Creado en 17 Agosto 2010
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«Yo estaba muy enojado. Llamé a López Muñoz y le dije: "Por favor, redacta una nota que diga que el señor Roque Dalton ha dejado de trabajar aquí, a partir de esta fecha". "Está bien", me contestó, y se fue a su oficina.

 

Un día de 1954, Roque asiste a la Facultad de Humanidades -que en ese momento estaba ubicada en frente del hotel Ritz del centro de San Salvador- a una lectura de obras dramáticas de Álvaro Menéndez Leal. «Yo leí un texto, una de las piezas del libro llamado Teatro inútil, que es muy surrealista», recuerda Álvaro. «En una de las piezas que leí, yo dije mucha mala pala­bra, haciendo un juego entre cuca y puta, y el personaje era una puta vestida de monja. Era constantemente ese juego, y Roque estaba ahí en el auditorio. Él me dijo que fue la primera vez, que había oído decir malas palabras en el Paraninfo de la Universidad... Más tarde nos hicimos amigos». Efectivamente, fue una amistad que fue creciendo con el tiempo. Esto es lo que Álvaro recordó de su relación con su amigo:

 

«Con Roque tuvimos una amistad especial, por su tipo de carácter. El era jodedor, bromista, parrandero y jugador –como Juan Charrasqueado-, y yo también: bromista, parrandero y jugador. Pero, al mismo tiempo, éramos serios en nuestras cosas, y con una gran conciencia de lo que significa ser escritor. Él tuvo definitivamente una gran conciencia. No la perdió.

 

«Siempre mantuve la afinidad con Roque. Una vez viajamos a Chile. Otra vez, yo le estaba enseñando a manejar un carro. Son cosas que sólo tienes con un amigo. En aquella época, yo era millonario, pues tenía el montón de noticiarios de televisión: eran mi negocio, había  120  gentes  trabajando  conmigo. Entonces, yo coleccionaba también carros. Una colección bellísima. Y en uno de ellos, enseñé a Roque a manejar. Pero no aprendió nunca, porque nunca tuvimos constancia, íbamos a comer frecuentemente juntos. Me gustaba llevarlo a lugares todos caros y elegantes, sólo por el contraste. No, no se burlaba de esa elegancia. Siendo él un poeta, estaba capacitado, en realidad, para todo. Igual estuvimos presos, hemos pasado hambre, todo con igual gozo. Aquél se burla de la cárcel en que estuvo, del hambre que pasó, de la persecución que tuvo. Esto es la esencia de uno: la capacidad integral. La composición del poeta es tan gigantesca, tan integral, que no hay problema... ¿El exi­lio? Lo pasamos muertos de la risa. Claro, es cierto que más cor­nadas da el hambre, pero son cosas que uno las goza también como poeta, como experiencias de escritor.

 

«Así que, a Roque, que no iba a lugares caros con frecuen­cia, le daba su dosis semanal: íbamos al sitio más elegante en aquel entonces, el Siete Mares, que fue un restaurante finísimo, y el hotel El Salvador. Era lo más high life, Ahí tomábamos con Roque los mejores vinos y comíamos las mejores cosas, y él iba bien vestido. En Chile, también fuimos a los mejores hoteles: al hotel Carrera, que es muy elegante.

 

«La descripción que hace Roque de mi apartamento en Pobrecito poeta que era y o... es bastante justa. Lo del tío de Izalco, Tata Higinio, que llega a verme, es completamente ficción.

 

«Roque trabajó conmigo, en Teleperiódico, durante cinco años. También trabajaba ahí Armando López Muñoz. Es natu­ral que en algún momento hubiera fricciones, como las que hubo entre ellos dos. Se dio un problema, que llegó a la violen­cia, para ponerlo en claro. Roque y un amigo suyo le pegaron a López Muñoz brutalmente, lo llevaron afuera de la ciudad y lo dejaron tirado en la calle, como consecuencia de los celos del amigo de Roque.

 

«Otra vez, Roque llegó muy borracho a trabajar. Y yo no tolero la indisciplina en el trabajo. Y menos en un trabajo como el de la televisión. Roque era redactor. A las siete de la noche, le digo: «Dame el material, porque ya es el cierre». De los cua­tro programas diarios, dos eran en la noche, y dos a mediodía. Y tenía que correr desde el edificio Central. Por eso, tenía un carrito de carreras, y había arreglado con el Director de la Policía de Tránsito, para poder pasarme los semáforos en rojo. Yo había estudiado todas estas cosas, para poder llegar en quin­ce minutos desde el edificio Central: al terminar el programa, volar hacia donde está hoy la YSU y Canal 4. Era un buen tra­yecto. Yo lo había estudiado, incluyendo los semáforos y la poli­cía de tránsito, para poder llegar cuando la música estaba en el aire. Yo llegaba a sentarme frente a la cámara. Era un tiempo terriblemente limitado.

 

«Cuando le pedí a Roque que me diera el material, para que lo organizara, me respondió: "No te lo doy". Y yo tenía que salir al programa, y él empezó a pelearse con el jefe de redacción, con todo mundo y, se puso loco. Estaba borracho, enloquecido. Aquél perdió el sentido completamente. Yo no lo conocía así: Habíamos estado en plan de emborracharnos juntos muchas veces. Lo había visto borracho y loco, pero no al nivel de arriesgar la situación de trabajo, especialmente en una situación política, como la que estábamos viviendo en aquel momento. Ya no podía emborracharse uno. Ya era de cuidarse muchísimo en todo. Porque, además, muchas de las capturas de gente de izquierda se daban por la borrachera. Como a cierto escritor al que le golpearon la cabeza con una llave Stilson, pero no por político, sino porque andaba con la mujer de otro. Ese escritor se iba a parrandear, y después tomaba un taxi. Luego, no quería pagarle la cuenta al taxista, y llegaba la policía. La policía no lo capturaba por razones políticas: lo capturaba por desórdenes en la vía pública. Eso mismo pasó con Waldo Chávez Velasco en Costa Rica: lo capturaron por dar serenata.

 

«Yo estaba muy enojado. Llamé a López Muñoz y le dije: "Por favor, redacta una nota que diga que el señor Roque Dalton ha dejado de trabajar aquí, a partir de esta fecha". "Está bien", me contestó, y se fue a su oficina.

 

«A los cinco minutos, regresa López Muñoz, y me dice: "Mirá, yo no pude escribir la nota". "Entonces -le dije- no escribas esa nota. Escríbete otra, que diga que a partir de esta fecha el señor Roque Dalton y el señor Armando López Muñoz han dejado de trabajar aquí". "Vaya, pues", me dijo. Y así fue. Así i terminó, y yo les dije que regresaran al día siguiente por sus sala­rios, porque estaba encachimbado.

 

«Al otro día, Roque vino para pedirme disculpas. Volvió a trabajar en el Teleperiódico, así como López Muñoz, hasta que fue la represión de Lemus.

 

«Mi recuerdo de Roque es vital. No lo concibo muerto. Lo sueño con alguna frecuencia al Roque y me imagino que lo voy a encontrar en alguna calle, en alguna cantina, jodiendo: "¡Hey, Álvaro, venite! ¡Al fin llegaste, pelón!". Mi recuerdo es vital: el apetito de vida que es maravilloso y absolutamente necesario para poder escribir.

 

«Hay que vivir, y Roque vivía, como yo, con un placer por todo. No concibo su muerte, ni la de Manuel Hasbún, asesinado por la CÍA, según la versión más creíble. Cuando el gobierno espa­ñol me condecoró una vez y no se podía mencionar el nombre de Roque, en mi discurso, que salió en la televisión, dije: "Mis dos grandes amigos, mis dos grandes hermanos, Roque Dalton y Manuel Hasbún, muertos, uno al norte y otro al sur…»

 

(*) Tomado de “El ciervo perseguido”, biografía del poeta salvadoreño Roque Dalton (1935-1975), escrita por su paisano, el poeta y ensayista Luis Alvarenga.

 

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