Creado en 10 Junio 2010
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Por Rocío Silva Santisteban

"Yo no me sé ningún poema mío de memoria; uno de los pocos que puedo repetir en voz alta sin chistar es “Alta hora de la noche” de un extraordinario poeta salvadoreño..." 

 

Hace más de diez años me nombraron mujer del año del distrito de San Miguel, junto con Jesús Vásquez, entre otras homenajeadas.

Estaba tan feliz con la medalla que ni me di cuenta que, cuando me llamaron al estrado del coliseo frente al mar, tenía que “declamar” un poema mío de memoria. Entonces, delante de un auditorio de centenares de personas, sonreí y arranqué de saque: “Cuando sepas que he muerto/ no pronuncies mi nombre/ porque se detendría / la muerte y el reposo/ tu voz que es la campana / de los cinco sentidos/ sería el tenue faro / buscado por mi niebla”. Yo no me sé ningún poema mío de memoria; uno de los pocos que puedo repetir en voz alta sin chistar es “Alta hora de la noche” de un extraordinario poeta salvadoreño, lo aprendí en una versión maravillosa musicalizada por Marcela Pérez, y siempre lo traigo a mí cuando quiero recordar a alguien que me perturba y me llena de intensidad. Ese alguien es el poeta Roque Dalton (San Salvador, 14 de mayo de 1935 - 10 de mayo de 1975).

 

Dalton ha pasado a la historia como el poeta guerrillero, miembro del Frente Farabundo Martí, pero también era un dandy –más que un donjuán– que sabía perfectamente encandilar a mujeres de toda edad con uno de sus certeros poemas de amor. Dalton era hijo de un hombre de negocios norteamericano y de una clásica belleza salvadoreña y a pesar de sus estudios superiores y de su formación en colegios privados que debían conducirlo a ser miembro de la clase política y privilegiada de su país, supo deslindar en el momento adecuado con un grupo que no calificaba como tal sino como opresores, y sumarse al Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional, para participar como tantos otro de una utopía que aún hoy se hace cada vez más difícil en Centro América: la independencia política, económica y moral de todo “patio trasero”.

 

Sin duda era guapo: tenía un dejo altivo, caminaba lentamente y fumaba a más no poder. “A Roque Dalton yo lo recuerdo riendo. Flaco, de un blanco pálido, huesudo, narizón como yo, y siempre riendo. No sé por qué siempre te recuerdo riendo, Roque Dalton…” ha escrito el poeta nicaragüense Ernesto Cardenal. No era pues la imagen del típico vate comunista, melancólico y triste, sino todo lo contrario, muy adecuado a su carácter tropical e intenso. Uno de sus principales libros de poesías se titula “Las historias prohibidas de Pulgarcito”, tomando de Gabriela Mistral el apelativo que le dio a San Salvador, el Pulgarcito de América. Mario Benedetti después de que Dalton ganara el premio Casa de las Américas, le hizo una larga entrevista en la cual lo retrata con total transparencia: “Mira, yo quisiera ser uno de los nietos de Vallejo. Con la familia Neruda no tengo nada que ver. Hemos roto nuestras relaciones hace tiempo. De todos aquellos que surgimos impulsados por el clima de Va­llejo (aunque a esta altura no sé si quedará algún rastro en nuestra expresión formal), descarnado y humano, me siento cerca de poetas como Gelman, Lihn, Ernesto Cardenal…”.

 

Roque Dalton estuvo varias veces a punto de ser fusilado: la primera vez escapó porque el dictador que lo mandó a prisión, José María Lemus, fue detenido solo cuatro días antes de la fecha fijada para la ejecución. En otra ocasión fugó de la prisión porque vino en su ayuda nada más y nada menos que un terremoto. Vivió como exiliado político, en distintas épocas, en Guatemala, México, Checoslovaquia y Cuba; finalmente, fue asesinado por uno de sus propios compañeros.

 

Hoy Roque Dalton es recordado como una leyenda, pero como sostiene el profesor de Boston University James Iffland, “esa condición de ‘leyenda’ puede fomentar la tendencia de convertirlo en simple materia prima de divertidas anécdotas en cocteles de intelectuales y académicos”. Es preciso, por eso, impedirlo recordando de memoria algunos de sus poemas, como aquel que recita en cadencia Julio Cortázar: “Cuando sepas que he muerto / di sílabas extrañas/ pronuncia flor abeja lágrima pan tormenta/ no dejes que tus labios/ hallen mis once letras / tengo sueño he amado he ganado el silencio…”

 

Esta columna ha sido pública el domingo 16 de mayo de 2010 en La República como homenaje a los 35 años del asesinato del poeta.

 

*Rocío Silva Santisteban, nació en la ciudad de Lima. Poeta, crítica y narradora. Estudió Derecho y Ciencias Políticas, diplomada en Estudios de Género y Magíster en Literatura Peruana. Cursó el doctorado de Literatura Hispanoamericana en Boston University. Ha ganado el Premio Copé de Plata en 1986 y el Concurso Nacional de Guiones 1995. Además de la docencia universitaria, tiene una reconocida trayectoria periodística en la prensa escrita latinoamericana. Es, asimismo, redactora del diario independiente iberoamericano La Insignia, España. En la actualidad trabaja como directora del diplomado de periodismo de la Universidad Jesuita de Lima. Entre sus obras publicadas se encuentran los poemarios: Asuntos circunstanciales, Ese oficio no me gusta, Mariposa negra, Condenado amor, Turbulencia y el libro de cuentos Me perturbas. También ha compilado El combate de los ángeles. Nadie sabe mis cosas: Ensayos en torno a la poesía de Blanca Varela, es su trabajo más reciente.

 

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