Creado en 20 Agosto 2013
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El escritor Álvaro Rivera presenta una reflexión acerca de la influencia literaria de Roque Dalton

 

 

Por Álvaro Rivera*

Foto por Mauro Arias

 

ESPAÑA- Uno de los lugares comunes más correosos de nuestra crítica literaria es aquel que da por supuesta –sin describirla, sin investigarla– la “poderosa” influencia de Roque Dalton. Se dice, se supone, se da por hecho que la poesía salvadoreña del último cuarto del siglo XX estuvo poseída por el fantasma del poeta asesinado en mayo de 1975. Y habría que preguntarse ¿hasta qué punto los hechos (literarios) confirman ese juicio que dan por cierto los simpatizantes y los detractores del presunto rey de nuestra lírica?

Las dudas que plantea la posible influencia de un autor sobre un determinado período de la historia literaria no pueden responderse especulativamente. Hay que fechar textos y reconstruir contextos y demostrar, por medio del análisis y la comparación, la huella poderosa de un escritor sobre el lenguaje de otros.

¡Cuidado¡ Cuando hablo de lenguaje poético no me refiero a versos aislados, a tonos o a temas. Hablo de los estilos de la composición poética y de la forma de situar la poesía en el horizonte de una cultura.

Que yo sepa, nadie ha emprendido la tarea de historiar con rigor la presencia de Dalton en el lenguaje de los poetas salvadoreños de los últimos treinta años. Mientras carezcamos de dicho estudio riguroso, la mayoría de nuestras opiniones sobre el asunto pertenecerán al reino de las creencias, al reino de la simple y polémica especulación.

El viejo T. S. Eliot se quejó de que mucha gente citaba sus opiniones como si estas carecieran de historia; como si el viejo y el joven T. S. Eliot, a pesar de sus semejanzas, no hubiesen acumulado diferencias y matices a lo largo de la vida. A menudo se olvida que un autor es una trayectoria en el tiempo.

Hablamos de la presunta influencia de Roque, sin aclarar de cuál de sus caras hablamos. Porque a lo largo de su vida hubo varias ventanas en su rostro.

Hablamos de los poetas que Dalton presuntamente influyó, como si estos también carecieran de caminos y trayectorias. El joven poeta influido por Roque en 1975 ¿qué tipo de poesía escribe ahora en el 2013? ¿Se mantiene bajo la poderosa sombra del autor que supuestamente imitó en la juventud o, en su madurez, ha dado pasos creativos que lo alejan de él?

A priori, ni el maestro ni sus presuntos discípulos pueden verse como figuras estáticas y condenadas a tener siempre una sola cara.

Mientras carezcamos de un retrato complejo del poeta a lo largo del tiempo y no dispongamos de una investigación exhaustiva sobre su influencia en nuestra literatura, cualquier juicio que hagamos al respecto pertenecerá al orden de las intuiciones y de las creencias que no se apoyan en una reflexión teórica y en un abordaje metódico de los “hechos literarios”.

¿Qué opinarían ustedes del joven poeta que ahora, al reflexionar sobre su propia palabra, comenta que se ha distanciado de un autor muy influyente del cual no se dispone todavía de un retrato preciso? ¿De qué autor se aleja, de qué autor se distingue, si todavía no se tiene claro cómo eran los rostros del presunto literato dominante y cuál fue en verdad el carácter de su influjo?

Aquí, en este punto de la jugada, como diría mi primo Luis, a cada juicio crítico que hagamos deberíamos anteponerle los cautelosos verbos “creo”, “intuyo”, “sospecho”, “supongo”.

Así como algunos “creen” que la influencia de Dalton –¿cuál Dalton?– ha sido abrumadora; yo, por el contrario, manejo otra hipótesis: que Roque –¿cuál de ellos?– ha influido menos de lo que usualmente se cree. A ver si me explico con claridad: no niego dicha influencia, lo que hago es poner su naturaleza y su alcance sobre la mesa de las discusiones. Al declarar el carácter hipotético de mi reflexión y enfrentarlo a la tesis dominante, lo que hago es mostrar que esta última, al no estar respaldada por una investigación rigurosa, tiene también un carácter especulativo. No pretendo cerrar la discusión con una nueva verdad. Al contrario, lo que deseo es abrir un debate sobre el dudoso reinado de Roque Dalton.

Habría que deshacer un par de malentendidos, antes de imputarle nada al poeta. Es un error considerar que cualquier verso donde asomen la política y la preocupación social debe catalogarse como una señal inequívoca de la influencia daltoniana en nuestra lírica. La difícil relación entre la ciudad y la poesía no es patrimonio exclusivo del autor de los Poemas clandestinos. Lo diré claro, sin más rodeos: uno puede ser poeta comprometido sin que eso signifique que uno sea poeta daltoniano. Al menos en sus mejores libros, lo que caracterizó a Roque fue algo que suelen olvidar sus simpatizantes más ingenuos y sus detractores más simplistas: “la incomoda y difícil unión de la radicalidad política con la experimentación verbal”. Y ni siquiera esto último bastaría para definirlo, dado que también en poetas como Vallejo llegó a darse con éxito la misma fórmula.

Nuestra poesía, tanto la antigua como la actual, tiende a la pose oracular y a la solemnidad. Roque, de forma deliberada, introdujo el humor y la ironía en sus textos para salvarlos del culteranismo afectado y el aire sacerdotal.

Se asumió como poeta vanguardista, pero no adoptó el lenguaje de la vanguardia de modo superfluo. Razonó sus elecciones formales con plena conciencia de que los problemas del estilo en la poesía moderna estaban rodeados de implicaciones y consideraciones filosóficas. Roque sabía que el surrealismo era algo más que un simple juego libre de la imaginación, era un rechazo y una afirmación que desbordaban el orden estético para difundirse por la vida. Sabía, además, que el collage dadaísta dinamitaba el criterio de la unidad orgánica de la obra literaria, deshaciendo su coherencia para que la recompusiera un lector activo. La idea de crear una forma nueva con retazos de ideas, de conversaciones y de textos procedentes de otros ámbitos ponía en cuestión el concepto de que la literatura solo puede alimentarse de sí misma y de sus nobles y dignos materiales.

El poeta que hilvana un texto con frases escuchadas en una cervecería, no abandona su conciencia artística individual (escucha, elige, compone), pero tampoco permanece recluida en ella. El baile de los fragmentos en la música del poema sueña con alejarse de la subjetividad del poeta para acabar convertido, gracias a la mirada del lector, en un poema-objeto incomodo. El poeta abstrae, descompone y el lector sintetiza y de esa forma el poema se convierte en una forma dinámica, abierta, en un proceso colaborativo donde “el público” abandona la contemplación.

A los lectores populistas de Roque, les da igual saber que la técnica del collage tiene antecedentes ilustres como “La tierra yerma” del aristocrático T. S. Eliot. Resulta curioso que un poeta conservador como Eliot y un revolucionario como Dalton coincidiesen en el deseo de trascender el individualismo lírico y que lo hiciesen introduciendo voces que no eran las suyas en textos que parecían armados con los restos de un naufragio.

El collage lleva los fragmentos de la amplia vida al poema y lleva la poesía a los inesperados cruces de la existencia. Para Dalton, igual que para Eliot, detrás del estilo había una conciencia filosófica alerta.

Podemos inferir que el poeta salvadoreño nunca fue un simple receptor pasivo de los estilos y lenguajes de la lírica moderna. Procuró adaptarlos a la particularidad de sus obsesiones: la historia, el conflicto, la comunicación política. Podríamos decir que “la lucha” lo salvo de ser un vanguardista literario ingenuo, aunque le impusiese también un pacto incómodo.

Hubo un rasgo de su lírica que no podemos imputárselo a la influencia de Breton. Me refiero a sus intentos, a veces fallidos (léase “Los hongos”), de relacionar el debate de ideas con la poesía. Figuras como Ezra Pound, y como el ya citado Eliot, habían insertado trozos de discurso filosófico en sus poemas. El juego de la literatura con el pensamiento, desde luego, es formalmente peligroso, si se es un mal filósofo y un mal poeta, pero Dalton se arriesgó a jugarlo ¿Quién lo ha hecho entre nosotros después de él? Salvo el excepcional caso de Kijadurías, nadie o casi nadie

Enumero rasgos y los planteó como posibles aproximaciones al retrato de un poeta que saltó al vacío. En Taberna y otros lugares asoma otra de las señas fluidas del poeta. En ese libro aparecen juntos el coloquialismo y la poesía hermética. No es un libro al que le quite el sueño la unidad de estilo. También es una obra donde se percibe el amor de Dalton por el teatro y sus esfuerzos para escapar del yo aislado y confesional. “La segura mano de dios”, el monólogo del asesino del Gral. Martínez, delataría ambas cosas.

Y un dato más: Los registros estilísticos que aparecen en Taberna nos muestran a un poeta que no tiene una visión abstracta del lenguaje de la poesía moderna y no la tiene porque “modula” su voz de acuerdo con estimaciones “retóricas”. Una obra como “Poemas clandestinos”, que algunos juzgan como un texto despojado y panfletario, demuestra que a veces Dalton, como solía hacerse en la antigua retórica, adecuaba su estilo a “la circunstancia comunicativa”.

¿Hasta qué punto los presuntos seguidores del poeta se echaron al hombro la difícil tarea de conciliar el radicalismo político y la experimentación verbal?

¿Hasta qué punto los presuntos seguidores del poeta eludieron la solemnidad y el engolamiento lírico? ¿Hasta qué punto asumieron con inteligencia crítica el lenguaje de la vanguardia? ¿Hasta qué punto continuaron la difícil tarea de vincular el pensamiento y la poesía? ¿Hasta qué punto trascendieron los límites del “yo confesional”? ¿Supieron combinar varios estilos en un mismo libro? ¿Supieron modular su voz con lucidez retórica?

Estas preguntas debería responderlas quien levante un retrato complejo y ponderado de Roque Dalton, como paso previo a la investigación de su presunta influencia en los poetas de la guerra y la posguerra.

En mi opinión, y lo digo con cautela, a modo de hipótesis, Roque ha influido menos en nuestra poesía de lo que se afirma.

Por eso, y sin precisar rigurosamente el grado y el alcance de su huella en la lírica de los últimos treinta años, qué sentido tiene decir que los creadores del presente se alejan de un escritor al que, en la práctica, poco se ha seguido.

Carlos Santos, René Rodas y Miguel Huezo Mixco, poetas que por edad tendrían que haberse visto aplastados por la obra de Roque, ya en fechas como 1998, 1999 y el 2004 demostraron sin manifiesto ni escándalo alguno de por medio que “sus palabras tenían otros referentes literarios y ya navegaban por rutas personales”. Lo que digo, intuitivamente, debería confirmarlo o falsearlo la investigación histórica. Aquí no se trata de gustos. Nos pueden gustar o no gustar los poetas aludidos, pero es deber del crítico y del estudioso poner a prueba sus hipótesis o interpretaciones basándose en el lenguaje de los textos. Y en el lenguaje de La casa en marcha, Comarcas y Balada de Lisa Island yo no advierto la opresiva, agobiante y todopoderosa influencia de Roque; Dalton, si acaso, está ahí como un eco entre otros ecos.

Sí, Roque pudo ser el poeta favorito del público e incluso ser el creador más citado por los escritores, pero, no nos dejemos llevar por las apariencias. Desde el punto de vista creativo, sus grandes contemporáneos (y aquí hablo de David Escobar Galindo, de Kijadurías, de Hugo Lindo) mantuvieron en alto sus propias búsquedas.

Ya que planteo la hipótesis de que Dalton ha tenido escasos seguidores en el mundo de nuestra lírica, habría que preguntarse por qué razón. Por un lado, la misma dinámica de la guerra civil y –¿por qué no decirlo?– también algunas ideas del poeta contribuyeron a imponer una visión instrumental y simplista de la literatura que acabó jugando en contra de una interpretación compleja de su misma obra. Y por otra parte, con independencia de las circunstancias, no es fácil mezclar creativamente la poesía, las ideas, el sentido del humor, la historia, el erotismo y la crítica de la realidad social ¿para qué engañarnos? Hemos tenido y tenemos muy buenos artesanos de la palabra, pero no gente que sepa tocar al mismo tiempo todas esas teclas. Quien comprende la complejidad de la aventura literaria de Roque Dalton, más allá de que el poeta tuviera fallos formales, sabe que asumirlo como referente creativo no es asunto fácil.

De ahí que en la lírica de la posguerra no abunden los textos que tomen como referente formal, como punto de partida, a “Los hongos” o a “Taberna”. De estar vivo, Roque habría ampliado con nuevos materiales “Las historias prohibidas del pulgarcito”. Me pregunto ¿qué poeta actual, joven o viejo, podría echarse a los hombros esa tarea? Ojalá me equivoque, pero creo que ninguno. Ciertos caminos señalados por él, después de su muerte no los ha explorado nadie ¿En qué base probatoria se apoyan, pues, quienes defienden la tesis de que Dalton ha sido el centro dominante de nuestra poesía?

Mal o bien, rasgos aislados de su lírica han podido imitarse, pero si estamos ante un autor en el cual los rasgos estilísticos e ideológicos se combinan de forma compleja ¿basta eso para hablar de una gran influencia? Lo repito: no se es poeta daltoniano por el mero hecho de relacionar la literatura con la política. Es un error creer que Dalton fue el rey de nuestros poetas, solo porque el campo literario salvadoreño se vio impactado durante algunos años por las necesidades y por la lógica de un conflicto armado. Lo repito, el poeta –con avances, caídas y retrocesos- intentó conciliar una política extrema con una estética radical. Una búsqueda trágica y contradictoria la suya, porque el lenguaje de la poesía moderna que asumió Roque presuponía una libertad imaginativa y formal que no siempre concordaba con los imperativos retóricos que procedían de sus asunciones políticas.

Uno de los rasgos de Dalton sería ese: su deseo de ser un escritor comprometido sin tener que renunciar a una literatura compleja. Ese deseo, como poeta, lo hizo asumir una pugna interior: la que se da entre el hermetismo de la poesía moderna y el imperativo de “la comunicación” que suelen adoptar la mayoría de los escritores vinculados con la lucha de clases. En “Taberna y otros lugares” logró un equilibrio entre la poética vanguardista y la comunicación retórica. En Poemas clandestinos la retórica subordinó conscientemente a la poética, pero quizás lo hizo como una “modulación” de la voz y no como un gesto que consagrase la claridad didáctica como el reino único y obligatorio de la poesía.

La dificultad de seguir a Roque Dalton explica la decisión sensata, que han adoptado muchos escritores, de incorporar a sus búsquedas personales este o aquel rasgo aislado del poeta. Ya en los años 90, la sombra lejana de Dalton transfigurada por la voz de Kijadurías se advierte quizás en la poesía de Carlos Santos, aunque solo sea como un eco. El lenguaje de Santos en “La casa en marcha” nos lo muestra como un poeta que hace sus propias elecciones, no a partir de Roque sino que a partir de la rica tradición de la poesía moderna. En esa rica tradición, elegir a Yves Bonnefoy, René Char o Saint-John Perse no significa negar a Dalton porque Dalton, en sus mejores poemas, viaja en otro tramo de la misma corriente.

Que la poesía moderna es algo más que Roque Dalton ya los sabían René Rodas y Miguel Huezo Mixco mucho antes de que acabase el siglo XX. Las variadas lecturas de Rodas se manifiestan en los variados lenguajes de su poesía. A veces Rodas parece surrealista, a veces poeta Beat. Y no lo digo como un reproche. En “Comarcas” de Miguel Huezo Mixco, un músico latino puede convertirse en un viajero por el mar de las sirenas. En “Comarcas” se mezclan las aguas del caribe con las del mar mediterráneo y constituyen una simbología mestiza donde asoma la frescura. Ni Santos ni Rodas ni Huezo se quejan de Dalton ni le siguen pagando la hipoteca. Ya caminan solos desde hace tiempo sin vanagloriarse de haber descubierto la limonada.

Dalton es un segmento del universo plural de la poesía moderna. Quienes dicen que prefieren la poesía de Kijadurías a la de Roque, eligen una variante de la misma tradición a la que Roque pertenece. No fue casualidad que el autor de “Taberna y otros lugares” celebrase los primeros poemas del joven Alfonso Quijada Urías. Desde el punto de vista literario, por lo tanto, el lenguaje del Dalton complejo aun no es pasado.

Tiene razón Miguel Huezo Mixco cuando afirma con sensatez que el lenguaje de los jóvenes poetas actuales sigue siendo el lenguaje que dominó la gran poesía salvadoreña de la segunda mitad del siglo XX. Pueden existir diferencias de grado o de dicción personal, pero en lo que respecta al plano de las concepciones del lenguaje poético hay una línea que comunica a los jóvenes creadores de ahora con los jóvenes más audaces de los años cincuenta y sesenta del siglo pasado.

Ya es hora, pues, de mantener un diálogo sin prejuicios con un autor al que se le ha atribuido un reinado aparente. Ya que en la práctica, desde el punto de vista creativo, lo hemos seguido muy poco, hora es de discutir cuáles serían sus mejores aportes a la poesía del presente.

Si algo hecho en falta en nuestros poetas actuales, sean viejos o jóvenes, es la ironía y el sentido del humor. Muchos de nuestros poetas están poseídos por el atril. Los veo satisfechos en la sala de una imaginación elegante y platónica que por mucho que hable de rupturas en el fondo no asume ningún riesgo literario, ningún peligro, ningún abismo, ningún salto al vacío. Los jóvenes de hace cincuenta o sesenta años fueron audaces al abrirle la puerta a nuevos estilos de hacer poesía. Sesenta años después el redescubrimiento normalizado de aquellas propuestas ya no impone lo nuevo sino que instaura una convención. Al otrora radical lenguaje de la poesía moderna le ha llegado una madurez sensata, sabia, acomodaticia y, en el mal sentido de la palabra, retórica. En nuestro caso, la falta de ironía en el interior de los poemas revela que nos domina una concepción ingenua de la belleza. El arte, por supuesto, no debe renunciar nunca a la belleza. Lo que deben temer los artistas es a quedar confinados en la simple y monocorde producción de “formas agradables y bonitas”. Goya, por ejemplo, les entregaba bonitos cuadros de encargo a sus clientes, pero al final supo que existía una diferencia y que esa diferencia se abría también a los malos sueños. Sordo y viejo, pero joven, Goya intuyó que las pesadillas del más acá y del más allá trastornaban las figuras y las pinceladas.

Que como poetas carezcamos de ironía, lucidez y sentido del humor revela que el magisterio de Dalton ha sido menor de lo que se afirma. Si Roque verdaderamente nos hubiera influido, la ironía que vacuna contra los diversos pelajes del solemne convencionalismo sería un rasgo de nuestra poesía y no es así. Por mucho que hablemos de la influencia daltoniana en nuestro medio literario, Roque continúa siendo una isla. En pocas palabras, y tal como sucede en otras áreas de nuestra historia, aún no hemos aprendido la lección.

(*) Texto original tomado de http://www.elfaro.net/es/201308/el_agora/12972/

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