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Caricaturas generacionales-literarias en El Salvador

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GeneracionComprometida
Teniendo en cuenta esa heterogeneidad literaria que atravesaba al “grupo”, decir que todos sus miembros asumieron como “poética generacional” la poética de Roque Dalton es falsear la realidad

Por Álvaro Rivera Larios

Hay personas que, al embarcarse en el análisis literario, procuran que no las arrastren aquellos determinismos sociales y económicos que tanto mal han hecho a la lúcida comprensión de nuestras letras. Lo que no se comprende es que, huyendo de abordajes mecanicistas, se arrojen felices a la tela de araña de ese otro determinismo que representa el “enfoque generacional”.

No niego la utilidad de este enfoque para agrupar autores y tendencias literarias o para explicar conflictos y cambios en el mundo de las letras, pero, como toda herramienta crítica, la perspectiva generacional requiere que se tenga plena conciencia de sus límites (no lo explica todo) y de que se la use también con cautela e inteligencia. Dicho de otra manera: que se la utilice como un conjunto de hipótesis y no como un modelo que se rellena con hechos a la medida de las preferencias e intenciones del analista.

Por lo general, entre nosotros, los retratos generacionales suelen ser caricaturas hechas con animadversión o, en sentido contrario e igual resultado, con simpatía. Tanto el rechazo como el elogio, si son acríticos, desembocan en lo mismo: la caricatura.

De esta caricaturización de los distintos colectivos de escritores y tendencias literarias que han articulado a lo largo del tiempo la historia de nuestra literatura no sale ilesa la comprensión de nuestro pasado literario y, por lo mismo, tampoco sale sin daño la imagen que nos hacemos de la actualidad de nuestras letras.

Uno de los referentes básicos –como parte aguas y término de comparación– del último medio siglo de nuestras letras es ese conjunto de escritores jóvenes que aparecieron en la escena salvadoreña allá por los años cincuenta del siglo XX y al que toda la posteridad ha convenido en llamar “La generación comprometida”.

Sea positiva o negativa, nuestra imagen de “ese grupo” suele ser una gran y burda simplificación. El mismo adjetivo que la bautiza genera trampas analíticas de las que rara vez salen indemnes nuestros críticos. Se afirma que entre los componentes de dicha generación convergieron la ética y la estética, pero, dicho esto, de inmediato se los agrupa e identifica conforme a un solo criterio –el compromiso–, dejando de lado la singularidad y trayectoria de sus proyectos creativos individuales, es decir, aquello que los definía como artistas en el universo literario.

La relación consiente que estos creadores establecieron con la ciudad y su problemático destino es un elemento que los aproxima, es verdad, pero, dicho rasgo común no basta para darles una identidad estética grupal, dado que cada uno, enfrentado al problema de construir una obra, desarrolló una respuesta creativa diferente. Aunque el compromiso fuese una premisa que hasta cierto punto compartían en su trabajo con la palabra y en su papel como ciudadanos, lo abordaron con distintas estrategias formales. A todos les preocupó la ciudad y la manera en que el lenguaje se implicaba con ella, pero de esa inquietud común surgieron obras tan diferentes como las de Álvaro Menén Desleal, José Roberto Cea, Roberto Armijo, Manlio Argueta, Kijadurías y Roque Dalton.

El compromiso es una asunción cívica o ética que a ningún artista le otorga identidad formal. A finales de los años treinta del siglo pasado, tanto los pintores que asumían los postulados del realista socialista como el Picasso que pintó el Guernica eran artistas comprometidos. Cercanos, posiblemente, en lo que atañe a ciertos valores políticos, qué lejos estaban entre sí desde el punto de vista de sus propuestas plásticas.

Así que no le otorguemos a la ética potestad para agrupar artistas en esa dimensión de la cultura donde el arte se rige por sus propios criterios, por las propias dinámicas de su lenguaje. Solo convengamos en que la preocupación cívica de los miembros de ese grupo al que llamamos “la generación comprometida” los llevó a plantearse el problema de cómo intervenir en el horizonte de la comunicación ciudadana valiéndose de las herramientas forjadas por la literatura más avanzada de la primera mitad del siglo XX. A ese problema creativo y al mismo tiempo ciudadano cada una de estas figuras le dio una respuesta personal en el ámbito de las letras. Álvaro Menén Desleal y José Roberto Cea podían coincidir en cierta forma de compromiso, pero en el plano formal sus propuestas creativas eran muy distintas.

Teniendo en cuenta esa heterogeneidad literaria que atravesaba al “grupo”, decir que todos sus miembros asumieron como “poética generacional” la poética de Roque Dalton es falsear la realidad y falsean también la realidad (me refiero a la compleja realidad de la literatura) quienes afirman que, por el mero hecho de haber asumido la lucha armada, muchos poetas de los 80 hicieron suya la poética roqueana.

Dalton, al menos ese Dalton que se retrató en los años noventa, es también otro ejemplo de caricaturización literaria. A estas alturas, y a pesar de los gruesos libros que han intentado dilucidarlo, todavía no se posee una visión compleja de su poética; todavía los poetas actuales no lo han leído y saqueado con lucidez; todavía no ha tenido entre nosotros un par de discípulos inteligentes. Y sin embargo, habiéndolo leído de manera tan pobre, nos atrevemos a dar por cierta y a juzgar su “gran influencia” en la lírica salvadoreña posterior a 1975. Sospecho que aquí, en este juicio, seguimos confundiendo la ética con la estética.

Mucha gente pinta a las generaciones como si fuesen hermandades cordiales guiadas por una sola idea y la misma visión uniforme, sin grietas, de lo literario. Es por eso que omitimos a Waldo Chávez Velasco, al enemigo, del retrato de grupo de la generación comprometida y es por eso que pasamos de puntillas ante el sarpullido que le producían a José Roberto Cea ciertas veleidades cosmopolitas de aquel Dalton en su último exilio al que, según Cea, le convenía regresar a El Salvador. Este larvado desacuerdo literario entre Dalton y “su compañero de generación” tuvo un capítulo más cuando Armijo, Cea, Canales, Argueta y Kijadurías publicaron la antología “De aquí en adelante”. Amigos, sí, pero amigos con discrepancias literarias y políticas.

Convendría recordar en este último punto, en el de la dialéctica interna de las generaciones literarias, que el poeta Roberto Armijo (gran amigo de Dalton) tuvo contactos en París con su presunto asesino: Joaquín Villalobos. No lo juzgo, pero creo que este dato, este hecho, debe incluirse en una historia incómoda de este “grupo”.

Si abstraemos las divergencias y contradicciones estéticas, filosóficas y políticas en el seno de “una generación”, si abstraemos las distintas trayectorias creativas de “sus miembros”, lo que nos queda es un retrato grupal bastante cercano a una caricatura falta de movimiento e inteligencia.

Se dice, por ejemplo, por otro lado, que aquellos jóvenes de los cincuenta rompieron con “la tradición literaria salvadoreña”, que impugnaron a Masferrer, a Gavidia, a Salarrué. Y es verdad, pero no los impugnaron de la misma forma. Frente a la figura de Salarrué, divergen el borgeano Álvaro y el vanguardista Roque. Este último, dada su vena popular nacionalista, y sin que su vanguardismo estético lo cegara, creía que la voz de Salarrué era un fragmento esencial en el collage de la cultura salvadoreña moderna. Álvaro tenía una opinión diferente y más ácida. Lo que esta “anécdota” revela es que no se puede atribuir a todos los miembros de una generación joven la misma actitud hacia las figuras mayores de su campo literario. Y lo mismo puede decirse de los creadores viejos ante los jóvenes. Claudia Lars, como directora de la revista “Cultura”, dio cabida en sus páginas a creadores de “todas las generaciones”.

Las “generaciones”, por lo tanto, aunque compartan las mismas preocupaciones éticas, no son literariamente homogéneas; ni todos sus miembros reaccionan igual –desde el punto de vista creativo– ante determinados desafíos; ni, por supuesto, todos ellos, evolucionan estéticamente de la misma manera; ni están condenadas tampoco a celebrar por ley, como ocurre en todo determinismo, un conflicto ritual entre viejos y jóvenes.

En algunos casos, entre escritores maduros y jóvenes se dan acuerdos; en otros, los jóvenes se subordinan a los maduros; en otros, los jóvenes influyen en ciertos creadores viejos y por último puede darse un enfrentamiento entre sectores de distintas generaciones. Lo que está claro es que los diversos movimientos de este baile no se pueden establecer a priori. Hay que observar todos los hechos. Lo concreto es la síntesis de múltiples determinaciones.

Cuando los esquemas interpretativos no arrojan luz sobre la complejidad de los fenómenos literarios, hay que rectificar o desechar la teoría, pero, lo que no puede hacerse, es asumir la actitud de que, si las cosas se presentan así de complicadas, peor para los hechos. Para explicar el cambio literario que se verificó en los años 90 del siglo pasado en nuestro país, “la teoría generacional” resulta ser un enfoque bastante limitado y con el agravante, además, de que se le ha dado un uso maniqueo, pero de esto hablaré en un próximo artículo. De momento, quedemos en que para la mejor intelección de nuestras letras, es necesario dejar atrás las caricaturas generacionales.

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