Creado en 18 Octubre 2013
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Las vivencias de un pequeño de siete años reflejan la nobleza y calidez del poeta

 

Por Rudy Romero

En la fotografía Rudy Romero con sus hermanos. A la derecha, Armando Arteaga y Roque Dalton.

TORONTO- Hace unos meses leí, casualmente el artículo “La última vez que vi a mi padre” y poco después una carta titulada “Carta de la familia Dalton a los admiradores de Roque”. En ambos casos su lectura llevó mis pensamientos al recuerdo que tengo del Tío Julio y Pancho. 

Seguramente fue en los primeros meses de 1975 cuando a la casa en la que vivía con mis hermanas, mi madre y mi padre, llegaron, un hombre al que desde ese momento conocimos como Tío Julio, y junto a él llegaba Pancho. ¿Qué hacía Roque Dalton y Pancho viviendo en nuestro hogar? No tengo detalles sobre esto, pero con mucha seguridad tuvo que ver con proveerles de una cobertura familiar que les facilitara vivir de manera inadvertida, exigencia propia de la lucha en la que participaban. Naturalmente, en ese tiempo y teniendo siete años, estos temas no eran de mi conocimiento.

De Roque y de Pancho tengo muy pocos recuerdos y ellos tienen que ver con los intereses que un niño puede tener a los siete años. Así pues, de Pancho recuerdo como le divertía cargar a mis hermanas y a mí al mismo tiempo. A mí, sentándome en sus hombros y a mis dos hermanas, una en cada brazo. Nosotros seguramente la pasábamos muy bien haciendo aquel juego con él.

A Roque me cuesta recordarle físicamente, no sé porqué. Recuerdo que dormía en la misma habitación que yo, tengo un recuerdo lejano viéndole sentado frente a una pequeña máquina de escribir color blanca. Lo que recuerdo claramente es encontrar monedas que él dejaba para mí dentro de mis zapatos y que descubría cuando me preparaba por la mañana para ir a la escuela. 

Mi madre me cuenta que a Roque no le gustaba que mis hermanas y yo tuviéramos que comer incómodos según él, en el comedor con los adultos de la casa, así pues un día llegó con Pancho a casa cargando una mesita y tres pequeñas sillas para que mis hermanas y yo la usáramos como comedor, y así fue que muchos años mis hermanas y yo la usamos como tal. Supongo que en ese comedorcito mis hermanas y yo disfrutamos muchas veces del pan que Roque traía a casa en algunas ocasiones y que al dárselo a mi madre le decía: “aquí le traigo un libro”.

Después de tantos años, hace muy poco vi a mi sobrinita sentada en una de esas sillitas que aún está en casa. 

En otra ocasión, supongo que sin mayor razón, le dije a Roque que le tenía miedo a los fantasmas, y él me dijo que en realidad a quien había que tenerle miedo era a los vivos (cuanta razón tenía y que en ese momento, naturalmente no pude entender). Este es quizá el último de los recuerdos que tengo de él.

Yo no recuerdo cuándo fue la última vez que vi a Roque ni a Pancho, no recuerdo cuándo supe que ya no estaban con nosotros como les había conocido. Mi madre me cuenta que después de su muerte, le explicaron que Tío Julio era en realidad un gran escritor de nuestro país y que había sido asesinado junto a Pancho.

Pasaron casi diez años para que los recuerdos de Roque y Pancho volvieran. Fue quizá a mediados de 1985 en la Ciudad de la Habana que conocí a uno de sus hijos. Él supo que habíamos conocido a su padre y me preguntó sobre mis recuerdos de él, que a pesar de ser tan pocos, no se los puede terminar de contar. Yo supe en ese momento el profundo dolor que sentía su familia por su partida, yo lo supe. Un par de veces después, en un bar, en una reunión de amigos, quisimos hablar de estos recuerdos y siempre fue difícil, siempre duele haberle perdido.

Como he dicho antes, no recuerdo cuando fue la última vez que le vi, lo bueno es que tampoco sé la última vez que le veré… siempre encuentro su rostro en una pared, en un libro, en internet, y claro, en sus poemas que tan poco he leído…

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