Creado en 25 Abril 2019
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La noticia de su muerte nos llegó sin mayores detalles, sorprendente e increíble, pues para algunos, Roque, desde antes y para entonces, estaría residiendo fuera del país

Por Renán Alcides Orellana

Era el 11 de mayo de 1975. Varios compañeros de oficio que nos dedicábamos a analizar y profundizar un poco más en la obra de Roque Dalton, dentro de un proyecto que iba cobrando forma sobre una selección antológica de la poesía salvadoreña, lejos estábamos de imaginar que un día antes, el 10 de mayo, fuerzas oscuras habían truncado la vida del poeta, amigo y compañero, orientador literario de algunos miembros de aquella generación.

Días después, la noticia de su muerte nos llegó sin mayores detalles, sorprendente e increíble, pues para algunos, Roque, desde antes y para entonces, estaría residiendo fuera del país.

Por eso fue que a todos los que estaban conmigo reunidos aquella tarde, para ayudar a la conformidad les agradó mi frase cargada de esceptisismo

— Mientras no lo veamos o alguien nos pruebe que ha visto el cadáver y el lugar donde quedó Roque, no debemos darlo por muerto…

Pero la noticia se reconfirmaba con los días: Roque Dalton había dejado de existir, víctima de represalia por parte de sus mismos compañeros, dirigentes de la agrupación guerrillera Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), casi justamente a los 40 años de edad, que los cumpliría 4 días después, el 14 del citado mes.

Mi última charla con Roque

Mi última charla con Roque fue por 1964, en las gradas del entonces edificio en construcción de la Biblioteca de la Universidad de El Salvador.

Yo buscaba información para mi columna cultural “Voz universitaria”, que mantenía en el periódico “Tribuna Libre”. Roque, a pesar de que para entonces era presa de un andar muy sigiloso, no perdía la visión y el compromiso de impulsar la labor literaria, como una contribución al desarrollo cultural del país. Casi al final de la charla, me dijo:

— Conviene intentar un trabajo más amplio y sostenido sobre la poesía. No están demás los recitales que se vienen realizando, pero se precisa de algo más. Andá donde Tirso (Canales), ahí en las barracas de Humanidades, y platicá con él; tiene algunas ideas sobre la necesidad de que los escritores nos vayamos agrupando, para impulsar nuestro quehacer. Platiquen y me contás…

No pude contárselo. La misión que le imponían su vocación y convicción habría de llevarlo más lejos de lo que todos imaginábamos. Hasta el desenlace fatal que nos fue comunicado aquel día de mayo, en 1975…

 

(Fragmentos de mi libro ALLA AL PIE DE LA MONTAÑA, Capítulo 25: “Roque Dalton: crimen sin castigo”, Ediciones 2002, 2008 y 2010, Talleres Gráficos UCA, San Salvador).

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