Creado en 07 Octubre 2013
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Una charla que descubre la amistad entre la escritora salvadoreña-nicaragüense y el poeta. También se presentan los audios.

 

Redacción Roque Dalton Archivo

Una plática entre la poeta y escritora, salvadoreña-nicaragüense, Claribel Alegría y el teólogo nicaragüense José Arguello Lacayo en la serie radial “Grandes escritores vistos por Claribel Alegría” pone de manifiesto la amistad de Alegría con escritores reconocidos como Julio Cortázar, Miguel Ángel Asturias.

En esta ocasión se presenta una charla que pone en perspectiva la amistad que Claribel Alegría mantuvo con Roque Dalton.

En primer plano salta a la luz, la jovialidad del poeta, su simpatía y carisma, su talento y su compromiso con la lucha social.

Audio:

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***

 

 Fue una noche de mayo. Bud y yo estábamos en nuestra sala de Deyá conversando y saboreando un vinito cuando sonó el teléfono. Era Roberto Armijo, poeta salvadoreño y gran amigo nuestro, dándonos la noticia de la muerte de Roque.

—Todavía no se sabe quién lo mató —nos dijo con la voz cargada de llanto. Cuando colgué el audífono yo también lloraba. Me dirigí a la biblioteca, quería leer en voz alta algunos de sus poemas para sentirlo más cerca. Saqué uno de sus libros y lo abrí al azar. Mis ojos se tropezaron con:

Alta Hora de la Noche

Cuando sepas que he muerto no pronuncies mi nombre
porque se detendría la muerte y el reposo.

Tu voz que es la campana de los cinco sentidos,
sería el tenue faro buscado por mi niebla.

Cuando sepas que he muerto, dí sílabas extrañas.
Pronuncia flor, abeja, lágrima, pan, tormenta.

No dejes que tus labios hallen mis once letras.
Tengo sueño, he amado, he ganado el silencio.

No pronuncies mi nombre cuando sepas que he muerto:
desde la oscura tierra vendría por tu voz.

No pronuncies mi nombre, no pronuncies mi nombre.
Cuando sepas que he muerto no pronuncies mi nombre.

Terminé de leer el poema entre sollozos. Sigue erizándose mi piel cuando recuerdo esa experiencia, esa comunicación desde el más allá.

Nunca conocí a Roque personalmente, nuestra amistad fue epistolar. En 1958 yo estaba de paso por El Salvador y me entrevistaron en la televisión. Querían saber lo que pensaba de la nueva poesía salvadoreña. Estaba yo muy desligada de los aconteceres literarios de mi país, no existía en ese entonces la maravillosa Casa de las Américas de Cuba, que nos abrigó a todos los escritores latinoamericanos y nos hizo conocernos y amarnos. Sin embargo, había leído algunos poemas de Roque que me gustaron mucho y así lo dije. Él me escribió una notita agradeciéndomelo y fue de esa manera como empezó nuestra amistad.

Cuando él vivía en Praga y yo en París, a principios de los 60, nos seguimos carteando. Poco hablábamos de política o de poesía en esas cartas. Me contaba algunas cosas divertidas, algunos problemas de faldas, pero sobre todo intercambiábamos recetas de cocina salvadoreña que los dos extrañábamos, como el gallo en chicha y las pupusas de loroco. Era muy difícil, sobre todo en Praga, conseguir los ingredientes adecuados.

—Cuando escribo “loroco”, siento su aroma —me decía— y me dan unas ganas horribles de salir corriendo hasta Santa Tecla y comerme por lo menos una docena de pupusas.

Llegó a París en el 62 y yo no estaba. Fue a visitar a los Cortázar (se hizo muy amigo de Julio) y me dejó con ellos un recuerdo praguense.

—Es encantador ese muchacho —me dijo Aurora—, la primera esposa de Julio, pero le vi la muerte en la cara, y además le vi una muerte trágica.

—Qué va —salté yo—, estás muy equivocada—, Roque tiene más vidas que un gato. Le conté cómo en el año 60 lo pusieron preso y lo condenaron a muerte, pero un día antes de su ejecución hubo un golpe de estado que derrocó al dictador José María Lemus, y Roque salió libre.

En 1965, después de sus años en Praga, viajó a El Salvador de manera clandestina. A los dos meses de estar allí no resistió la tentación y junto a Ítalo López Vallecillos, otro poeta salvadoreño, fue a comer conchas negras y a beber cerveza al bar de la niña Conchita, “el mejor bar del mundo”. Todavía estaba saboreando las conchas y lamiéndose los bigotes de cerveza cuando entraron dos policías vestidos de civil y lo arrestaron. Lo tuvieron incomunicado en la cárcel de Cojutepeque y otra vez lo condenaron a muerte.

Pocos días antes de su ejecución, el destino intervino de nuevo. Hubo un temblor muy fuerte, una de las paredes de su celda se derrumbó y Roque pudo salir y mezclarse con la gente que seguía una procesión y pasaba frente a la cárcel en esos precisos momentos.

Años más tarde, en 1968, casi nos encontramos en Cuba. Me habían invitado a formar parte del jurado de poesía, pero mi avión se tardó tres días en llegar (“La Cubana llega cuando le da la gana”) y su mujer Aída y amigos mutuos me contaron que me había esperado cada día con un ramo de flores, pero que se tuvo que ir al interior de la Isla para entrenarse. Con algún emisario me mandaba a veces notitas escritas en cualquier papel. Yo las recibía a la hora del almuerzo en el comedor del hotel. En una de ellas decía: “La canteamos, Claribel, yo hijo de gringo y vos casada con gringo.” No volví a saber más de él.

Antes de salir de Cuba para integrarse a la lucha armada en El Salvador, en 1973, se hizo cirugía plástica para no ser reconocido. Su rostro largo y afilado era inconfundible. Le rebanaron su nariz aquilina, se dejó crecer el bigote, cambió de peinado y empezó a usar gafas con aros de carey. Cuando entró a El Salvador no parecía un poeta, sino más bien un exitoso hombre de negocios.

Roque era bisnieto de uno de los famosos Dalton, del sur de los Estados Unidos, salteadores de bancos y de trenes. Su padre se casó con una hija de familia rica y amasó una buena fortuna en El Salvador. Tuvo también amores con una linda muchacha enfermera. De esos amores nació Roque.

El padre le dio su apellido, y cuando estuvo ya en edad de ir al colegio insistió en que se educara con los jesuitas. Sufrió muchos desprecios de parte de algunos alumnos de la clase alta en el Externado San José.

Un primo mío, condiscípulo suyo, contaba que el día en que se graduaron de secundaria, los jesuitas eligieron a Roque, por ser el mejor alumno, para que escribiera el discurso de clausura. Aprovechó la ocasión para atacar con inteligencia y humor la hipocresía de sus maestros jesuitas, que servilmente apoyaban los prejuicios de los alumnos ricos y discriminaban a los niños de cuna pobre o que habían nacido fuera de matrimonio.

Al terminar su bachillerato se fue a Chile para estudiar abogacía. No terminó la carrera, al regresar a su país fue invitado al 6º Festival de la Juventud en Moscú. Iba como único delegado de El Salvador. Estuvo allí también Carlos Fonseca Amador, pero no sé si se conocieron.

A su regreso al país se integró de inmediato al Partido Comunista. Su padre se enfureció y le ofreció un millón de dólares si se salía del Partido, pero Roque, naturalmente, no aceptó. Qué rabia me da pensar, mientras escribo esto, que algunos de sus detractores lo acusaron de haber recibido dinero de la CIA para que espiara. Roque nunca se vendió. Era de la estirpe de Otto René Castillo y de Leonel Rugama.

Sus dos grandes musas fueron la poesía y la revolución. “Llegué a la política a través de la poesía”, dice. Logró una trama sin costuras entre esas dos vocaciones. Su ética y su estética personales, forjadas en la incandescente realidad de El Salvador, produjeron a un ser humano cuya poesía y vida personal eran una sola cosa. Tenía el gran don del sentido del humor, se burlaba de todo, empezando por sí mismo, y eso lo salvó de la mojigatería que suele acompañar al fervor revolucionario.

Escribía mucho y su poesía era cada vez mejor. Su libro Taberna y otros lugares, mereció el premio Casa de las Américas en 1969.

Casi no corregía, no tenía tiempo. Era como si estuviera convencido de que le faltaba poco y le quería cantar a su país, a ese pulgarcito tan amado y tan frustrante. Le quería cantar como se le cantan a una amada sus bellezas, sus defectos, sus miserias. Era una angustiante relación de amor-odio.

Poema de amor
Los que ampliaron el Canal de Panamá
y fueron clasificados como “silver roll” y no como “gold roll”
los que repararon la flota del Pacífico
en las bases de California,
los que se pudrieron en las cárceles de Guatemala,
México, Honduras, Nicaragua,
por ladrones, por contrabandistas, por estafadores,
por hambrientos,
los siempre sospechosos de todo
(“me permito remitirle al interfecto
por esquinero sospechoso
y con el agravante de ser salvadoreño"),
los que llenaron los bares y los burdeles
de todos los puertos y las capitales de la zona
(“La gruta azul”, “El Calzoncito”, “Happyland”),
los sembradores de maíz en plena selva extranjera,
los reyes de la página roja,
los que nunca sabe nadie de dónde son,
los mejores artesanos del mundo,
los que fueron cosidos a balazos al cruzar la frontera,
los que murieron de paludismo
o de picadas del escorpión o de la barba amarilla
en el infierno de las bananeras,
los que lloraron borrachos por el himno nacional
bajo el ciclón del  Pacífico o la nieve del norte,
los arrimados, los mendigos, los marihuaneros
los guanacos hijos de la gran puta,
los que apenitas pudieron regresar,
los que tuvieron un poco más de suerte,
los eternos indocumentados,
los hacelotodo, los vendelotodo, los comelotodo,
los primeros en sacar el cuchillo,
los tristes más tristes del mundo,
mis compatriotas,
mis hermanos.

Profundo poema, triste, irónico, desesperanzado. Fueron sus hermanos, una facción de su organización (ERP), los que lo asesinaron el l0 de mayo del 75, cuatro días antes de cumplir sus 40 años.

Roque era demasiado inteligente. Comprendió que su organización se estaba militarizando demasiado, y pidió más flexibilidad. Ese fue su grave error. Por eso lo acusaron de traidor y lo condenaron a muerte.

A principios de los 80 me encontré en México con Eraclio Zepeda, gran amigo suyo. Eraclio me sorprendió al decirme que me felicitaba por ser tan buena bailarina.

—¿Cómo? —me sobresalté—, soy incapaz de bailar bien ni siquiera un vals.

—No seas tan humilde —replicó Eraclio—, dice Roque que le enseñaste a bailar la rumba y la samba a la perfección.

Nos reímos un rato y meses después escribí un poema sobre eso. Le decía que nunca nos habíamos mirado a los ojos, pero que quizás sí, que seguramente, más de una vez, habíamos bailado en La Habana, en México, en Chalchuapa.

 

 

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