Imprimir

Segunda parte del ensayo sobre la correspondencia entre el poeta salvadoreño Roque Dalton y su ex cónyuge Aída Cañas, que aborda las relaciones del escritor con su obra y el mundo editorial.

 

Por Horacio Castellanos Moya (*)

 

Foto de portada: Postdata de la carta enviada por Dalton el 28 de diciembre de 1973.

La idea del escritor que quema las naves, que renuncia a su oficio y abandona sus ambiciones literarias para convertirse en un revolucionario de tiempo completo, no era la que guiaba a Dalton en su retorno a El Salvador. Su modelo era otro: el escritor guerrillero. Es cierto que cuando salió de Cuba a finales de 1973 dejó casi toda su obra finalizada e incluso hizo un ordenamiento de su poesía completa; pero también es verdad que durante los quince meses que vivió en El Salvador siguió –aunque con menos frecuencia– escribiendo poesía (publicada póstumamente como Poemas Clandestinos) y que, tal como demuestra la correspondencia que sostuvo con Aída en ese periodo, se mantenía al tanto de la situación de su obra: la gestión de sus libros ante las editoriales, el pago de derechos de autor y de regalías, el destino de sus manuscritos, la actitud de los editores.

«Yo sigo bien, trabajando mucho. Ya casi terminé la novela (Pobrecito poeta que era yo). Organicé asimismo las ediciones de Mármol (el libro de testimonio Miguel Mármol, publicado por la editorial Educa, Costa Rica, 1972) para Italia, Francia y Estados Unidos, que si salen van a dar algunos pesos para ustedes. Te mandaré un detalle minucioso de cómo están las cuentas pendientes y las tramitaciones que se harán con nuevas posibles ediciones». Se lo dice a Aída en la carta del 24 de junio de 1973, cuando ya ha pasado dos meses fuera de circulación, supuestamente en Vietnam. Me atrevería a decir que esos siete meses (mayo-noviembre) en que el escritor permaneció enclaustrado en Cuba, preparándose para su metamorfosis y a la espera de la luz verde para su incorporación a la lucha («los cubanos no le daban el visto bueno» porque desconfiaban del ERP, según me dijo Aída), fueron vitales para que lograra terminar y ordenar su obra, para dejarla tal como él quería que fuera publicada: sabía que en El Salvador la muerte podría tocarlo en cualquier momento (lo que no imaginaba es de dónde vendría) y por lo mismo trabajó con la actitud del condenado a quien le conceden la gracia de terminar su obra.

El paradigma de Dalton era el del escritor revolucionario integral, en el que la escritura y la vida están indisolublemente ligados. En su caso no se trataba de renegar del oficio ni de la obra –actitud del rebelde rimbaudiano–, sino de que su vida fuera coherente con lo que ya había postulado en sus poemas y ensayos: la lucha armada era la única alternativa para derrotar al régimen militar y construir el socialismo en su país y en Latinoamérica, y él debía ocupar un sitio en las primeras trincheras. Por eso, aunque ahora se convertiría en un hombre de acción, el poeta de siempre seguía adentro. Incluso cuando estaba a punto de partir hacia su prueba de fuego, o en tránsito ya, le hizo llegar a Aída una nota, fechada en «Noviembre de 1973», sin día, en la que le informa que colocará «una copia de cada libro de poemas (…) en la embajada (de Cuba) en México por la posibilidad de que ahí puedan recogerse y llevarse al país nuestro. Se trata solo de los libros de poemas. En el caso que sea aconsejable, que los compañeros cubanos te los pasen a ti».

Y la preocupación por su obra estará presente desde la primera carta que envía Miguel desde la clandestinidad el 11 de diciembre. Le indica a Ana: «A Mónica le dejé un material para Roberto [1] y vos tenés suficientes materiales míos. Guido te hablará, pues sería interesante que se publicaran cosas mías allí [y] en revistas de afuera. Mi amigo Fernando[2] y Mónica podrían ayudarte sin dar detalles. Es importante».

La mención a Guido evidencia la intención de Dalton y de sus mentores cubanos de que la publicación de su obra en revistas, tanto en Cuba como en el exterior, sirviera también como cobertura a su ingreso clandestino: la idea era hacer creer a la inteligencia enemiga que Dalton seguía como un escritor en activo, de viaje en Vietnam, y no se había convertido en un cuadro guerrillero de regreso en su patria.

 

En la segunda carta manuscrita de Miguel no se refiere a su obra, pero en la tercera, la del 28 de diciembre, se produce un giro brusco: en vez de la preocupación por publicar en revistas, ahora lo que se impone es el asunto del dinero, de las regalías. Le dice a Ana: «mi prima te hablará de los posibles dineros míos. Quitando lo que está pendiente, que debe ser todo para ustedes, o sea lo que me ha quedado debiendo el tico[3], de hoy en adelante si saliera algo de las cosas nuevas hay que recordarse enviarme algo siempre. Yo le dije a ella que te dijera que me mandaras un sesenta por ciento, pero eso depende de tus necesidades, de los posibles gastos con mi señora, etc. Siempre que necesites tómalo, pero si sale algo interesante, por ahora vamos a hacer eso de enviarme un sesenta por ciento y quedarte tú con un cuarenta. Si necesitas más de lo que salga, te quedas con un sesenta y me mandas un cuarenta por ciento, etc. No se te olvide puyar de cuando en cuando a Alcibíades[4]».

¿Por qué se pone a regatear Dalton con Aída los ingresos por regalías cuando ella se encuentra sola terminando de criar a sus tres hijos (en esos momentos de 18, 17 y 15 años de edad), en un país extraño, sin otro ingreso que la cuota que le asigna el gobierno cubano? ¿Es que el ERP no le puede garantizar ni siquiera un estipendio estable para vivir como cuadro dedicado a tiempo completo a la revolución? ¿O se trata más bien de que la dirección del ERP le exige que el 60 por ciento de sus ingresos como “escritor famoso” entren a las arcas de la organización para “ponerlos a disposición del pueblo”, como se solía decir en los círculos de izquierda de la época, y que él gustoso quería entregarlo? No parece una estratagema del hombre clandestino.

Lo más probable es que Aída no le haya enviado dinero a Dalton, porque ella no había recibido nada por parte de los editores, tal como se desprende del informe detallado que Ana remite en la carta de junio de 1974: «En cuanto a tus impresos: de casa del Sr. Motta[5] recibí ya un trabajo, no te imaginas que lindo quedó (…) el vendedor del trabajo ha quedado de enviarme algunas 30 reproducciones, tú me indicas qué hago con ellas y espero que los frutos no se tarden mucho para que me los manden y poder yo enviarte lo que me pides para continuar tus estudios; el otro que quedó con Diógenes hasta hoy la última palabra es que a fines del año le eche mano y el que quedó aquí del viejo también ha quedado para ver si lo pueden incluir en el 75. En cuanto a tus amigos que tienes por Europa no he tenido hasta la fecha ninguna comunicación. El trabajo que me pedías se le pidiera a Fernando no me lo ha hecho pues siempre tiene un pretexto y yo ya opté por no insistir más ya que hace 4 meses lo estoy puyando y no da vida».

Han llegado a manos de Aída a La Habana, pues, los primeros ejemplares de Las historias prohibidas del Pulgarcito (Siglo XXI Editores, México, 1974), y pronto llegarán 30 ejemplares más, pero no dinero. Y de los otros libros, que han quedado en manos de la editorial Diógenes en México y de una editorial cubana sin precisar, tampoco hay noticias de publicación. La reacción de Dalton ante la buena nueva de su libro no se hace esperar y en la carta del 10 de agosto dice: «Me alegran las noticias que me enviaste respecto a mis cosas. Aún no he visto al Pulguito (se refiere a Las historias prohibidas del Pulgarcito). Si te llegaron los 30 que te ofrecían pásale uno a Nando y sus amigos pero solo para que lo lean y te lo devuelvan. Tal vez con mi señora me podrás enviar uno porque por aquí difícil. Me interesa sobre todo saber de Diógenes. Y te repito que puedes proponer Pobrecito y el odioso. A Nando pídele consejo y dile de mi parte que ya no lo fregaré con lo que le pedí porque ya vi que es un falso».

La noticia de la publicación de Las historias prohibidas del Pulgarcito seguramente le produjo no sólo alegría, sino que despertó al escritor que había permanecido semidormido en la clandestinidad. Eso es evidente en la carta exaltada que envía el 29 de agosto, desde el Hotel Isabel de la Ciudad de México:

                «Necesito que me mandes:

                1) La colección de artículos políticos y literarios míos, ensayos y artículos (las cosas sobre Corea, sobre Otto René, sobre los intelectuales, sobre los estudiantes, el Che, Etc.). Están juntos en un fólder, unos escritos a máquina y otros impresos.

                2) Si tienes dos ejemplares de la novela mándame uno para proponerlo aquí (me refiero a Pobrecito Poeta…) URGENTE y por medio de Jesús. Si solo tienes un ejemplar comienza a sacar una copia y la enviarás a una dirección que te daré, después.

                3) Espero recoger aquí lo que queda de la maleta y paquetes (ya están en nuestras manos a través de un amigo aquí). Si necesito algo más te lo pediré».

El escritor ha vuelto a la vida. Salir de las catacumbas salvadoreñas a la Ciudad de México ha puesto en ebullición su pasión literaria: quiere que Aída le envíe su colección de ensayos y artículos para ordenarlos y pulirlos, quiere una copia de Pobrecito poeta que era yo para proponerlo quizá personalmente en las editoriales Diógenes y Siglo XXI. Cuenta, además, con la ventaja de que a través de los cubanos sus materiales pueden llegarle muy pronto, antes de que abandone México. Tiene quizá el sueño fugaz de estar otra vez en el candelero, sobre todo en ese momento en que acaban de aparecer Las historias prohibidas del Pulgarcito. Pero es apenas una ilusión: no puede hacer promoción abierta en México, ha entrado con pasaporte falso, debe guardar estrictas medidas de compartimentación y seguridad, ya que su salida obedece a una misión política de la organización guerrillera; incluso para el encuentro con sus editores debió haber seguido pautas del clandestinaje.

Salta a la vista que Aída, pese a que tienen más de dos años de estar divorciados, funciona para Dalton como una especie de agente literaria para mantener en movimiento la difusión de su obra (le da indicaciones sobre los contactos a los que debe recurrir y la forma en que debe abordarlos, y sobre los títulos que debe proponer). Pero ella era “el polo a tierra” de la relación, y en su carta de respuesta en septiembre lo baja de la nube. Para comenzar le dice que de Miguel Mármol no debe hacerse ilusiones: «Ítalo no ha mandado un centavo más ni un ejemplar más del libro del viejo (nosotros nos quedamos sin libros), lo que sí recibí fue una carta en donde te dice que hizo gestiones para publicar el Mármol en alemán, ruso e italiano, pues dice que algunas editoriales han puesto algún interés, que quiere saber si tú por tu parte tienes compromisos que impidan las negociaciones, que él ha iniciado. Que si se concretara la traducción, los beneficios que se obtengan pasarían directamente a ti, que ellos serían simplemente intermediarios, que los poemas los recibió y que quiere publicarlos, decía además que enviaría el contrato de edición y algo a cuenta más adelante, pero hasta la fecha yo no he recibido nada».

De Las historias prohibidas del pulgarcito, aunque en ese momento está en boca de la crítica, tampoco recibirá por ahora ingresos. Ana es puntual en su carta: «De Siglo XXI aún no se ha recibido ningún dinero». Y enseguida le cita textual y detalladamente el contrato de edición, según el cual, las liquidaciones serán semestrales en los meses de abril y octubre de cada año. «Yo considero que para el próximo mes que es octubre [la editorial] mande la primera remesa o sea un giro, ya que sería el primer semestre, pero como tú dices a lo mejor puedas arreglar allá este asunto ya que está tan próximo», dice Ana.

 

Las gestiones para que la editorial Diógenes publique el poemario Un libro rojo para Lenin y Pobrecito poeta que era yo han avanzado muy poco. Ana le explica que a fines de diciembre (1973) recibió una carta del editor de Diógenes, Emmanuel Carballo, «muy atenta por cierto y que me fue entregada personalmente por su hija Laura, que estudia en esta ciudad». Carballo «me pedía el Libro Rojo y Pobrecito Poeta; como dejaste las instrucciones de que se entregara para el concurso el P. Poeta si no llegaba la respuesta antes del cierre del concurso, pensamos arriesgar una obra al concurso y otra a la editora. Entonces yo le escribí una cartita por intermedio de su hija y (le envié) el libro. La carta está escrita en estos términos: Que recibí su carta, que efectivamente el autor dejó los dos libros con la indicación de enviárselos si recibía respuesta afirmativa, y en segundo lugar que se enviaran al concurso si no llegaba respuesta. Que al recibir su carta había ido a ver al compañero que tenía la novela, pero que él ya la había enviado al concurso de acuerdo a lo que habíamos convenido. No así el libro rojo que se encontraba en mi poder. Que de acuerdo a su proposición le enviaría la novela pasado el concurso, esperando que mantuviera el interés y no le fuera perjudicial la demora para sus planes editoriales. Por medio de su hija me hizo saber que había recibido la carta y el libro, que enviaría los papeles de contrato después, pero los papeles no han llegado porque su último recado fue que la publicación del libro sería hasta diciembre 74. La novela no me la ha vuelto a pedir».

Carballo finalmente no publicará en Diógenes ni el poemario ni la novela, pero lo revelador de toda esta situación es que Dalton haya participado con Pobrecito poeta que era yo en el Premio Casa de las Américas 1974, un premio que ya había ganado en el género poesía en 1969 con Taberna y otros lugares, pero que no obtuvo con el Miguel Mármol en el género testimonio en 1972 ni con Las historias prohibidas del Pulgarcito en poesía en 1973[6]. Es revelador porque Dalton trabajó en Casa de las Américas hasta 1971, cuando decidió abandonar el Comité Editorial de la revista luego de un altercado con el director de la misma, Roberto Fernández Retamar, y con Mario Benedetti. La ruptura sucedió después de las deliberaciones del Jurado del Premio Casa. Dalton, integrante del mismo en la rama de poesía, tuvo la asignación de «atender» a uno de los invitados, el poeta y sacerdote nicaragüense Ernesto Cardenal, quien traía una agenda política que irritó a los cubanos y metió en problemas a Dalton, a tal grado de que un mes después de su renuncia a Casa de las Américas se vio en la obligación de enviar una larga carta al Comité Central del Partido Comunista Cubano para aclarar los hechos[7]. Sus relaciones con esa institución cultural estaban, pues, si no rotas, en muy malos términos.

Dalton no era tan ingenuo como para creer que le darían el premio en medio del clima de animadversión y rumores que prevalecía en contra de él. Por eso le dejó a Aída la indicación de que si Carballo respondía antes positivamente, le enviara la novela. Cabe la posibilidad de que tuviera la esperanza de que sus enlaces en el aparato político y de inteligencia cubano pudieran ejercer alguna presión para que le concedieran el premio, a fin de apuntalar su cobertura clandestina. Pero esto es una especulación[8]. Lo cierto es que el premio lo obtuvo la obra En otoño después de mil años del peruano Marcos Yauri Montero, un escritor muy poco conocido. Y no sólo no premiaron la novela, sino que la habían extraviado, como Ana le hace ver en la misma carta: «Me dices que te mande una copia de la novela, en realidad no tengo dos y el trabajo es bastante grande, tendré que copiártela y enviártela después a la dirección que me indiques. La novela la entregaron tarde, pues se había extraviado y por medio de Roberto, que se preocupó por buscármela, apareció». Y por si lo anterior fuera poco, Ana le rebota el tiro de gracia: «El original del viejo (Miguel Mármol) lo devolvió hace un mes Alcibíades, diciendo que lo dejarían para un nuevo presupuesto». Era muy claro, pues, que el mundo de la cultura cubana no quería publicar su obra ni saber nada de él.

Las dos buenas noticias que contiene la carta de Ana fechada en septiembre son que le está enviando, «adjunto a esta, el fólder con los artículos, ensayos, etc.» y que también le remite con el enlace cubano un libro sobre El Salvador «que te envió el señor Alastair White, en lengua inglesa; su dirección permanente por si la necesitas es: 41 Inverallan Drive, Bridge of Allan Stirlingshire, Scotland». Dalton puso manos a la obra de inmediato y en esas semanas de permanencia en México dejó listo el manuscrito de sus ensayos y artículos bajo el título de Profesión de sed, el cual sin embargo verá la luz hasta 2013, publicado por la editorial Ocean Sur.

Cuando le escribe su siguiente carta, el 18 de septiembre, Dalton aún permanece en México y, luego de nueve meses de inanición literaria en El Salvador, mantiene su impulso, ajeno a los desaires de sus ex colegas escritores y editores cubanos: «Hablé con Siglo XXI. Aún no hay mucha plata acumulada. Hay unos 150 dólares. De todas maneras escríbeles y diles que te manden lo que haya en la liquidación de octubre. En cheque contra un Banco Canadiense». Y ha vuelto a escribir poesía: «Te enviaré poemas para complementar el Libro Levemente Odioso. Todavía no lo manejes». En cuanto a la situación en Costa Rica, expresa cierto hartazgo (que después se acentuará) por la tacañería de su editor, compatriota y amigo poeta en aquella tierra: «Escríbele a Ítalo. Desde luego, que tramite lo de Mármol y que publique todo lo que quiera, siempre que pague y no haga como hasta ahora».

 

No se sabe la fecha en que Dalton regresó de México a El Salvador, pero pasaron otros tres meses antes de que enviara una nueva carta, fechada el 23 de diciembre de 1974 –que Aída no recibió hasta el 18 de enero–, y en la que retoma el tema del dinero. Dice: «el dinero que puedas enviarme con mi señora, si es que algo ha salido, me lo envías». Y apunta a las mismas tres editoriales (Siglo XXI, Diógenes y Educa): «En este sentido hay que ver la posibilidad de Orfila y la de Carballo, cómo anda la cosa. En cuanto al amigo de Costa Rica la cosa sería así: le hablas por teléfono urgiéndole una de dos o que te envíe inmediatamente lo que debe o que se espere para enviarlo a mi señora cuando ella regrese (le das fecha y le dices que es porque ella está mal de plata). Asimismo le dices que yo acabo de estar, que lo llamé pero no hubo comunicación y que tuve que regresar pero que te dejé dicho que le hablaras y que le urgieras ese asunto, que creo que ya es tiempo suficiente para cancelar. El material (Miguel Mármol), me consta, se ha vendido como pan caliente y a un precio alto (aquí a 5 dólares). Dile asimismo que puede y debe hacer cualquier gestión para traducciones a cualquier idioma y que se ponga de acuerdo contigo para esos pagos, pero que no vaya a ser igual que hasta ahora, que necesitamos el dinero realmente». ¿Quiénes lo necesitan? Otra vez la pregunta: ¿Cuál es la urgencia por sus regalías si está dedicado a tiempo competo a la acción revolucionaria? ¿Su madre? ¿El ERP, que en ese momento preparaba el secuestro de Francisco de Sola, uno de los hombres más ricos del país? En esa misma carta, Dalton muestra que, de regreso en El Salvador, se vuelve a alejar de su vida literaria y ya no recuerda en manos de quién están sus originales. Por eso le pide a Aída que le pregunte a López Vallecillo «qué manuscritos míos tiene, especialmente si tiene en sus manos la novela. Creo asimismo que con esto de la novela hay que ver cómo le damos salida».

Darle salida a la novela, publicarla lo antes posible una vez que se ha puesto el punto final, es ambición propia de todo escritor. La insistencia de Dalton en este sentido es natural: Miguel Mármol y Las historias prohibidas del Pulgarcito ya vieron la luz, lo han consagrado en los ámbitos literarios de la izquierda, pero Pobrecito poeta que era yo, trece meses después de haber sido finalizada, ni siquiera ha sido contratada por una editorial y, para colmo, las copias mecanografiadas escasean. Ahora bien, Dalton no muestra la misma insistencia con los manuscritos de poesía que ha dejado preparados para su publicación. Tiene dos originales sobre la mesa de juego (la novela y Libro rojo para Lenin), pero le indica a Aída que apueste todo por la primera. Una explicación la da el mismo contenido de las cartas: la poesía no le redituará los ingresos que necesita. Pero se puede hacer otra lectura de este hecho: es en el último capítulo de la novela donde Dalton cuenta cómo el agente de la CIA que lo interrogó en El Salvador le dijo con toda claridad que lo acusarían de haber colaborado, que lo señalarían como agente de ellos y le enmierdarían el fantasma rojo. Y aquí entro en el reino de la metafísica, tan despreciado por Dalton: ¿No sucedería que éste, en medio de las pugnas que se venían dando dentro del ERP desde hacía varios meses, pensó que la publicación de la novela lo “blindaría” en caso de que alguno de sus compañeros le sacara el episodio de su estadía en la cárcel y le recordara las sospechas que despertó su famoso escape entre algunos comunistas?[9] ¿O no sospecharía a esta altura que la CIA podía tener infiltrada a la organización, nada inusual en el mundo de la inteligencia, y que la acusación de que él era agente podría surgir en cualquier momento?

Aída le seguía sirviendo a Dalton no sólo como una especie de agente literaria sino también como secretaria o mecanógrafa, tal como él le había contado a María en la carta de agosto de 1973 (seguramente él había recibido ese respaldo a lo largo de su vida). Pero con respecto a Pobrecito poeta que era yo, su tono es cada vez más demandante y en esa carta del 23 de diciembre de 1974 le advierte: «Espero que la estarás copiando con cuidado pues ya ves que los errores de mecanografía en un material así son más serios. No sé si habrá condiciones para sacarle una fotocopia al original que tienen y así se ahorra trabajo. En todo caso hay que revisar bien para que vayan los menos errores. Hay que ver si Carballo la va a querer o no».

 

Y unos días más tarde, en la última carta enviada por Miguel, fechada el 5 de enero de 1975, llegan nuevas demandas: «Te pedí que me copies el par de materiales que quedaron allí: “Mi padre” y “Miriam”. Saca una copia y que la traiga mi señora consigo ya que es natural que ella pueda querer tener consigo un material así. Y otra copia la envías por medio de Gui. a nuestra gente en Mex. Esto no es urgente pero me interesa para un par de trabajos que haré aquí. Y es un material corto que no hace ningún bulto y que lo copias en un zas. Si tienes a mano el librito de don Chico Herrera Velado que me regaló la Orbe, Mentiras y verdades, me lo mandas también con mi señora»[10]. Y en la postdata remata: «No te olvides de llamar por teléfono al tico que nos debe plata».

A ambas cartas Ana responde el 25 de enero, y lo que le dice es desolador: ni Ítalo López Vallecillo de Educa ni Arnaldo Orfila de Siglo XXI han hecho ningún pago, pese a que ella les ha escrito de nuevo pidiéndoles que cancelen sus deudas; la editorial Diógenes tampoco ha dado señales de vida. Por si lo anterior fuera poco, no habrá en el corto plazo una nueva copia del manuscrito de la novela, pues Aída ya no puede ejercer con la misma solicitud las labores de mecanógrafa que Dalton le demanda: «En cuanto a la novela siento decirte que me ha sido difícil seguir copiándola, la comencé pero mi salud me falló: el médico me detectó dos quistes en un seno, pasé con un tratamiento bastante fuerte por casi un mes y no me dio efecto, entonces tuve que operarme, la operación fue sencilla a Dios gracias y los quistes no fueron malos, pero fueron ocho puntos y he tenido que guardar cierto reposo. Si es cierto que no fue malo todo yo aún sigo preocupada, el médico me ha dicho que tiendo a que me salgan de nuevo y habría que volver a operar, por ahora lo único que me molesta son los dolores de cabeza que me dan frecuentemente, pero todo eso creo que es nervioso. Soy una calamidad, ¿verdad? Por todo esto que ha pasado yo había pensado mandar a México la novela para ver si B.[11] tiene posibilidades de que se la copien, es arriesgado pero como veo que te urge me da pena no haber podido avanzar en ella mucho, es poco lo que he copiado y la novela tiene 490 páginas. Si tú crees que no es conveniente porque se podría extraviar, entonces yo la copiaría dentro de mis posibilidades y eso tardaría un tanto. Así es que yo desearía que me avisaras pronto lo que creas más conveniente».

Llama la atención que en la última carta enviada desde la clandestinidad a Aída, Dalton muestre una clara intención de volver a la escritura literaria. Sabemos que no recibió copia de esos textos (“Mi padre” y “Miriam”) de manos de su madre, pues no volvió a verla; sus compañeros lo mantuvieron arrestado desde el 13 de abril hasta que lo asesinaron el 10 de mayo[12]. ¿Cuál era el trabajo que se proponía hacer Dalton a partir de esos textos? Avanzar en sus dos proyectos de novela: del primero, en el archivo de la familia se conserva un manuscrito titulado “Cuando mi papá llegó a Centroamérica”, con una llamada al pie de la primera página que dice «Fragmento del primer capítulo de la novela Dalton y Cia», y que es el mismo texto que publicó la revista Casa de las Américas en la sección «Páginas salvadas» del número julio-septiembre de 2003 (treinta años después de que se lo enviara a Fernández Retamar). Del otro proyecto, «Miriam», sólo sabemos lo que le cuenta a la que hubiera sido la protagonista principal del relato, Miriam Lezcano, en una carta que le envió «desde Vietnam», fechada el 3 de octubre de 1973: «De Miriam tengo ya las “claves teóricas” y un esquema, mero esqueleto general. Creo que si dispongo de un mes más o menos desahogado podré escribirla de un tirón, por lo menos una primera versión. La de mi padre es más compleja, necesitará mucha información documental, de época».

Llama la atención que Dalton muestre voluntad de retomar la escritura de narraciones largas porque es en ese momento, a principios de 1975, cuando supuestamente se comienza a calentar la lucha política entre las dos facciones al interior del ERP, lucha en la cual Dalton habría estado involucrado a fondo como ideólogo; eran, pues, momentos de intensa conspiración y no de la calma que requiere la escritura de prosa narrativa. Claro, en el mundo de la inteligencia y la conspiración las cosas no siempre son lo que aparentan, y puede que su solicitud de los dos textos para retomar su literatura haya sido una estratagema destinada a sus adversarios políticos en el grupo guerrillero, a través de quienes la carta pudo haber salido hacia Cuba. De otro modo, si Dalton realmente estaba considerando volver a la escritura de sus novelas, cuatro meses antes de ser asesinado, significa que algo estaba chirriando en su entrega total al trabajo político.

 

(*) Escritor salvadoreño. Tomado de Iowa Literaria (http://dsph.uiowa.edu/iowa-literaria/?p=2391)


[1] Roberto Fernández Retamar, poeta y director de la Revista Casa de las Américas.

[2] Fernando Martínez Heredia, vecino de los Dalton en La Habana, filósofo marxista, fundador y director de la revista Pensamiento crítico.

[3] Ítalo López Vallecillos (1932-1986), poeta y editor salvadoreño, compañero de generación de Dalton, exiliado entonces en Costa Rica, donde dirigía la editorial Educa.

[4] Editor cubano no identificado.

[5] Probablemente Arnaldo Orfila, director de Siglo XXI Editores en México.

[6] «Leí las opiniones del Jurado sobre el Pulgarcito. Por sobre su esencial imbecilidad o más bien despiste, hay cosas muy interesantes. En primer lugar ninguno entendió ni la intención ni el contenido del libro. Ni siquiera se dieron cuenta del juego que hay con respecto a los poemas que son míos y los textos que no lo son, y los transformados y los textos que son míos pero que no lo parecen. Cayeron en la trampa, pero no como personas creadoras, sino como tontos (…) Las opiniones son simplemente la reafirmación de algo que ya todos sabemos desde hace años: la decadencia, por lo menos actual, del Concurso Casa, que se refleja en el bajo nivel de los jurados». Carta a Miriam Lezcano, 7 de junio de 1973.

[7] Un relato detallado de este caso se encuentra en el ensayo “Crimen sin castigo” de Miguel Huezo Mixco, publicado originalmente en la revista el malpensante No. 44, Bogotá, febrero de 2003. http://elmalpensante.com/index.php?doc=display_contenido&id=1938&pag=1&size=n

[8] «No envío a Casa por afán íntimo de comprobar la calidad de un libro, no. Pasó más o menos lo que esperaba y eso no le quita ni le pone al Pulgarcito, uno de los mejores libros que he elaborado. Si me guío por los criterios del Jurado Casa sobre Mármol (que dijo que era “farragoso” y que “no tenía que ver con problemas actuales de América Latina”), ¿dónde estaríamos? Basta. Ah, no, no basta: este año mandaré la novela. Para que digan que es pesada y mal escrita*». Manuscrito al margen, dice: «*aquí tendrán bastante razón». Carta a Miriam Lezcano, 7 de junio de 1973.

[9] Según Eduardo Sancho, en Crónica entre los espejos, el ex secretario general del Partido Comunista y luego dirigente guerrillero, Salvador Cayetano Carpio, le advirtió al ERP que él tenía reservas ante el ingreso de Dalton por la sospecha de que se había entrevistado con un agente de la CIA luego de su escape de la cárcel (p. 103). Por el contrario, Aída Cañas me comentó que fue Carpio quien le reveló a ella que el asesino de Dalton había sido Joaquín Villalobos.

[10] Mentiras y verdades, el libro de leyendas del escritor salvadoreño Francisco Herrera Velado (1876-1966), publicado en 1923, no fue reeditado sino hasta 1977, lo que explica que Dalton no lo pudiera encontrar en las librerías salvadoreñas. Orbe era la tía de Aída que vivía a pocas cuadras de la casa de la madre de Dalton.

[11] Breny Hazel Cuenca Saravia, cuya relación con Dalton se abordará más adelante.

[12] Por la causa proletaria No 25, marzo-abril, 1976, El Salvador. Publicación clandestina de la Resistencia Nacional (RN).

 

RDarchivo