuerito salvadoreño más cosmopolita y culto”; etc.) [3]. Si los seguidores de Dalton –los roqueros– no revierten la insolencia hacia su padreespiritual, esta negativa demuestra falta de fidelidad a principios desacralizadores de una vanguardia que, paradójicamente, declaran obsoleta y difunta).


[1] Sobre la crítica de Miguel Mármol (1972), obra “transcrita” en Praga (1966) según convención académica estadounidense, véase: Beverley y Zimmerman (188), Harlow (72), Franco (62) y Beverley (xi).

[2] Véase ilustración adjunta: El Mundo 16 de febrero 1972, recorte que sugiere uso político tardío de los sucesos de 1932, así como exigencia historiográfica por rastrear fuentes documentales que sustentan cada fragmento de las “historias prohibidas”. Hasta el momento, los estudios centroamericanos sustituyen estos requisitos de historiografía literaria –búsqueda de documentación primaria– por anotaciones teóricas e impresiones subjetivas.

[3] Véase el referido a Masferrer: Dalton, Las historias 103-112.


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*Tecnológico de Nuevo México; EE.UU. Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.

 

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